![]() |
You are viewing Create a LiveJournal Account Learn more | Explore LJ: Life Entertainment Music Culture News & Politics Technology |
![]() | |||||
|
.: ESTA ENTRADA PUEDE NO SER APROPIADA PARA MENORES DE 18 AÑOS :. Ha llegado el viernes. Debería estar vistiéndome de guarra y salir a bailar, pero sólo tengo ganas de estirarme en el sofá y ver los tropocientos episodios de series que tengo atrasadas. Además, debo acabar de montar la cronología de SANGRE Y TEQUILA (inciso publicitario) para betearla. Sin terminarla no me embarcaré en el capítulo 26. O sea, ya sabes, puedes mandarme ánimos. O rezar para que me rompa los metacarpios. Sé que muchos de vosotros estáis igual, así que he decidido que necesitamos algo de PORN. No puedo escribirlo porque no tengo tiempo. Así que he desempolvado un cuento que escribí para un taller literario que frecuentaba hace muchos años. Cuando era estudiante universitaria –era cuaternaria-. Todos eran tíos, y de la facultad de Telecomunicaciones. Para dejarme entrar tenía que presentar algún escrito basado en algunas premisas que habían dado anteriormente. Una de ellas era un cuento erótico. Estupendo. Va y tengo que entregar una redacción sobre sexo para cinco tíos mayores que yo. Y de telecos, la facultad de las juergas y de los nerds. Les pedí los suyos para ver por dónde iba la cosa, para hacerme una idea. Piel de alabastro. Melena azabache. Pechos turgentes. Cuevas secretas. Orgasmos a la vez. *barf* Después de mi inyección de insulina, pude seguir leyendo. Cosas como ésta –y los modelos retocados por Photoshop- hacen de este mundo un lugar tan alienante. Escribí un pequeño cuento y lo presenté. Triunfar exactamente entre mis compañeros… la verdad es que nunca me dijeron nada. Me dejaron entrar y punto. Luego se lo imprimí a una amiga. Y luego a otra. Y luego supe que corría por la universidad de mano en mano femenina como uno de esos escritos subversivos que se comentan en la cafetería. Una chica me dijo que se lo había dado a su novio para evitar malentendidos. Así que, sin fuerzas para nada más, os regalo esto que escribí hace unos nueve años, y se nota. Mucho. Ahora me va más sado XD. Lo que me hace pensar que en este tiempo he madurado muy poco. He tenido que cortarlo algo porque el LJ no entiende que yo necesito explayarme, especialmente cuando hablo de sexo. LAS REGLAS DEL JUEGO
Y qué leches, llevar demasiado tiempo sin pegar un buen polvo. Se puede fingir que no es importante. Pero va cargándote poco a poco como una olla a presión que necesita un resquicio para no explotar por los aires. Primerizos, odio los primerizos. No hay nada tan patético como los primerizos. Se calientan demasiado pronto y se te corren en las manos, manchándote el vestido. O en la boca, sin tiempo a separarte. Y a la hora de la penetración, sálvenos Dios de los incompetentes. Los que se desinflan en el último momento por los nervios, los que no aciertan el camino ni pasado mañana y tienes que guiarles con la mano para que no te mareen con tanto esfuerzo inútil. Y los que en seis segundos se desploman con la cara roja del orgasmo desaprovechado, tiritando del esfuerzo. Lo peor es cuando intentan disculparse y has de poner la cara comprensiva, de que son cosas que pasan, que se necesita tiempo y nadie nace enseñado. Que lo peor son los nervios, y que si no es hoy, será más adelante, que tú no tienes prisa. Prisa. No te jode. Lo que tengo es todo menos eso, un tío rápido que se de demasiada prisa en descargar. Y tú te lo has de mirar con cara sonriente, de atrasada mental. Nada, hijo, la próxima. Me irritan los que me suben o bajan el sujetador y me clavan las varillas metálicas en el pecho, y no aciertan a desabrochar el garfio de la espalda. Me exasperan los que babosean sin imaginación, sin tener la paciencia de hacerte sentir algo. Odio los que desde el principio ya te cogen por la nuca y te dirigen a su entrepierna. A esos me vienen ganas de arrancarles el prepucio de un mordisco, masticarlo y luego mandarlo garganta abajo. Y que lo encuentren. Luego están los que te dejan marcar el ritmo, pero son tan impacientes que no tardas en notar su mano en la cabeza y te marcan la cadencia como si no fueses más que un húmedo embudo que va arriba y abajo con muelles hidráulicos. Entonces es cuando a veces se sienten algo culpables y deciden sobarte a ti. Algunos directamente te penetran con los dedos, a lo sádico. Nadie les explicó qué era el clítoris y para qué servía. Y si lo encuentran, son tan poco sutiles que no sabes si están acariciándote o sacándole brillo al capó del coche. Lo mejor es cuando deciden masturbarte con la boca. Ahí sí que te encuentras de todo, desde el concienzudo que no tiene prisa y te hace gemir y temblar creyendo que vas a llorar de gusto, hasta el que te mete un mordisco distraído. Nada hombre, tranquilo. No ha sido nada. Ya lo he dicho. Me he quedado a gusto. Reconozco que estaba especialmente resentida, para qué negarlo. Creo que estaba muy quemada, de todo, así que cuando mi amiga Ruth me propuso que saliéramos a hacer daño, no me lo pensé dos veces. Leyendo entre líneas, hoy íbamos a dejar a alguien con dolor de huevos. Ruth se pasó por casa y estuvimos cambiándonos y arreglándonos hasta que nos dimos mutuamente el visto bueno. Nunca lo había hecho antes, eso de salir con un propósito tan claro. Eran cosas que escuchaba embelesada de mi amiga. Ruth la zorra, la llamábamos cariñosamente. Pensábamos que no estaba demasiado bien de la cabeza y que tenía alguna hormona suelta que se daba de cabezazos en alguna parte, pero en el fondo a todas nos jodía tener la libertad de ser unas cerdas y no aprovecharnos de ello. Ruth sabía. Ruth conocía las reglas del juego y siempre ganaba. No creo que siempre apostase sobre seguro, a veces se arriesgaba, pero caían, por Dios que caían. Ruth solía decir, no sabías si en broma o en serio, que habían demasiados hombres para tan poco tiempo, pero desde que me dediqué a seguirle la pista, se había repasado a un montón de tíos. Y aunque con algunos debía estar a un paso del coma etílico porque eran más feos que pegar a un padre, otros me ponían bizca hasta a mí, que siempre había sido de un sibaritismo que me asquea. Cuando estaba con el ánimo alicaído, en un principio de depre, Ruth se descolgaba por mi casa y en lugar de ofrecerme ir de compras, o ir al cine, o hablar de ello hasta que me hartase del asunto y lo dejase definitivamente de lado, ella me proponía salir de caza. Yo me reía un montón y le seguía la cuerda hasta que veía que se lo estaba tomando en serio. Entonces me disculpaba aludiendo a la multitud de enfermedades venéreas que corren por las discotecas. Ruth se reía en mi cara con un brillo cínico en la mirada: “Búscate otra excusa, cariño. No es por eso.” No, no era por eso. No sabía jugar de farol. Los hombres lo ven muy fácil. Sólo has de limitarte a esperar hasta que se acerque uno que te guste. Yo no lo veía tan sencillo. Y Ruth no jugaba a ese juego. Ruth jugaba a evitar a la dama, cercar al rey progresivamente y entonces, comérselo. Mi amiga me lo había dejado claro. No iba a ser mi mamá, ni tampoco se iba a quedar a dos velas por mi culpa. Era cuestión de coger a un tío que nos gustara, tirárnoslo, y que nos llevara a casa en coche, como unas reinas. Y sin teléfono. Si te insistía, aceptar el suyo, pero no dar el nuestro. Al siguiente chico que te cepillases, si te pedía el número, darle el del anterior y que preguntase por ti. Y así continuamente. Burdo, patético, pero muy divertido. Comenzó la noche y no sabía siquiera qué me iba a encontrar, porque tirarme a un imbécil sólo porque no hay nada mejor, es una degradación que les dejo a los tíos. Ruth me llevó a uno de sus principales centros de caza y captura. Muchos tíos, muchas tías también, desafortunadamente. Me cayeron fatal tres de ellas sólo entrar. Podían hacernos la competencia. Bailamos, nos paseamos para comentar el ganado, volvimos a bailar, y aprovechamos cada ocasión para contornearnos y llamar la atención del género masculino circundante. Ruth me señaló un grupo de chicos bailando en medio de la pista. Era un cambio agradable después de ver tanto poste telefónico repeinado siguiendo el ritmo con los pies. Transmitían energía, vitalidad. Hasta nosotras llegaban sus risas alegres. Ruth me cogió de la mano y me arrastró hacia allí temiendo que me fallase el valor, cosa que ya estaba pasando, porque me temblaban las piernas. Ruth los repasó uno a uno, analizando, clasificando y rechazando. Al final, de los seis, aceptó tres, teniendo la manga ancha. “Hay uno perfecto para ti” me avisó al oído “Pero si no lo quieres, me lo quedo yo. El rubito no está nada mal. Así que elige, que no tenemos toda la noche.” Miré el que me había cedido amablemente y decidí que me parecía bien. Me parecía más que bien. Morenos, ojos castaños, aunque no podría asegurarlo con aquellas intermitentes luces de colores, sonrisa amplia, muy guapo. Ruth me señaló su paquete como quien no quiere la cosa. “No sé cómo estará pero presenta bien.” Accedí tragando saliva para aclararme la garganta reseca. “Si hay novia, no está a la vista. Acércate y dile algo”. “¿Qué?” Me miró con pena y me llevó a la barra, sin dejar de otear por encima del hombro para no perder de vista al aullante grupo de chicos. Parecía retar a cualquier otra leona a aprovecharse de su ausencia. “Niña,” me sacudió por los hombros “¿De qué tienes miedo? No te va a decir que no. No puede. Que una tía venga y se presente pasa pocas veces. Que además esté buena, pasa aún menos. Eres su sueño, pequeña, sexo fácil. Una cariñosa muñequita que le va a chupar la polla hasta dejarle sin fuerzas.” Yo asimilaba lo que me decía con ojos muy abiertos. “No te dirá que no” repitió. Si este era su método de autoconcienciación, era tosco pero eficaz. “¿Ruth, y si tiene mal gusto y no le parezco bien?” “Vete a tomar por saco. Bébete este cubata y adelante.” Y lo hice.Nos pusimos a bailar a su lado, y creo que fue la mezcla de alcohol y las vueltas, que acabé chocando con él, y al disculparme, le miré directamente a los ojos, para que me pudiera ver bien, y aproveché para rozarle el brazo con los pechos, como por casualidad. El segundo tropezón fue más evidente, pero a mí ya me importaba un cuerno que se notara o no. Esta vez me apreté contra su entrepierna y hasta me atreví a rozarla con los dedos. Una sonrisa de alegre sorpresa iluminó su boca. Me la voy a comer, pensé. Un rato más tarde hablábamos casi a gritos en una esquina, tan cerca que nos rozábamos. Luego, no se sabe cómo aunque puedo adivinarlo, acerqué mi boca a la suya y dejé que la proximidad le incitara a besarme. Lo hizo, con dulzura, rozándome apenas. Le abrí los labios y no esperé en introducir mi lengua. Su saliva era fresca y tenía un agradable y suave regusto a tabaco. Roces, caricias algo tímidas. Un primerizo no, rogué, por favor. Era ya mayorcito para serlo. Como no se decidía, le así por la nuca y le clavé la lengua en el fondo de la garganta. La reacción fue inmediata. Me devolvió el abrazo y deslizó las manos por mi espalda, hacia las nalgas. Estábamos tan puestos que casi nos olvidamos de respirar. Notaba los pechos duros y una comezón en el bajo vientre, pulsando a tiempos regulares. Algo se contraía despierto y a la espera. Veinte minutos después estábamos en su coche. Debía vivir aún con sus padres, porque se fumaba un cigarrillo tras otro con la mirada pegada a mis piernas con una expresión de torturada indecisión. “Llévame a Nos llevó un buen rato, pero a cada semáforo se inclinaba para besarme y yo correspondía a sus besos con picardía maliciosa. Me estaba muriendo por llegar. Por su forma de conducir y la forma de morder más que fumar el cigarrillo, estaba aún más impaciente que yo. Oh, Dios, quería tirármelo. Nada más tenía importancia en ese momento. Podía ver su pecho a través de los primeros botones desabrochados de la camisa azul. Y su brazo era fuerte a la vez que atento. Me acariciaba la pierna con la mano que sostenía el cigarrillo mientras yo le iba indicando la dirección. Si no estuviese tan enferma de deseo, todo aquello me habría parecido ridículo, como horas antes. Pero ahora no lo era. Lo que iba a hacerle a ese tipo lo iba a recordar durante muchos días. Pasó por mi mente dejarle con mal de huevos. Tenía tiempo para acabar de decidirlo. Llegamos a La panorámica sobre la ciudad era preciosa, el cielo, oscuro y despejado. La luna, grande y brillante. Hacía algo de frío fuera, poco, lo suficiente como para que se formase un ligero vaho en el interior del vehículo. Él se rió asombrado al comprobar la idoneidad del lugar. Abrió la luz interior. Su mano seguía en mi rodilla. No advertí que algo de ceniza ardiente había caído sobre el finísimo tejido de las medias de seda. Cuando me di cuenta, el agujero ya tenía el tamaño de una moneda. “Hostia, perdona.” “No pasa nada (consabida frase)” dije para tranquilizarlo. Hurgué el agujero con los dedos sin darme cuenta de las connotaciones de aquello. Al levantar los ojos y descubrir su mirada fija en mis movimientos, seguí agrandando el hueco. Hundía los dedos, los sacaba, estiraba la tela. Quizá estaba jugando de farol. Él me observaba con el cigarrillo colgando de la boca, con los ojos entornados tras el humo. Lo miré con intensidad y me humedecí los labios. No sé lo que pensaba, pero lo cierto es que separó la mirada y sonrió como si no se lo acabase de creer. Apagó el cigarrillo en el cenicero. Se volvió hacia mí, cerró la luz del coche y nos dejó a ambos en la penumbra. Después de unos instantes nuestros ojos se acostumbraron a la falta de luz. Era muy guapo en las sombras. “Siento haberte estropeado las medias.” Silencio. “Ya te he dicho que no importa.” “¿Tiene arreglo?” “No.” Otro silencio. “¿Puedo acabar de rompértela?” Reí por la ocurrencia.”Por supuesto”. Se inclinó sobre mí y metió un dedo por el roto, tanteando. Luego me miró dubitativamente y le sonreí dándole consentimiento. Rasgó las medias lentamente, haciendo cada vez más grande el agujero, hasta que finalmente el tejido se rompió por la mitad. El sonido de la tela me pareció tan sensual como si me hubiese penetrado con delicadeza. Había bebido demasiado. Me acarició la piel desnuda, y luego sus ojos se fijaron en la otra pierna. “¿Podrás utilizar la otra pernera? “Son panties, tonto” le reprendí con suavidad “Ahora no me sirven para nada más que para quitármelos.” “¿Puedo romper la otra?” “Sírvete tu mismo.” Le fue un poco más difícil, pero las desgarró. Estaba totalmente echado sobre mí, y podía adivinar el contorno de su espalda y sus hombros rectos y anchos marcándose bajo la camisa azul, el cuello largo y despejado, el cabello oscuro que brillaba con la luz que entraba por mi ventanilla. Pero lo más importante, oía su respiración ahogada, y notaba su pecho subiendo y bajando contra mí. Y el calor que irradiaba su cuerpo. Quizás entendí un poco más lo que siente un hombre cuando una mujer se inclina sobre su regazo para hacerle una felación. Cuando la tela se desmontó bajo sus dedos, finalmente se levantó. Lo tenía muy cerca de mi boca, de hecho estaba muy cerca de cualquier zona estimulable de mi cuerpo. “Y ahora…” “Y ahora…” repetí. No se lo pensó más. Me sujetó por el cuello y me llevó directamente hacia su boca húmeda. Sus dedos masajeaban mis pechos sobre el jersey. Lamió mi cuello, mordió el lóbulo de mi oreja y oí claramente su respiración silbante. Bajé una mano hasta la bragueta y comencé a reseguir la forma dura y alargada del miembro, distinguible de reojo bajo la tela de los pantalones. Busqué el prepucio y lo froté y apreté, y él me respondió colando una mano bajo la falda, apartando a un lado la ropa interior. Me revolví un par de veces, alejándome de su contacto. Entonces él dejó de besarme y me miró con algo parecido a la duda. “¿No quieres que te toque?” preguntó dolido. “Claro que sí” le tranquilicé acentuando la presión sobre su entrepierna “Sólo que más tarde”. Se relajó y aceptó mis caricias. Desabroché sus pantalones y apliqué mi boca abierta sobre los calzoncillos, aspirando el fuerte olor, expirando un aire que debía quemar. Siempre sobre la tela, mis dientes mordisquearon con suavidad, mi aliento recorrió toda la silueta, mis manos moldearon su forma. Su respiración me iba indicando su estado. Era profunda pero aún tranquila. Estaba pasándole algo muy bueno y quería disfrutarlo sin prisa. Sabía esperar, pero sus manos me apretaron inconscientemente los brazos con ansia. Al fin le liberé de la presión de los calzoncillos y recorrí con la lengua y los labios el glande, el tronco, la base; sólo pequeños contactos. Luego abrí la boca, la aprisioné entre los labios y fui introduciéndola por trozos. Martirizaba la hendidura final con la lengua, lo apretaba contra el paladar, lo chupaba mientras el glande me rozaba la garganta. Lento, lento, pero cada vez con mayor ahínco, cada vez más profundamente, más húmedo, más rápido… Dios, soy una especialista en mamadas. Y Ruth decía que no sabía jugar. Ja. Le dejé en el umbral del orgasmo un par de veces, bajé el ritmo y al final, simplemente la dejé estar, roja y madura, sacudida en espasmos como si tuviese vida propia. El chico tenía los ojos vidriosos y cuando me separé me miró sin entender. Es el momento de dejarle así, pensé. Retírate ahora y el triunfo será total. Juega y gana. No arriesgues. Pero no podía dejarlo aún. Muevo otra pieza. Me retiré a los asientos de atrás, y ya que había perdido completamente la vergüenza, aproveché para deshacerme de las medias molestas, dejar resbalar el jersey hasta enseñar los hombros y abrirme completamente de piernas, arqueándolas y apoyando los pies en los asientos del conductor y del copiloto. Mientras me miraba, le dediqué una concienzuda lección de cómo hay que masturbar a una mujer. Me retorcí y jadeé hasta que las ventanas se cubrieron de un vaho blanco y opaco. Se quedó delante, tragando saliva. Lo veía todo, mis dedos, mi sexo, la cadencia de penetración, el movimiento circular sobre el clítoris. Y antes de llegar, me frené para que me quedara la suficiente pasión y desvergüenza para hacer lo que me proponía. Inclinándome hacia delante, metí un dedo húmedo en su boca. Lo lamió con una mirada aterradora. “Si quieres más” dije saboreando otro yo “ven a buscarlo”. Riendo salté fuera del coche por una de las portezuelas posteriores y corrí hacia un banco cerca del mirador donde habíamos aparcado. Corría una brisa gélida y tenía los pechos encogidos, tanto de la excitación como por el frío. Me siguió sin una palabra, y antes de que pudiera volver a hacer una de mis jugarretas, me levantó por la cintura y me arrastró hacia el coche. No protesté demasiado. De pie frente al vehículo, empujó firmemente mi espalda hasta que me apoyé en él, como cuando cachea la policía, las piernas separadas y el torso hacia delante. Enganchado a mí, con una mano me mantenía pegada a la fría carrocería y con la otra empujó los sujetadores hacia arriba para apresar los pechos con los dedos. No me importó. Acarició los pezones erectos con fuerza, pero no la suficiente como para hacerme daño. Tampoco me importó que dejara de presionar mi espalda para levantar la falda hasta la cintura y bajar de un tirón las bragas blancas. Volvió a empujarme hacia delante, y la mano que estaba en mi pecho bajó hasta la entrepierna y mientras una me masturbaba con habilidad, la otra abrió el camino para penetrarme. Sus embestidas fueron fluidas al principio, eternas, llenándolo todo. La mano que no me acariciaba volvió a mis hombros y empezó a marcar un ritmo de metrónomo, que yo seguía con precisión. Para hacerlo más placentero, y quizás con una pizca de rebeldía, apretaba los músculos vaginales para mantenerlo más tiempo dentro. Clavó su pecho en mi espalda, comprimiéndome contra el metal, y me mordió en el cuello y los hombros desnudos. Volví la cabeza y le insulté con voz ronca. Él gimió en mi oído a cada empentón para confirmar mis palabras. Me lo estaba tirando con todos y cada uno de mis sentidos. Aferró mis caderas, hundió sus dedos en ellas estrujándome la piel y se arqueó para correrse al fin aguantando la respiración. Yo no lo hice, para qué mentir. Pocas veces existe el orgasmo compartido. A estas alturas me era igual, y creía que para él también. Pero me equivocaba. Entramos de nuevo en el coche porque estábamos enfriándonos por momentos, y cuando me hizo sentar imitando la postura anterior en la que yo me había exhibido para él, se arrodilló y me demostró que había tomado buena nota y que no había orificio que no pueda ser satisfecho con dos manos y una boca. Luego descansar. Después de hacerlo me siento rendida. Lo último que recuerdo es que pensé que aquel cabrón sabía las reglas, mejor que yo. Cuando desperté aún era de noche pero comenzaba a clarear. Temía verle con las luces de la mañana, que no fuera como había imaginado. Pero no hubo decepción. El cabello despeinado, la camisa arrugada y su sonrisa complacida me dijeron que había valido la pena. El coche podía dar prueba de ello. La tapicería olería a mí durante semanas. No sé porqué lo hice, pero me acurruqué sobre su pecho tapándome con el jersey las piernas frías, y me alegré de notar su olor, profundo pero limpio. Olor a sexo satisfecho. Me acarició la cabeza y me llamó dormilona. Me llevó a casa conduciendo tranquilamente, espiándome de reojo de vez en cuando. Yo le sonreía con ojos somnolientos. Ante el portal, mientras acababa de vestirme, dudó unos instantes, pero acabó pidiéndome el teléfono. Ruth tiene razón, no sé jugar. Se lo di. Después de todo, ya sabía donde vivía. ¿Lo ves? Ya estaba mal entonces. Imagínate si tengo que hacer uno de este tipo ahora. .
|
|||||
Previous Entry · Deja tu opinión · Add to Memories · Tell a Friend · Next Entry | |||||
Te propongo otra cosa: http://mordaz.livejournal.com/23220.htm Que no se diga que tu amiga Mordaz quiere que estés sin sustento para "esas inquietudes" XXDD |