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Mordaz · Files


May 2nd, 2009

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Hoy Carlos ha venido a gritarme a mi nueva casa, llamándome de todo.

 

Después de estos meses de tregua hipócrita, de ignorarse para evitar males mayores, finalmente esa falsa burbuja de normalidad ha estallado por culpa de una maldita camiseta. Una de mis camisetas, no especialmente bonita, ni muy cómoda ni muy querida. Es por ello que no la había echado de menos en el traslado. Es por ello que esta mañana la ha encontrado al ordenar sus cajones de soltero forzado y de luto.

 

Carlos me la ha tirado a la cara hace sólo unos minutos, colérico, ilógico, triste, herido. Al abrir la puerta me ha soltado que es la misma maldita camiseta horrible que yo llevaba la noche en la que le traicioné. ¿Cómo iba a acordarme? ¿Cómo es que se acuerda él? Por la foto que nos hicimos y que aún conserva y mira de vez en cuando para castigarse.

 

Recuerdo el momento exacto en la que fue tomada la instantánea: Carlos y yo, tomados de la cintura, bebidas en mano, iluminados por el flash de la cámara. El resto de la discoteca paralizada como un paisaje de cabellos y brazos en alto. Y a la derecha de la imagen, casi entre sombras, como un presagio, el rostro y el cuerpo de Sara, nuestra amiga inseparable y novia paciente que ahora intenta consolarme y no sentirse ofendida mientras estrujo un amasijo de tela y me siento una mujer horrible.

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