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Este “capítulo” se dividirá en las partes 17 y 18. Es probable que mañana por la noche pueda colgar el 18. Aviso!!! A pesar que comenté que no quería volver a hacer advertencias para no adelantar el desarrollo de la narración, tras hacer una relectura crítica y prudente, me veo obligada a anunciar que este capítulo puede ofender. No a mí, que tengo una capacidad muy elástica en cuanto lo que considero ofensivo. Los que ya lleváis tiempo conmigo sabéis (o espero que así sea) que tras todo lo que escribo intento hablar de otras cosas y sentimientos, así que pido un esfuerzo para entender entre líneas de qué estamos hablando. Por ello, y más que nunca, todos tus comentarios, preguntas y opiniones serán infinitamente agradecidos. Intentaré contestar todo lo que la narración me permita. Ahora . Hace tanto tiempo que no va a la costa que está dispuesta a considerar esta reunión de trabajo -con lo que normalmente conlleva- como una salida romántica. Después de todo, en su última escapada el tío más guapo que conoce le susurraba íntimamente al oído mientras le dislocaba el brazo. Su sentido de lo que es agradable o no es bastante discutible. Esto definitivamente lo es. Los farolillos de colores se mecen en la fresca brisa nocturna y hay luces a lo largo de la orilla, reflejándose distorsionadas en la superficie del mar. Inspira profundamente y se llena la nariz del melancólico olor del océano mientras recorren el malecón, haciendo crujir las maderas y escuchando el rumor de las olas lamiendo los postes llenos de moluscos y algas bajo sus pies. También oye los gritos ocasionales de las gaviotas sobrevolando el mar en calma y posándose sobre las casetas alineadas por todo el paseo. Hay música saliendo de docenas de altavoces, solapándose unas canciones con las otras. Cuando se acercan a la zona concurrida se ven inmersos en el murmullo de conversaciones y el vocerío de los comerciantes ofreciendo una buena cena a los que se acercan a mirar. Las planchas calientes sobre las brasas al rojo vivo sisean cuando lanzan un trozo de pescado encima. El aroma le llega ahora con claridad, haciendo gruñir su estómago. Toman una mesa al aire libre y esperan a su contacto, que aparece a la hora convenida. Es un tipo que ya ha visto en un par de ocasiones, de unos sesenta años con el cabello completamente blanco y vestido como si hubiera elegido la ropa a oscuras. Su aspecto es completamente inocuo y nunca lo miraría dos veces al cruzarse con él. Pero este trabajo, si se atreve a calificarlo así sin que le dé la risa, le ha enseñado un par de cosas desagradables sobre no ser cautelosa. Se saludan brevemente y Elena y Abel invitan al recién llegado a sentarse con ellos. Está al tanto que esta cita es importante para los negocios, pero esta noche no le apetece demasiado ser curiosa. Se mantiene algo alejada, apoyando los antebrazos en la barandilla de madera con aspecto falsamente despreocupado. Bebe de su cerveza y se obliga a masticar con calma unos pinchos de sepia y calamar muy salados, con los que se ha manchado la punta de la nariz. Se seca rápidamente con una servilleta de papel para no ensuciarse la camisa nueva, de algodón azul claro y la cazadora de piel. Aún disfruta estrenando ropa. Es un consuelo que haya cosas que no han cambiado. El viento frío le remueve el cabello corto y le acaricia la cara con dedos que se escurren por el cuello de su chaqueta. A pesar de la temperatura ve a jóvenes tomando caipiriñas y mojitos cargados de hielo picado aunque ya no hace tiempo para bebidas tan frías. La mayor parte de gente lleva abrigos y jerséis de cuello alto. El ambiente festivo al final hace mella. Sin darse cuenta sus pies siguen el ritmo de la música y se descubre tarareando una canción conocida. Reconoce a su pesar que es agradable oír las risas y las correrías de los niños persiguiéndose entre las piernas de los adultos. Quizá también tendrá que darle la razón en esto a Elena. Hay veces que las cartas que te dan no te gustan nada, y no puedes cambiarlas ni embaucar al atento croupier que vigila si haces trampa. Pero si te niegas a jugar poniendo algo de tu parte, lo más normal es que pierdas la partida. Nadie le pide que esté contenta por lo que ha pasado, ni que se crea la memez de lo inevitable y el destino. Es el consuelo de los crédulos. Pero puede esforzarse en simular que se trata de una vida lo más normal posible. Si eso fuera creíble. La mujer rubia nunca ha sido partidaria de alentar los encuentros bajo las luces parpadeantes de neón de un bar grasiento, donde la gente murmura sobre los tapetes de las mesas de billar o se intercambia maletas en el lavabo de hombres. Considera que su vida ya es lo bastante oscura como para empeñarse en convertirla en un tópico. Pero no le dice nada cuando la joven llega de una de sus borracheras, peleas o polvos guarros. No intenta convencerla para que siga su ejemplo. Cada uno lo vive a su manera, opina encogiéndose de hombros con indiferencia. Cuando horas antes la informaron de dónde iban a ir, soltó un par de gruñidos en voz baja y aceptó este viaje a regañadientes. No le apetecía la idea de un viernes por la noche mezclándose con el resto de la población ociosa tras una larga semana de trabajo. Hay cosas que deberían estar claramente separadas y no cruzar caminos. Ellos no deberían estar allí, no forman parte de este mundo de oficinistas, dependientes, comerciales y estudiantes que siguen mandando mensajes de móvil sin parar como si se arrepintiesen de no estar en otras tres fiestas a la vez. Quizá es ella la que no quiere juntarse con ellos, porque eso arruinaría un poco su papel estelar de mártir. No es imbécil, sabe que muchas veces se regodea en la autocompasión. Pero ¿y qué?, está en su derecho. Aún le duele el hombro derecho, pero ya no es más que un pinzamiento cuando hace un gesto brusco o carga demasiado peso. Elena sigue enfadada con ella, y si ha decidido acompañarles sin rechistar demasiado es para aligerar el ambiente embrutecido entre ambas. Abel tampoco está demasiado contento con ella, y aunque le gustaría decir que no le importa, la verdad es que no le apasiona esta situación. Ya está lo suficiente sola como para sentirse aislada en su compañía. Elena levanta la mirada y se asegura que esté cerca. Ella arquea las cejas diciendo ¿qué, pasa, no te fías?, y sabe que le ha dado buenos motivos para que la mujer no quiera quitarle los ojos de encima. Aún está entre ellas el incidente del almacén, y aunque sabía que era inútil, le pidió a Abel que mantuviera la identidad de Gabriel en secreto, hasta que supiera qué hacer con ello. No eternamente, sólo el necesario para aclararse. Pero pedirle eso a Abel era como esperar que un mono que no llene de mierda el cristal de su jaula cuando hay visitantes haciéndole fotos desde el otro lado. No es una comparación bonita, pero no quiere usar otra porque está disgustada con él. Elena le hizo prometer que no iría tras Gabriel, y ella lo hizo a regañadientes, ambas conscientes que sus compromisos son papel de limpiarse el culo, porque recuerdan perfectamente las veces que ha dado su palabra sabiendo que no iba a cumplirla. Ella piensa que Elena no debería a estas alturas pedirle nada, no después de todo lo que ha pasado. Le dijo una vez que estaría con ellos tanto tiempo como fuera posible, y Elena fingió aceptar el trato. No le debe nada. El lugar parece tranquilo y libre de interferencias. Sólo gente normal y corriente. Abel podría encargarse de la vigilancia, pero a pesar de estar resentida con él, sabe que no es justo cuando ella puede hacerlo sin tener que tomar drogas y sufrir los efectos secundarios. Se acaba el pincho y decide que tiene más sed, así que le señala con el mentón a Elena uno de los puestos que tienen bebida fresca tras la parrilla. Su jefa le hace un gesto ausente con la mano, como diciendo vale, no me distraigas, y ella les deja, tirando los restos de su cena en una papelera cercana. Ocupa su sitio en la fila, tras una numerosa familia que discute acaloradamente sobre qué van a cenar y los observa con el rostro neutro, sin estar segura de lo que siente. La luz del tenderete crea una franja de luminosa sobre el muelle y el humo especiado se esparce por los alrededores, atrayendo a nuevos comensales. Tras el grito especialmente agudo de una niña, al que responden aullando todos los perros, está a punto se buscar otra caseta, pero todas parecen igual de llenas. Intenta concentrarse en la música. Una cabeza se adelanta cerca de su hombro y su primera reacción es apartarse a un lado y preparar el codo por si tiene que golpear. Pero es un joven de apariencia inofensiva que sólo quiere saber qué especialidades se preparan en esta caseta. “¿Eso son calamares?” le pregunta. “Sí” responde ella lacónicamente. “Qué bien. ¿Me guardas el sitio un momento? Enseguida vuelvo”. “Claro” se encoge de hombros sin sacar las manos del bolsillo. Un par de minutos más tarde, cuando ella ya se ha olvidado completamente de él, el joven regresa y le da las gracias. “De nada”. La cola es muy lenta, y los niños de delante se están acercando peligrosamente a la parrilla. Alguien volverá hoy a casa con la mano vendada y el culo caliente. “Me encantan los calamares, pero parece que soy el único en mi grupo que le gustan. Me están guardando sitio en una mesa” el desconocido señala un lugar impreciso bajo los farolillos. Sus compañeros pueden ser cualquiera de las cabezas que se ven desde allí. No cree haber propiciado esta conversación o tener aspecto de estar aburrida. La mujer reconoce claramente las señales de un seductor tranquilo, para quien flirtear es tan natural y necesario como respirar. Sin buscar plan pero sin perder la ocasión de insinuar que no le importaría tener uno. Un pescador que lanza sedales en batería, explorador con salacot y cazamariposas. Es un joven de su edad, posiblemente unos años menos, y nadie podría calificarlo de guapo aunque fuera pariente en primer grado. Delgado y de estatura media. Cabello corto y rebelde, ojos algo saltones, lleno de pecas y con una sonrisa grande, no bonita pero sí muy simpática. Inofensivo. Pero con algo inclasificable. O es que hace demasiado que no se codea con gente normal y resulta que ahora le pone lo cotidiano. En otro momento se habría sentido incómoda, molesta incluso, por la franca apreciación de esos ojos castaños sobre su cara, pero dejó esa piel atrás como una serpiente, y la mujer en la que se ha convertido se merienda a tipos como éste sin necesidad de usar palillo para limpiarse los dientes. “¿Están buenos los calamares?” continúa el joven intentando iniciar una conversación con ella. “Los hacen muy bien. A menos que sean los restos de bañistas que han quedado encallados en las rocas. A pesar de ello están de muerte” bromea, e inmediatamente la sonrisa del joven se hace enorme, porque cree que ella ha entrado en el juego. “Estupendo. Los bañistas son lo mejor. Si no llevan esa porquería de crema protectora factor 60” “Todo el mundo sabe que un buen melanoma es lo que da sabor.” “Totalmente de acuerdo” Cuando llega su turno llevan un rato charlando animadamente. El joven se ha ofrecido a invitarla por guardarle el puesto -una excusa patética- y ella accede sin protestar. Hay que sacar pasta de todas partes. El tipo de la plancha lleva un delantal y un gorrito ridículo lleno de salpicaduras y tiene la cara y los brazos completamente sudados. Echa con destreza el contenido de una bandeja sobre la parrilla y una nueva nube de humo les hace entrecerrar los ojos. Hay una mano en las planchas, los dedos encogiéndose hacia dentro como una araña gigantesca a la que le han dado la vuelta. Alguien grita y suplica que lo suelten, que no ha dicho nada, que no los ha vendido. La piel sisea y se ampolla, y la grasa de la carne cae goteando sobre las brasas. La mano vuelve a ser sólo varios calamares troceados. Los gritos son el vocerío de niños excitados. Es un recuerdo antiguo, pero nada agradable. Sí, piensa con sorna, qué normal soy. “¿No te están esperando?” le pregunta al joven con ganas de deshacerse de él pero sin llegar a ser grosera. Está aún de buen humor, no quiere estropearlo. El tipo no tiene la culpa. “Oh, los he hecho esperar tantas veces…Que aprendan hacer algo sin mí. Bus-ca-os una vida. He en-con-tra-do a una vieja a-mi-ga” dice en voz alta mientras escribe velozmente en su móvil y manda el mensaje. Cierra el teléfono con un rápido gesto de muñeca, dando por acabado y enterrado el problema. Le dirige una sonrisa enorme “Listo. ¿Cenamos?” Se apoyan en la barandilla y empiezan a comer. La mujer devora su parte, cenando una vez más. Tiene un apetito voraz. Elena le lanza una mirada interrogante, pero ella le indica silenciosamente que esté por lo suyo. Es capaz de hacer varias cosas a la vez. El muelle está tranquilo. Nada de lo que preocuparse por el momento. Excepto su parlanchín acompañante. “Me llamo Raúl. ¿Y tú?” Allá vamos. Tiene una docena de nombres que le gustan y que ha estado usando últimamente, estampados en sus permisos de conducir y sus tarjetas de crédito. Nombres con los que se ha inventado una breve historia para no meter la pata cuando alguien le pregunta por su familia, por lo que hace, a dónde va o de dónde viene. Pero decide regalarle algo a este tipo entre la sarta de mentiras que le soltará esta noche. “Tequila” “¿Tequila? Es coña” Ella niega con la cabeza mientras levanta exageradamente las cejas indicando que está de acuerdo en que es una estupidez ”¿Como la bebida?” “POR la bebida. Se trata de un apodo, pero la gente me llama así”. “¿Tanto te gusta? “No. Es porque no puedo ni olerla” “¡Vaya!” Sí, piensa ella, yo tampoco sabría qué decir. “¿Esos son tus amigos?” el joven señala hacia las tres cabezas inclinadas sobre un montón de mapas y papeles, como si planearan un detallado viaje. Entre la calva de Abel, que por suerte lleva una bufanda que le tapa la boca, y el hombre de cabellera cana, el joven seguramente se está preguntando qué entiende ella por salir de marcha. A Elena hay algo que no le cuadra. Está estudiando una de las listas que tienen esparcidas sobre la mesa entre los restos de su propia cena. Tequila la señala poniendo los ojos en blanco “Es mi novia” Él suelta una risa breve, esperando la confirmación que se trata de una broma. Ella sonríe pero no desmiente nada. “Estamos enfadadas. Bueno, ella está molesta conmigo. Una de esas crisis de pareja. Celos y demás.” Si está decepcionado, hace un papel espléndido en ocultarlo. La mujer baja la voz como si fuera una confidencia hecha a regañadientes. Le pareció divertido cuando lo dijo y ahora no puede parar. “Bueno, el problema es que ella es una de esas lesbianas radicales, a muerte. Ya sabes, de las que se estamparía en la camiseta odio a los hombres o las almejas dominarán el mundo. No hace mucho que estamos juntas y no se fía de mí. Tiene miedo que le eche el ojo a una jovencita a sus espaldas. Te habrás fijado que es mayor que yo” El joven dirige un rápido vistazo a la mujer rubia, que está discutiendo algo mientras sostiene un par de fotografías. “Sí, se nota un poco” “Pues eso. Está insegura porque cree que la dejaré por cualquier tía buena que nos crucemos por ahí. Tiene manía persecutoria de que le meteré los cuernos.” “¿Y tiene razones para temer eso?” Ella baja los ojos y sonríe con una mueca cómplice. “Bueno, algo de razón tiene, la verdad” Él le clava un codo, amistoso “Eres una sinvergüenza cachonda” “Ésa soy yo”. Hay un silencio, pero no sabe si es incómodo o no. Tequila se ríe para sus adentros. “O sea, que lesbiana” repite él intentando retomar el tema. “Por el momento. “ “¿Qué quiere decir eso?” “Que no le hago ascos a probar cosas nuevas.” Raúl se asoma por la barandilla, mirando el reflejo de la luna y las luces en el agua. Viste bien, sin chaqueta militar, ni gorra, ni fundas para revólver. Apuesta a que sólo tiene una cicatriz de apendicitis y quizá de fimosis. Él siente su escrutinio sobre su cuerpo y se atreve a preguntar con un brillo juguetón en la mirada: “¿Nunca has estado con un tío? Me tomas el pelo” Por supuesto, lumbreras. Pero ella sigue con la farsa. “Hace como tropecientos años” improvisa sobre la marcha “Éramos muy jóvenes y resultó ser un patán. Mi novia me dice siempre que no me estoy perdiendo nada. Ella y las amigas comiéndome la olla todo el día.” saca la lengua como si estuviera tan harta del tema que tiene ganas de vomitar. “No todos los tíos son unos petardos en la cama” Da un trago del cuello de la botella y lo mira de reojo mientras se encoge de hombros. “Ya, supongo que no”. Elena la mira en esos momentos con una mirada de interrogación y ella le guiña el ojo. La mujer rubia frunce el ceño. ~~~~~~~~~~~~~~ El apartamento de soltero de Raúl es un lugar pequeño, limpio y completamente masculino. Hay pesas sobre la alfombra del comedor, películas de acción, zombis y superhéroes mezcladas con algunas bélicas en las estanterías. Y todo tipo de cachivaches electrónicos de los que salen docenas de cables que se enredan entre sí y les obligan a vigilar dónde ponen los pies. Hay varias fotos de Raúl con una chica rubia diseminadas por la sala de estar. A la acogedora luz de las lámparas puede verlos en la playa, esquiando, haciendo muecas en una fiesta… El joven se sitúa estratégicamente ante los retratos, intentando taparlos. Sus esfuerzos son entrañables y algo patéticos. Y Tequila, cruel, se permite apartarlo suavemente con la copa en la mano, coger uno de los marcos y mencionar que hacen buena pareja, para dejar la foto de nuevo como si no valiese la pena prestarle atención. Lo que es una ofensa tanto a su novia como a la culpabilidad del joven. Explicar cómo llegan al punto de que su chaqueta está tirada en el sofá, la camisa completamente desabrochada y la mano del chico rodeándole un pecho, sería largo e inútil. Estas cosas comienzan del mismo modo: con una mirada colgada de una boca, y dos caras que se aproximan como de casualidad antes de que los labios se encuentren. Raúl no besa mal, y sabe que se está esforzando por ser delicado y sensual. Ella está bebida y anestesiada y se permite sonreír a través de los besos, mientras él le dice que es guapa y sexy y sigue soltando una sucesión de piropos para engatusarla, creyendo que es él quien la ha seducido. En otra época no habría permitido que esta situación llegase tan lejos. No le gusta especialmente este hombre. No es su tipo, ni sabe nada de él, pero hay algo en este inofensivo seductor que la hace sentirse a salvo. La mujer acepta los arrumacos. Cuando se pone demasiado tierno, le muerde el cuello para que el juego se mantenga puramente sexual. Si no se vería obligada a acabar asqueada con esta falsa intimidad. Él está muy excitado, probablemente cree que esta noche será una de esas ocasiones dignas de rememorar con sus amigos más íntimos. Una aventura que le salvaguardará del futuro aburrimiento conyugal. Quizá la archivará en su cabeza como La redención de la lesbiana para recordarla por la noche metido bajo las sábanas con su mujer, creyendo que al menos peleó hasta el último aliento antes de caer en el pozo de los que llevan la correa al cuello. Niño indefenso. No puedes hacerme nada. No puedes avergonzarme. No puedes herirme. No puedes conmoverme. Y en este baile de pies y de gestos prudentes, risas nerviosas y mentiras y de deseos que no tienen que ver con el sexo en sí mismo, avanzan por el pasillo, en una danza en la que los dos creen que llevan al otro. Caen en la cama sobre una suave funda nórdica. En el suave radio de luz de la lamparilla de noche, la habitación es un lugar ordenado y sencillo. Sus ropas acaban en el suelo, amontonadas sin cuidado en un intento de recrear una tórrida escena de pasión desenfrenada. Se reiría sino fuera porque es eso precisamente lo que está buscando. Nota los dientes de él en su cuello, las manos pecosas resbalando sobre su piel, la mirada caliente recorriendo sus labios, su pecho y su vientre. Sabe que al joven le sorprenden los músculos de sus brazos y la fuerza de sus manos, y la forma en la que sus muslos le atenazan las piernas cuando intenta acomodarse entre ellas. No tiene ligaduras, no tiene fidelidades que respetar. No tiene que mantener un status para que sus amigas no digan a sus espaldas que tiró el listón. Hace lo que quiere con quién quiere, no importa el género, no importa la calidad. Los dedos ansiosos del joven se introducen en su entrepierna y comienzan a acariciarle el clítoris con delicadeza, penetrándola con los dedos con más suavidad aún, seguramente temiendo que le compare con su novia lesbiana. Así que la coge por la cintura, se pone un condón se hunde en ella. Tras unos minutos se corre, pero ella está tan excitada con esta nueva conquista que lo alienta a volver a ponerse otro cuando se recupera. Le levanta la pierna y comienza a moverse sobre ella, cambiando el ángulo para penetrarla con mayor profundidad, empleando un ritmo relajado y fácil de mantener. Tequila intenta concentrase en la fricción entre sus piernas, el roce contra la parte interior de su vagina y los dedos resbalando sobre su clítoris endurecido… pero cada vez que disfruta de unos sinstantes de cómodo olvido, en el que trata de hundirse como un batiscafo hacia el silencioso fondo del océano… la sensación dura solo unos segundos antes que haya algo que la extrae dolorosamente, arrastrándola de nuevo a la superficie. Hacia la molesta luz que se filtra entre sus pestañas. De nuevo esa cara sobre ella, esos rasgos que casi no conoce, y esos ojos saltones que la observan intentando leer en su respiración y sus gemidos si va por buen camino. Su propia mirada entrecerrada se pierde en la constelación de pecas y pliegues de esa piel masculina. Es consciente del olor de este cuerpo, del molesto calor en las zonas que se tocan, en el tacto de las sábanas bajo su espalda y la forma diluida de los objetos que adivina en la penumbra. Esto no funciona. Con este tipo, por buenas que sean sus intenciones o su técnica, no podrá lograrlo. “¿Te gusta?” pregunta el joven, usando sus dedos para masturbarla. Ella suelta un gemido ronco que es puro desengaño pero que él toma como una afirmación. En cuestión de momentos nota el frío en sus pies, y sus manos, y la excitación desciende en picado. La mano de ella se arrastra hasta llegar al interruptor de la lamparilla de noche y la cierra, dejándolos a oscuras. El se detiene un momento, dudando. No es tonto. La mira con recelo. “Me ayuda a concéntrame en el tacto” ronronea ella para que él no sospeche que intenta aislarse completamente. Para despejar posibles suspicacias, sacude las caderas y jadea un par de veces. El joven no está del todo convencido, pero se mueve de nuevo. Decide alejarse de su cuerpo y conjurar imágenes y escenas que la ayudarán. Imagina que está con algún actor de las docenas que le han gustado alguna vez, que le preste su cuerpo, sus manos y su voz para ayudarla a escalar en la espiral del placer. Pronto se da cuenta que no puede focalizarse lo suficiente en ninguno de ellos. Se suceden rápidamente, los cambia con frustración. No significan nada real para ella, no pueden llegar al núcleo donde conviven la tristeza, el dolor, el odio y el placer, ese cúmulo de sensaciones que necesitan una vía para liberarse como una caldera a toda presión que sisea peligrosamente. Si la indiferencia no funciona, si un cuerpo extraño no la ayuda a desencadenarlo, tendrá que recurrir a cosas que conozca. Tras sus pestañas toma rasgos un rostro tostado y de rastas largas hasta los hombros, unos ojos oscuros y una sonrisa malvada. Caín, hijoputa desgarrador, con quien ha iniciado un descenso en la degradación y ha atravesado los límites de la moral. Tú me servirás. La sencilla y limpia habitación ha desaparecido, y están de nuevo en esa estancia grande y desordenada donde han acabado tras días horribles en los que ella no podía encontrar consuelo en beber, pelear, ni en salir a correr a los campos antes de caer rendida. Aquellas noches en las que la sonrisa del jamaicano seguía provocándole repulsa, pero no la suficiente como para rechazar la clase de experiencia sucia y liberadora que le prometía. Está en la cama de sábanas revueltas, con ese olor picante a sudor y a semen. A largas veladas de excesos. La mano oscura y delgada la sujeta por la nuca empapada y le empuja el rostro con fuerza contra la almohada mientras se sitúa a su espalda, duro y lleno de aristas y tatuajes. Ella cierra los ojos mientras el hombre introduce dos dedos húmedos en su ano, antes de meter su propio miembro en ella, apretando sin piedad, clavando los dedos en su cadera. Con la otra mano mantiene la presión firme sobre su cabeza, para que no pueda moverse, forzándola a aceptarlo a pesar de los jadeos de dolor y promesas de venganza, animándola a abrirse para él entre obscenidades, obligándola a aceptar que es capaz de aguantar esta humillación y salir indemne. Recuerda perfectamente este polvo en casa del contrabandista de armas, retándola a quejarse, a decirle basta, no puedo más, y ella se muerde los labios y aprieta los puños, dispuesta a demostrarle a este hijo de perra que nada de lo que puede ofrecerle la echará atrás, ni siquiera oír y ver de reojo que está mirando una película porno gay sobre su cabeza, como si ella fuera menos que nada, un simple envoltorio, un sustituto. Y a cada gemido, empujando su pelvis contra su trasero, quiere sacar una súplica de ella. “Estás loca, Tequila” le dice con su acento meloso lleno de veneno. Ella se aguanta las ganas de descabalgarlo de su cuerpo y hundirle los grandes dientes en su boca sonriente. Ve la mano oscura del mulato moverse entre el amasijo de cosas tiradas de cualquier manera sobre la mesilla: dinero enrollado, condones usados, joyas, tiquets arrugados, un par de vasos casi vacíos con bebida, y ve los dedos cerrase sobre una bolsa transparente con un polvillo blanco. Oye como el hombre, sin dejar de penetrarla, rasga la bolsilla con sus dientes y le espolvorea parte del contenido sobre su espalda sudorosa. Cierra con fuerza los ojos cuando siente la larga lengua recorrer su columna, desde las lumbares hasta la base de la nuca, tragándose y esnifando la droga. Coge uno de los vasos y lo apura hasta el fondo. A ella le ofrece el contenido del otro con una risotada malvada. Es tequila, y el desgraciado sabe que odia su olor y su gusto. “Que te den, cabronazo” “A ti, preciosa” Dedos manchados de polvo blanco se cuelan en su boca y frotan sus dientes y sus encías, y ella los acepta, decidida a llegar al final. Nota un dolor punzante cuando el jamaicano del demonio retira su largo miembro, y tras cubrir su glande con una ligera capa de droga, vuelve a introducirse en ella con un jadeo de placer. Recuerda los embates contra su cuerpo, la carne ajena empujando sus entrañas, en tensión sin poder relajarse y tomarlo con más facilidad, los músculos apretando en lugar de recibir el grueso pene que entra y sale de ella. Boquea de dolor, porque sabe que puede resistir esto y mucho más. Recuerda los espasmos en el vientre y morder la almohada mientras nota como Caín abre sus nalgas, forzándola a levantar el lomo para recibirlo más profundamente, completamente sumisa. Al final decide masturbarla con habilidad para hacérselo más llevadero. Quiere que disfrute para que ella vuelva a buscarle en otra ocasión. No puedes hacerme nada, cabrón. Soy más fuerte que tú. Esto sucede porque yo lo permito. Puedo detenerte en el momento que quiera. Vuelve a estar húmeda de nuevo, aunque siente una punzada de vergüenza por haber recurrido a esta imagen para ponerse a tono. Inmediatamente se riñe a sí misma por abochornarse. ¿Quién puede juzgarla? Sólo ella misma. >> Sigue en la Parte 18, de próxima publicación
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