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He estado meditando mucho sobre si irnos al pasado o al presente, y he llegado a la conclusión que continuamos donde acabó el capítulo 22. La razón es que tengo mucho más clara toda esta escena en mi cabeza. Además, necesito que la acción avance más en esta línea temporal que en el presente. Cuando estamos en el AHORA tengo que esconder continuamente información que aún no se ha desvelado, y esto hace la lectura mucho más confusa. Cuando acabe el relato completo haré una revisión general y cabe la posibilidad que ordene algunos capítulos. Gracias de nuevo a Y mis agradecimientos a aquella gente que ha recomendado esta historia en Buenos fics: (no sé porqué el Ljlink ha quedado tan pequeño...) . Previously…. “¡Novata!” oye gritar desde arriba y se detiene de golpe. Levanta la cabeza y ve a Abel, con su calva y su gabán enorme, y la cara en la que destacan los labios oscuros. Su voz llega con un ligero eco. “Si ves a Víctor… huye. Como alma que lleva el diablo. Trabaja con nosotros pero es uno de ellos. ¿Me entiendes? Huye. No dejes que te confunda, recuerda lo que te he contado. ¡CORRE!” Y eso hace. Pone un pie tras de otro, internándose en el bosque. Los árboles son manchas borrosas de color verde y gris que se deslizan a su alrededor como acuarelas. Sus pies resbalan en la tierra, patinando cuando tiene que dar una vuelta cerrada para seguir bajando por la escarpada ladera, los brazos extendidos a los lados para conservar el equilibrio. El corazón retumba en su pecho, los pulmones se esfuerzan por traer oxígeno. Corre, corre, corre. Eres veloz, eres ágil, eres una prisionera a la fuga. El sol deslumbra furioso a través de los árboles, creando contrastes de luces y sombras por todo el terreno. La claridad que se filtra entre el follaje delimita zonas brillantes en el sendero que la joven cruza como una exhalación, sintiéndose desprotegida. Se maldice por llevar una camiseta amarilla; debe ser una figura delgada y pequeña visible desde lejos. Tendría que pararse a ensuciarla con barro o tierra, pero no puede dejar de correr. Sus ojos se adelantan para buscar el próximo desnivel, la próxima piedra, la próxima raíz que intentará que tropiece y caiga por la pendiente. Levanta continuamente la mirada para no perder de vista su objetivo: la enorme superficie del lago que vislumbra a través de la espesura, una extensión de agua azul verdosa que refleja el sol como un espejo, rodeada de colinas boscosas. Sea lo que sea, trampa o no, debe marcharse de allí. Alejarse. Es lo que se espera de ella. Aumenta la velocidad, coge confianza. Siempre ha sido una buena corredora, potente y ligera, aunque no tiene resistencia. Debe controlar sus fuerzas, no quemar todos sus recursos y quedarse sin fuelle antes de alejarse un buen trecho. Necesita ser lista. Pero a medida que desciende la ladera, la sensación de urgencia se dispara. Sus piernas han cogido un ritmo salvaje, y su cuerpo se precipita hacia delante. Necesita hacer contrapeso para no despeñarse y caer de cabeza. El flequillo le azota la frente, y por primera vez se alegra por llevar el cabello corto. Y mientras corre comienza a creer que hay una oportunidad. No puede evitar tener un mínimo de esperanza. Se ve llegando a una granja perdida entre los campos, sucia y cansada, haciéndose entender a duras penas por sus asustados propietarios. Éstos, tras darse cuenta que es una víctima y no una amenaza, le ofrecen ayuda y cobijo y le dejan usar el teléfono. No puede quedarse, es cuestión de tiempo que la encuentren. Sus dedos marcan temblorosos el número de un amigo, o del sus padres, pero no recurre a su marido. Aún no, porque primero debe descubrir si realmente está embarazada y decidir qué va a contarle. Y tampoco quiere llamar a la policía y tener que dar complicadas explicaciones que aún no ha pensado. Se lo debe a Abel, aunque no puede imaginar la razón. No sabe si es verdad lo que le han contado. Le suena a fantasía de comic o de un guión de cine, y ni siquiera uno que no esté muy sobado. Probablemente están todos locos, una secta de chalados inadaptados que acabará organizando un atentado terrorista al creer que algún político o magnate de los negocios es uno de sus enemigos. Pero en su cabeza ha hecho un pacto con Abel, o con ella, o incluso con un Dios en el que no cree: si se escapa le cubrirá las espaldas. Mantendrá el secreto. Está loca… lo está al permitir que exista la más ligera duda sobre si Elena y los suyos tienen razón. Quizá todo lo que le han contado es verdad y ella está escapando de la misión de su vida. Del sentido de su existencia. Ella que siempre se ha quejado de que su historia personal es una sucesión de rutinas sin objetivo. Recuerda las fotografías cayendo sobre la mesa con un susurro de papel, una tras otra. Un cuello cortado. Un brazo arrancado. Un rostro cubierto de sangre, los ojos desenfocados apuntando al vacío. Son la cara de Irene, de Marta, de Carla. La suya propia. Definitivamente está loca. Corre, corre, corre. Aún le duele un poco el costado, apenas un pinchazo. Le parece ver algo por encima de ella, a su izquierda, pero cuando vuelve la cabeza sin detenerse, sólo son las trémulas sombras que proyectan las copas de los árboles sobre el terreno. Sus nervios le están gastando una mala pasada. Está asustada y no puede sacudirse de encima la idea de que ya la persiguen. Que hay francotiradores siguiendo su estela, apuntándola a través de su mirilla mientras esperan que Elena les dé permiso por el comunicador para disparar. Imagina a los perros olfateando sus ropas y conduciendo a sus perseguidores hacia el lago. Incluso ve a Victor siguiendo su rastro con expresión concentrada, aunque ni puta idea de cómo podría hacerlo. No tendría que haber escuchado a Abel, le ha llenado la cabeza de tonterías. El miedo la impulsa a tomar más velocidad. Da un quiebro y salta hacia abajo. Pierde pie sobre una capa de musgo esponjoso y cae de culo unos cuantos metros hasta que la fricción la detiene. Un golpe estúpido del que se habría quejado con ganas, pero no tiene tiempo, así que se levanta inmediatamente y sigue corriendo. Apenas oye otro sonido que el de su propia respiración y las piedras crujiendo a su paso. Acusa los cambios de claridad al pasar bajo los árboles frondosos; los colores brillantes le ofenden los ojos y se mueve con los párpados entrecerrados. El sol arranca a la vegetación, la tierra y las rocas musgosas un olor característico, cargado y embriagador. El trozo final es una gran pendiente que la joven desciende resbalando, corriendo en zig-zag mientras aprieta la mandíbula y espera no acabar empotrada contra un árbol o con los dientes partidos contra una piedra. Sus pies empujan una cascada de guijarros camino abajo y sus zapatillas se cubren de una densa capa de polvo rojizo. Pasa a través de los árboles que flanquean el sendero y de repente tiene el lago ante sus ojos, a una escasa docena de metros de distancia. La orilla, plagada de arbustos y piedras, desciende suavemente dentro de agua, donde se refleja la silueta alta y oscura del bosque a sus espaldas. Lejos a su izquierda, distingue el largo embarcadero de madera y las barcas dispuestas a su alrededor. Victor. A su derecha, mirando el lago. Frena la carrera. Los brazos se mueven un poco más, desmayadamente, y los pies detienen su marcha. Los pulmones le arden y el corazón retumba en su pecho, en la garganta y las sienes. Apoya las manos en las rodillas y se agacha para recuperar el aliento. Hace varias inspiraciones, rotas al principio, luego algo más profundas y regulares. Escupe al suelo, y se yergue con las manos en la cintura, respirando con pesadez por la boca. Victor sigue allí, y ahora la está observando en silencio. Su figura está recortada contra la brillante luz del mediodía. Chaqueta hasta los muslos de tela resistente. Pantalones algo raídos en la parte que roza el suelo. Camisa negra. La larga melena cana, las cejas despeinadas y el bigote grande y poblado, sacado de otra época. El pistolero. El lobo viejo vestido de hombre. La joven siente una profunda decepción y casi le parece oír cómo explota la burbuja de esperanza que había estado creciendo los últimos minutos. La verdad es que esperaba que saliera mal. Pero no tan pronto. Ni por un momento piensa en resistirse. Ni duda qué hace el hombre allí. “Vale, tenía que intentarlo. Qué asco.” se ríe entre jadeos, intentando sacarle importancia al asunto. Todo ha sido una diablura, un malentendido. No puede dejar de oír las palabras de Abel en su mente una y otra vez: Si ves a Víctor… huye. Como alma que lleva el diablo. Trabaja con nosotros pero es uno de ellos. A pesar de sus rarezas, que son muchas, el hombre reservado y silencioso ha sido para ella una roca a la que aferrarse durante todo este tiempo. Su ángel de la guarda. Sabe que no le hará nada. Ahora nota el conocido olor que ha aprendido a identificar con la presencia de Victor, por encima del aroma del lago, húmedo y profundo, a sedimentos, a tierra empapada, a peces en el fondo. Se retira el flequillo sudoroso de la frente en un gesto algo coqueto, consciente de su aspecto. Levanta el borde de la camiseta para secarse la cara y el cuello, dejando una mancha húmeda en la tela amarilla. Victor no dice nada ni hace ningún gesto. La joven se pregunta si la ha oído. “¿Qué? ¿Vas a llevarme de vuelta?” El silencio es angustioso. Para ganar tiempo se acerca al agua, la cabeza hirviendo con todas las cosas que le ha contado Abel. No puede permitirse aceptarlas. Toda su existencia está basada en la creencia que el mundo tiene normas inquebrantables que ella conoce. No hay nada más allá, sólo superstición y locura. El a partir de aquí dragones de los mapas antiguos. Pero aunque le fastidie, no puede ignorarlas, no con la presencia fantasmal y a la vez tan sólida de Victor, que ha vuelto a contemplar la superficie brillante del lago, los brazos pegados a los flancos. Como una estatua. Se agacha al lado de la orilla y mete las manos en el agua, mientras piensa rápidamente. Está muy fría, y nota pinchazos en los dedos que escalan desagradablemente por sus antebrazos. Se moja el rostro de mejillas enrojecidas y aguanta la respiración con los párpados cerrados mientras el agua resbala por su barbilla y cuello. Abre los ojos. Ve el reflejo oscuro de Victor en la superficie del lago, a su lado. No lo ha visto acercarse, ni siquiera lo ha oído. Levanta la cabeza de golpe, los ojos desorbitados. Las manos mojadas comienzan a gotear sobre sus pantalones. Los iris verdes la observan sin emoción. Se aparta a un lado rápidamente, alejándose del agua y del hombre. Gatea hacia atrás sobre las manos mojadas, clavándose guijarros y aplastando plantas hasta que logra incorporarsecon torpeza. ¿Cómo ha podido aceptar la locura que es Victor? ¿Cómo ha podido verlo normal? Pensar que él la protegía, que la cuidaba, como en el invernadero. ¿Cómo no se ha planteado lo extraña que es presencia? Es una sombra que se desliza, sin ruido. Aparece tras de ti. Un rostro borroso. ¿Cómo ha podido sentirse a salvo con él? Lo mira como si fuera por primera vez, retirado el velo que ofuscaba sus sentidos. La nariz grande y torcida, la barbilla redondeada, la piel apergaminada alrededor de los ojos… que la observan sin calidez. Apenas parece vivo. Y entonces lo percibe, una sensación que ha notado varias veces y nunca ha sabido identificar. Algo en su pecho, o en su vientre, un desplazamiento aunque no hay nada que se mueva, y un espeso silencio en su cabeza. La invade un cálido sentimiento, de que todo va bien cuando sabe perfectamente que no es así. Dividida entre la impresión que el hombre ante ella es alguien cercano y que la protegerá, y la certeza que lo que necesita realmente es cuidarse de él. Me lo estoy inventando, se dice. Estoy sugestionada y eso me ha vuelto estúpida. No es un tipo especial, sólo un hombre con experiencia y silencioso. No me está haciendo nada. Me lo estoy haciendo yo sola. ¿Pero y si no es así y Victor la está moviendo? Y la idea es lo bastante aterradora como para que luche contra ella, recordando lo que ha oído. Las fotos que ha visto. Es uno de ellos. Manipulan. Matan. Es uno de ellos. “Sé lo que estás haciendo” protesta mientras se echa hacia atrás. Victor la sigue con su mirada verde y cristalina “Déjalo, vale. No hace falta. Volveré contigo al pueblo.” Suena estúpido y se arrepiente de abrir la boca. Él da un paso hacia ella. La joven levanta las manos manchadas de barro, escudándose tras ellas “No me toques. No te acerques. Voy por mi propio pie. No me toques.” Si le está haciendo algo, se detiene. O se lo hace ella, no sabe qué creer. O comienza a intentar algo distinto, porque el miedo regresa con toda su fuerza, una oleada que la cubre por completo y que le impide pensar y moverse. Mira al hombre, y por unos instantes es consciente de la desproporción de fuerzas. Victor puede romperle los dedos, partirle las muñecas, fracturarle las rodillas, destrozarle la cara, provocarle derrames internos a patadas. Sin que pueda defenderse o quiera hacerlo si él logra persuadirla. Por primera vez cree entender lo que es ser uno de ellos y lo que pueden hacer. O no serlo y estar a su merced. “¡Lo siento, vale!” Victor avanza un paso lento y calculado hacia ella. La joven retrocede sin perderle de vista. Se miran unos instantes, calibrando el próximo movimiento en este desagradable baile. Victor da una larga zancada hacia adelante y alza la mano, y en ese momento la joven sabe que no puede dejar que la toque, porque está segura que le hará daño. Que Victor no se contentará con un lo siento. Le hará pagar el intentar abandonarles. O no, pero no piensa esperar a descubrirlo. Así que escapa. Tan lejos como pueda, tan rápido como le permita su cuerpo. Usando hasta la última reserva de fuerza y miedo. Sus piernas y sus brazos siguen la alocada huida en la dirección que le ha marcado Abel. Nunca ha corrido tan rápido, tan veloz que casi no siente el terreno bajo sus zapatillas. Corre a lo largo de la orilla a toda velocidad, sin cometer el error de mirar atrás. Es Orfeo saliendo del infierno, sin poder girarse para comprobar si su amada esposa le sigue y con ello cumplir el pacto sellado con Hades para devolverle la vida. Es también la mujer de Lot, resistiendo a duras penas contemplar la destrucción de Sodoma y Gomorra a sus espaldas, bajo la amenaza de convertirse en una estatua de sal. Es Teseo evitando la mirada petrificante de la Medusa. No puede volverse. No mires atrás. Sigue corriendo. Victor aparece a su lado, lo ve un instante, un parpadeo antes del golpe. El empentón es fuerte, y a la velocidad que va, cae violentamente hacia delante; apenas tiene tiempo de adelantar las manos para amortiguar el choque. Se raspa las palmas y las rodillas, y sólo se libra de arrastrar la cara por el suelo porque pega instintivamente la barbilla contra el pecho. No ve la sangre resbalar de los arañazos en sus manos. No siente el golpe en las piernas. Sólo el miedo que sacude su columna. Se pone en pie rápidamente. El hombre le bloquea el paso. Hace un amago a la derecha e intenta escapar por la izquierda. Recibe un golpe en el plexo que la hace retroceder. Se vuelve e intenta recular hasta el bosque. Apenas recorre una docena de metros cuando le tiran del brazo con fuerza y frenan su carrera con brusquedad. Nota una dolorosa sacudida en el hombro y sus pies resbalan bajo su cuerpo hacia atrás. Logra mantener a duras penas el equilibrio y da un tirón para soltarse, pero sólo consigue que Victor apriete su presa sobre su antebrazo, clavándole los dedos con tanta fuerza que le duele la carne. Suelta un grito de frustración, y carga todo su peso contra el hombre para desnivelarlo, pero chocar contra su pecho es inútil, sólo consigue que Victor atrape su muñeca y la retuerza hasta hacerle soltar un aullido, parte de dolor y parte de rabia. “¡Suéltame, joder, suéltame!” Forcejea con desesperación, hasta que un bofetón le gira la cara y todo su peso queda colgado del brazo atrapado. Victor la suelta y ella se desploma sobre el suelo de piedras y hierbajos, sin poder hacer nada para amortiguar el golpe. Unos dedos se cierran sobre su cuello, clavándole las falanges. Le hace agachar la cabeza hasta que su rostro roza la tierra. Está completamente sometida “¡Basta!” grita ella “¿Qué quieres? Te he dicho que te acompañaría, para de una maldita vez. ¡Me haces daño!”. Está a su merced, sin poder hacer nada. No puede mover la cabeza, no puede ver siquiera los pies de su enemigo. Sólo el suelo desenfocado bajo su nariz, tan cerca que cuando respira se mueven las hojas de pequeños brotes y se desplaza la arenilla que roza su boca. El corazón le retumba en el cuello comprimido, en las sienes de venas hinchadas, marcando los segundos eternos mientras teme el golpe que le aplastará nariz y boca contra el suelo. Se imagina el dolor lacerante recorriendo su calavera y la sangre inundando su garganta. La posibilidad de que le parta los huesos y los dientes y cuando se mire en el espejo no pueda reconocerse nunca más. Siempre que él no decida matarla aquí mismo. Y mientras transcurren esos segundos llega la ira. El no poder hacer nada es un sentimiento horrible. Lo odia. Haría daño a alguien para no sentirse así. La compuerta se abre y sus miembros se inundan de esa sustancia electrizante. Inflamable. Puro combustible que acaba con el miedo. Sabe que no puede escapar, y parece que Victor es incapaz de entender que se ha rendido. Deja de resistirse. Relaja los dedos engarfiados, suelta las piernas, se convierte en una muñeca de trapo. Pero bajo los párpados cerrados, sus iris se mueven de un lado al otro, expectantes. Todo su cuerpo fláccido y derrotado cuelga de la mano masculina e implacable que la sostiene por el cuello, negándose a soltarla. El dolor le hace lagrimear, y le impide tragar la saliva que resbala lentamente al suelo desde sus labios. La presa en su nuca se hace más fuerte y la levantan para lanzarla contra la orilla, donde se golpea la cadera y el hombro derecho. En el mismo momento que se siente libre, el cuerpo de la joven vuelve a la vida, y libera la energía nerviosa en un rápido ataque. Sabe que es inútil, pero eso no la frena. Al contrario. Como sabe que no tiene escapatoria, sólo le queda un camino. En lugar de intentar huir, va a por él. La furia y el orgullo herido se lo comen todo. La prudencia. La inteligencia. Se revuelve como un animal acorralado, manos, piernas, mandíbulas y uñas. Golpea donde puede, queriendo hacer daño. No sabe cómo hacerlo, pero lo intenta. Le estira de los cabellos grises, trata de clavarle los dientes y desgarrar la piel, le clava los codos, sus dedos buscan los ojos verdes. Apunta la entrepierna con la rodilla. Victor desvía sus manos y sus pies una y otra vez. Intercepta sus torpes movimientos sin esfuerzo. Como un gato que marea al ratón hasta dejarlo atontado en el suelo, medio muerto. Retroceden hacia el lago. Su cólera encuentra un objetivo. Está furiosa por sus amigas. Por el embarazo. Porque está sola. Porque la tratan como si fuera una niña. Por tener miedo. Por tener que ser inteligente cuando lo único que desea es hacerles daño. Por tener que agacharse. Por tener que esperar. A la mierda. Sus pies chapotean en el agua, la humedad escala rápidamente por las perneras de sus pantalones y anestesian los músculos de sus piernas. Victor se mueve a su alrededor como una bombilla parpadeante, apareciendo y desapareciendo, golpeándola con fuerza. La joven suelta un largo e interminable gañido de impotencia y vuelve a atacar de nuevo, buscando imprudentemente el cuerpo a cuerpo. Es incapaz de detenerse. Le es imposible calibrar los daños que puede acarear su decisión de acabar aquí y ahora con esto. Si vuelve con ellos, ¿qué le espera? Renunciar a todo. Una vida de sometimiento, sin identidad, sin voluntad, acatando órdenes, jugándose la piel. Dolor. Soledad. Muerte. El grito sordo le irrita la garganta, pero no puede callar ni articular nada más. Le sale del estómago, de detrás de la cabeza, de una cavidad dónde se acumule toda la frustración en forma de vapor siseante. Están completamente empapados. Los tejanos le pesan toneladas y le cuesta levantar las piernas. Cree que él la ha obligado a entrar en el lago a propósito esperando frenarla e impedir que huya. Victor se sitúa siempre de manera que la luz del sol la ciegue. El hombre desplaza a su alrededor, azotándole la cara, los brazos, la espalda, empentones que duelen y que alimentan su rabia. No soporta la indiferencia de Victor, la desgana con la que evita sus golpes. Como si ella fuera menos que nada. No le importa ya lo que pueda pasarle, lo que puedan lastimarla. Recibiría una paliza sólo por alcanzar a herirlo, para ver cambiar ese rostro inescrutable. De soberbia indiferencia. Quizá es su ofuscación por pelear a sangre, uñas y dientes, pero cada vez le cuesta más coordinar sus ataques frustrados y se queda unos instantes mirando a lo lejos, la mirada perdida. Los pies pierden pie en el limo del suelo. No es normal. Lo que siente no es normal, está impuesto. El hombre la ha movido hacia un lugar donde todo está confuso y no puede confiar en sus sentidos. Así que enfoca su ira, la energía que bulle por su interior e intenta desplazarse de nuevo. Vuelve donde la rabia la recibe con los brazos abiertos. Sus manos antes dubitativas cogen de repente la camisa del hombre e intentan escarbar a base de uñas y falanges hacia el lugar donde se esconde su corazón y sacarlo fuera. Las manos de Victor le agarran del corto cabello y tira de su cabeza hacia atrás. Consigue hacer una sólida presa en su ropa empapada a pesar de los cabezazos que intenta propinarle la joven, y los dedos que buscan sus ojos de nuevo. Aprovecha la inercia histérica de ella y le hace una llave que la tumba de espaldas. Cae con una gran salpicadura de aguas, las gotas que se levantan brillan como diamantes a la luz del sol. Intenta apoyar manos y pies para levantarse, pero él la arrastra del brazo unos metros más adentro del lago, casi arrancándole la manga y haciendo que la camiseta se le levante hasta mostrar gran parte de su barriga desnuda. “¡Déjame desgraciado de mierda! ¡Cabrón! ¡Tu puta madre se pudra en el infierno” grita ella, retorciéndose en su garra, intentando arrancar los dedos que la sujetan. Quizá no le gusta que una señorita como ella sea tan malhablada, porque lo próximo que nota es una mano en su coronilla y un violento empujón que le hunde la cabeza bajo la superficie. Sacude los brazos asustada. Patalea con fuerza, levantando murallas de líquido que caen como granizo. Victor le saca la cabeza del lago y deja que tosa y escupa agónicamente, el cabello oscuro pegado a la frente y los ojos claros llenos de lágrimas que se confunden con el agua que resbala por su cuerpo. La camiseta flota a su alrededor como una medusa malherida. Los tejanos se le pegan a las piernas, como una segunda piel que pesa toneladas y frena sus movimientos espasmódicos. Siente alivio unos segundos al respirar de nuevo y también temor porque sospecha cómo continúa esta tortura. Así que cuando nota de nuevo la presión en su cuello, trata de coger todo el aire posible e intenta aguantar la respiración. Pero es imposible. El terror hace que abra la boca y que escape todo el aire en una violenta columna de burbujas que se llevan su grito de impotencia. Abre los ojos y todo lo que ve es el fondo revuelto y borroso, tierra removida, plantas oscilantes y una eterna superficie verde. Sus propias manos, blancas y fantasmales, marcadas con cicatrices, buscan apoyo en el fondo para hacer palanca y poder levantar su cuerpo. Esta vez cree que morirá ahogada. Cuando la levanta por la camiseta como una muñeca, cree que los pulmones van a estallarle y parte de ella espera el momento en que el cerebro se apague sección a sección y se detenga el sufrimiento. Pero a la vez retorna esa furia sangrienta. Coge aire de nuevo y la sumergen bajo las aguas turbias. Nota algo. Un pulso que reverbera por su cuerpo, fuerte y profundo. Siente la presencia de Victor a su lado. No su peso o su fuerza. No lo siente con sus ojos cegados. No con el tacto de sus manos que luchan por apartar la marea sobre su cabeza que la asfixia. Nota un latido que no es un corazón. Es Victor. Y en ese momento ella puede elegir la dirección a tomar. Hacia la calma. Hacia la cámara sin ecos. Deja de gritar. Y cuando siente el tirón hacia arriba, y coge aire de nuevo, tarda unos instantes en darse cuenta que su verdugo no hace ningún gesto de hundirla otra vez. Hay alguien que grita. No es ella. “¡Basta ya!” La joven se pasa la mano por la cara, aún colgada de Victor como un ahorcado de un árbol retorcido, y escupe una mezcla de agua, jugos gástricos, mocos y saliva. “Ya es suficiente” Están en la orilla, todos ellos iluminados por el sol. Sus ojos irritados únicamente ven manchas hasta que sus pupilas se cierran para protegerlos de la luz. Elena, con el brazo en cabestrillo, erguida y dominante. Doble J, algo retirado, viste de camuflaje, con la gorra vuelta hacia atrás y un fusil de francotirador apoyado en el hombro, sin apuntar a nadie pero sin dejar de hacerlo. A la izquierda de Elena, la figura pequeña y delgada del recién llegado, vestido de un blanco doloroso, con un cigarrillo colgado de los dedos diminutos y la otra mano hundida en el bolsillo del pantalón. Observa la escena con una atención que contrasta con su postura indiferente. Y a la derecha de la mujer rubia, Abel. Abel que la mira con pena quizá y algo que puede ser remordimiento, pero también alegría. Elena vuelve a hablar y su voz es casi un susurro en sus oídos anegados. “Victor, ya hemos acabado. Ya hemos visto suficiente. Muchas gracias.” El hombre la suelta, casi con delicadeza, y se aleja hacia la orilla sin mirar atrás. Sus ropas gotean sobre el suelo, pero no hace nada por estrujarse las prendas empapadas. Simplemente espera sin mostrar signos de incomodidad. La joven se da cuenta que Doble J no le pierde ni un instante de vista y no parece tener intención de bajar su arma. Ella cae de culo, pero el agua amenaza con cubrirle la cara y se esfuerza por ponerse de rodillas. El agua verde le llega hasta el pecho y puede ver la sombra que proyecta su torso sobre el lago que se aquieta por momentos, como si no hubiera pasado nada. “Ya está. Tranquila. Respira profundamente, novata.” Le aconseja Elena con su tono clínico. Antes de que ella pueda contestar, la mujer se dirige al pequeño rastreador “¿Qué te ha parecido, Felix?” El pálido hombrecillo da una nueva calada con ojos entrecerrados. “Aparte de una de las iniciaciones más desagradables que he presenciado… un comienzo muy prometedor.” “Os lo dije” señala Abel sin poder reprimirse, los labios nuevamente manchados de la pasta marrón “Será una gran rastreadora. Sólo necesitaba un empujón para despertar. Era capaz de verle. A pesar que Victor se ha mantenido oculto la mayor parte del tiempo. Y se ha rebelado contra la manipulación”. “Sí, puede ser” asiente la mujer rubia “Puede ser.” La joven los mira, uno a uno, y entiende. Primera prueba. Al parecer la ha superado. Sé que normalmente cuelgo dos capítulos seguidos, pero tendréis que perdonarme. El capítulo 24 ya está medio escrito y tiene lugar justo después, cerrando ya esta parte de la historia. . .
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Me he puesto mala...que angustioso, a ratos me parecía una pesadilla (vale, en cierto modo lo es). El final increible, me he quedado con los ojos abiertos de par en par. Muy, pero que muy bien descrita la persecución. Transmite mucho. Uno de los puntos, de hecho, en que me ha recordado a una pesadilla es lo clásico de que ves al monstruo o lo que sea y quieres controlar el sueño y te acercas como "no pasa nada" como si así pudieras (y de hecho se puede) controlar el sueño. Perdón por la incoherencia del mensaje, es que acabo de terminar y estoy llena de emociones y pensamientos. On October 11th, 2007 12:14 am (UTC), (Anonymous) replied: Perdon, he escrito el mensaje como sifuera una respuesta a demona0. Ya digo que no coordino. La idea era crear una situación angustiosa para la novata, para que lo que al final ocurriera... lo que esperaban. Pero también creo que necesitábamos algo de acción después de ese incesante bla,bla,bla de los últimos 4 capítulos. Intento compensar, incluyendo preguntas, respuestas, reflexiones y acción. Y el final... no sé si lo intuíais, pero creo que entraba perfectamente en lo que se podía esperar de Elena y compañía. Personalmente, creo que habría respondido como la prota, con pura violencia ante la sensación de impotencia. Si es creíble, me apunto un tanto. Besazos!!!!! Cuando escribo, me dejo llevar por la idea de: ei, esto podría molar. Luego en el proceso de corrección llega un momento que me agobio y no le veo emoción por ningún lado, solo adverbios, adjetivos, comas... Si me dices que ha mantenido la tensión original, me alegro mucho. Yo ya no puedo ser objetiva. Como puedes ver, he tenido muy en cuenta todas tus sugerencias y he arreglado algunas cosas que había pasado por alto. uf suele pasar!!Te terminas ofuscando y por mucho que releas en busca de errores se te pasan todos por alto. Lo mejor es dejar la historia unos días en el cajón y volverlas a leer; unas veces te parecen magníficas y otras te preguntas ¿Cómo pude escribir esta mierda? De todas formas flipo con lo pensada que ya tienes la historia Mándame lo que quieras aunque este puente estaré en Vigo (son las fiestas ;) )así que tendría que ser para el Lunes Tengo escritas más o menos las dos escenas finales (que cerrarán S&T Volumen 1). Así que tengo bastante claro hacia dónde vamos, pero me falta rellenar huecos. Improviso bastante, pero hay algunas pautas a las que intento ceñirme. Ok, tranquila, ni de coña tendré hecho el 24 este finde. NI DE COÑA. Repito por si lee esto alguna de las pirañas XD |