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Bienvenido de nuevo al círculo, otra noche más. Recuerda purificarte antes de entrar en la sala, lávate manos y boca. Acércate a la lámpara donde quema lentamente el incienso y ofrece una pequeña ofrenda a la llama. Sólo algunos de tus cabellos. Chisporrotean unos instantes antes de convertirse en ceniza y mezclarse con la del resto de los presentes: un recuerdo de que volveremos a unirnos en la muerte y no debemos olvidarlo. Da dos palmas, inclina la cabeza y di tu nombre. Ya estás ligado al pacto de la voz, el que se realiza entre narrador y oyente. No puedes faltar ninguna noche, ni dejar que se apague el candil, porque los espíritus están escuchando entre nosotros. Seguirán calmados mientras siga el relato. Se mantendrán a distancia mientras halla luz. Sólo puede sofocarse la llama cuando se extinga el aliento que cuenta la historia. Es el ritual. Coge una galleta de arroz y prepárate para seguir un cuento que no es más que la pura verdad. Te la cuento como mis abuelos y mis padres me la narraron, palabra por palabra, y tal como te la cuento yo ahora a la luz del candil perfumado, deberás contarla tú a los tuyos para que la leyenda de El Pacto perdure en el tiempo. Noche 2: Paso en falso El olor que seguía le internó en un espeso bosque lejos de cualquier poblado. Las altas ramas de los árboles se unían sobre su cabeza, formando una bóveda verde cuajada de hojas en forma de estrella. Entre los huecos brillaba un sol resplandeciente, pintando manchas de luz en el camino de tierra aplastada. Las cigarras zumbaban en las cortezas grisáceas cuando el ser se acercaba a su territorio, haciendo vibrar sus alas con furia. La mayoría caían exhaustas a su paso. El demonio avanzaba a largas zancadas, indiferente al paisaje, el pitido interminable y ensordecedor de los insectos y las millas recorridas. Para él era un mundo borroso que había perdido consistencia durante el tiempo en el que había estado ausente. Distinguió un pórtico rojo en el camino. Por su experiencia pasada, indicaban la cercanía de un templo. Éste era una estructura extremamente sencilla, con dos altas y estrechas columnas, cada una a un lado del sendero. Estaban rematadas por un par de vigas que atravesaban el camino en lo alto, una encima de la otra, con los extremos curvados hacia arriba. Entre ambos maderos había un retablo con el nombre del templo en grandes relieves dorados. El pórtico estaba construido en madera pintada de un rojo brillante algo manchado por la lluvia, el polvo y las plantas que habían comenzado a trepar por la parte más baja de los soportales. Los ángulos formados por los maderos estaban cubiertos por telarañas. A trasluz podía distinguirse pequeñas hojas y los cuerpos resecos de algunos insectos atrapados. Cuando el ser pasó bajo el arco notó una comezón en las plantas de los pies. Por el rabillo del ojo vio sacudirse la copa de un árbol. El demonio se detuvo y olfateó. Olía como el aire tras el estallido de un relámpago. Se echó hacia atrás. Luego avanzó de nuevo y volvió a distinguir el movimiento en los árboles cercanos. No soplaba la brisa, ni olió ningún animal correteando entre las ramas. Como ahora ya sabía lo que buscaba, vislumbró varias copas estremecerse camino abajo, en dirección al templo. Retrocedió con cautela hasta el pórtico y descubrió en ambas columnas una hilera de símbolos labrados y oscurecidos con una mezcla de pintura negra y sangre. Un conjuro de protección contra las entidades del otro lado del portal, invisible a sus sentidos adormecidos. Sintió un vértice de confusión y sorpresa en su interior. Posó la mano sobre los emblemas y resiguió las muescas que habían sido cinceladas por alguien experto y concienzudo. En cada trazo una oración, en cada oración una sola expiración. Notó de nuevo esa comezón en la punta de los dedos, un chisporroteo suave y desagradable que no llegaba a herirle. Pronto aumentó la incómoda sensación y decidió apartar la mano. Ya era tarde para tomar otro camino o internarse en el bosque, rehuyendo las sendas transitadas. Sus ropas se oscurecieron mientras desaparecía el disfraz que había creado. La uña de su pálido dedo índice se alargó hasta convertirse en algo parecido a un cuchillo de hueso. Trepando ágilmente con ayuda de sus pies descalzos, el ser se aupó hasta el inicio de los símbolos, y susurró con voz grave mientras trazaba nuevas muescas modificando significativamente las palabras. Cuando acabó con esa columna, saltó hacia la otra como si no pesase, clavando los dedos en la madera. Repitió el ritual hasta que el irritante hormigueo que sentía se desvaneció. Se deslizó hasta el suelo y desde allí contempló su trabajo mientras el cabello volvía a crecer y las ropas se aclararon hasta tomar un color azul pálido. Modificó un poco su apariencia, sólo por si acaso. Traspasó de nuevo el umbral y el conjuro, ahora desvirtuado, no le detectó. Los árboles no danzaron para advertir de su presencia. Dejó atrás el pórtico y siguió el camino, olvidada la indiferencia. Estaba atento a su entorno, buscando nuevos hechizos delatores.
El demonio se acercó a la fuente y se asomó sobre el agua de una tonalidad verdosa, en la que podían distinguirse claramente las piedras pulidas del fondo. Vio su imagen en la superficie, sin ningún disfraz. La oscuridad de sus cuencas le daba a su rostro un enorme parecido a una calavera. En el reflejo del agua distinguió a su espalda un bajo murete de piedras y árboles frondosos que protegían un conjunto de edificaciones de techos de madera. Un movimiento conocido captó inmediatamente su atención. La luz del sol arrancó destellos luminosos entre las copas verdes. El aire olía a relámpagos y a sudor humano. El ser se alejó de la fuente y se acercó hasta uno de los muros del templo. Descubrió en lo alto de una de las ramas danzantes, escondido entre multitud de hojas verdes, un racimo de campanas alargadas de un metal cobrizo y desgastado. Cada una de ellas con dos palabras grabadas a fuego. Alarma. Demonio. No oía su molesto sonido, pero vio que entrechocaban ferozmente entre sí, al igual que habían hecho las cigarras en el camino. Sólo que él no era capaz de oírlas. ¿Cómo podía ser? Lo que sí le llegaba claramente es el ruido de zapatillas de esparto y una cacofonía ahogada de voces al otro lado del muro. El demonio recorrió unos metros al lado del murete y se detuvo a cierta distancia de la entrada principal del templo, sintiendo una vibración en el ambiente, como el aire al ondularse encima de una hoguera. Hasta él llegaban a intervalos vaharadas de sudor nervioso. Miedo, excitación… los olores normales que desprendía una presa. Avanzó con lentitud, apoyando totalmente la planta de los pies en el suelo, un paso aparentemente relajado, pero con los músculos alerta. Cuando se asomó con cautela por la puerta del patio, vio dos hileras de monjes vestidos de blanco y amarillo, los primeros arrodillados con las manos entrelazadas en el regazo, y los de detrás en pie con las piernas algo flexionadas, también con los dedos unidos. Durante unos instantes se quedaron mirando mutuamente, y el tiempo pareció espesarse como debajo del agua. Ante la entrada del templo había aparecido un hombre de mediana edad, alto, de rostro anodino y pequeños ojos rodeados de una red de arrugas, vestido de un azul desvaído y pantalones marrones manchados de barro y polvo. Pero en el mismo lugar, temblando como un velo agitado por la brisa, distinguían otra figura, sin cabello, piel pálida y ropajes negros rasgados. Colgada de su cintura, en el mismo lugar en el que aldeano llevaba una herramienta cubierta con trapos deshilachados, había una vaina de la que sobresalía el pomo de una espada. El aire se retorcía alrededor del hombre, como si fuera un elemento extraño que presionaba la realidad y ocupaba un espacio que no le pertenecía. En la cabeza de los monjes resonaba el sonido alarmado de las campanillas metálicas. Los hombres estaban asustados hasta la náusea. Sólo se mantenían en su posición por fe y un profundo sentido del deber inculcado a lo largo de los años. El demonio se sintió ligeramente sorprendido y disgustado consigo mismo. Llevaba su disfraz, pero podían verlo claramente; lo leía el temblor de sus manos y en sus caras de músculos tensos y ojos desorbitados. Avanzó un par de pasos y eso pareció romper la pausa. El hombre de más edad, que se encontraba en la parte posterior de la formación, comenzó a recitar en voz alta. Tras unos segundos se le unieron el resto de voces masculinas, torpes y trémulas al principio, pero ganando confianza y aplomo al sumergirse en el trance de la oración. El demonio notó que el aire se espesaba a su alrededor y el agua empezaba a calentarse en la fuente en la explanada, resonando con el hechizo. El mismo templo pareció convertirse en un cuenco invertido donde reverberaba el sonido del coro. No había tiempo que perder. En un parpadeo se colocó frente a uno de los monjes arrodillados y de un golpe seco en el pecho con la palma extendida lo lanzó con fuerza hacia atrás. El empujón hizo caer también al que estaba de pie tras él. Ambos monjes gritaron sorprendidos y rompieron el canto. Los que se encontraban a su lado se retiraron instintivamente, alterando el ritmo del conjuro. Su poder se resquebrajó por unos instantes. El demonio, sintiendo como se estaban formando unos grilletes a su alrededor, golpeó de nuevo con fuerza. Los monjes trastabillaron, cayendo unos sobre otros en un remolino de ropas. Aún así siguieron recitando su cántico. Agarró a uno de ellos por el cuello de la túnica y lo lanzó a lo lejos. Se estrelló contra un árbol con un golpe seco y cayó sobre el patio dando volteretas sobre sí mismo entre gemidos de dolor. El cántico se deshilachó cuando los hombres intentaron huir. No les dio tiempo. Sabiendo que el miedo jugaba a su favor, el demonio se despojó totalmente del disfraz y proyectó sobre sus mentes su apariencia más terrorífica. Sus mandíbulas se agrandaron y se poblaron los afilados e irregulares dientes de depredador. El cráneo se alargó, sus manos crecieron y las uñas se convirtieron en garras. Los más impresionables se quedaron congelados en el suelo, sin saber cómo reaccionar. Otros se taparon el rostro para intentar alejar de ellos la horrenda visión. Quedaron indefensos. Aprovechando la ventaja, les fue arrancando manuscritos, collares de cuentas y cualquier amuleto que portasen, y los arrojó lo más lejos posible. Sus manos se llenaron de quemaduras que se borraron inmediatamente. Los que habían logrado separarse un poco, pronto se arrepintieron. El demonio atacó con movimientos rápidos y secos, sin filigranas, retorciendo manos, golpeando bocas del estómago para dejarlos sin respiración, partiendo rodillas, echando zancadillas para hacerles trastabillar en su desbandada desorganizada. Cundió el pánico. El viejo monje fue el único que no cedió su posición a pesar de los gemidos y chillidos de sus pupilos. Mantenía los ojos cerrados con terquedad para concentrarse y seguir recitando el encantamiento. Los monjes y novicios esparcidos por el suelo gritando de dolor, aguantándose un brazo o una pierna rota, o una mano descoyuntada, comenzaron entonces a chillar de miedo e impotencia al ver cómo el demonio avanzaba hacia su maestro. Con las manos enlazadas en un collar de cuentas verdes manchadas de rojo, el viejo sacerdote trazaba signos en el aire, que brillaban unos instantes antes de desaparecer. El maestro abrió los ojos un segundo y comprobó que sus esfuerzos eran inútiles. No sabía con qué clase de ser se enfrentaban, pero no podía hacer nada para expulsarlo o encadenarlo. Su instinto de supervivencia, acallado durante tanto rato, despertó de repente y tomó control de sus manos y su voz. Comenzó a recitar un rápido hechizo de defensa. La garra del demonio le atenazó la garganta, ahogando las últimas palabras. Controlando su fuerza, levantó al hombre hasta que éste sólo pudo tocar el suelo de puntillas. Sus dedos se hundían en la carne flácida del cuello y notaba la dureza del cartílago de la tráquea, cuya abertura estaba reduciendo con la presión. En los lugares que los que su piel rozaba la del monje, sentía unos suaves pinchazos. Era un anciano entregado y lleno de fe. -¿Cómo averiguasteis de mi llegada? –inquirió el demonio con una voz clara que resonó en todos los oídos. Su acento era pesado y la construcción de la frase, arcaica. El sacerdote intentaba apartar convulsivamente los dedos que le estaban ahogando. Su mirada desencajada no se separaba de los pozos negros del monstruo. -¿Cómo? –repitió el demonio entrujando aún más la garganta del hombre. Los pies del viejo clérigo se sacudieron en espasmos. - El pórtico nos avisó –respondió uno de los jóvenes que se hallaba más cerca. Estaba sentado con las ropas retorcidas. Sangraba por nariz y tenía la pechera de la túnica manchada. El demonio aflojó la presión de sus dedos y permitió que el viejo monje apoyase los dedos de los pies en el suelo. Tosió convulsivamente pero pudo volver a respirar de nuevo con dificultad. El grupo de hombres heridos suspiró aliviado. El ser volvió su rostro hacia el joven y retiró la alucinación de sus facciones, presentándose como una entidad más razonable. - Pero me veis... –repuso dejando un interrogante en el aire. El joven intentaba detener la hemorragia con las manos, con lo que su voz sonó ahogada entre los dedos mojados y goteantes. Parecía haber perdido el miedo. Su tono era de resignación. - El pórtico no sólo avisa que llegáis. Os hace visibles bajo cualquier disfraz. Los ojos negros del ser se mantuvieron imperturbables mientras parecía calibrar el alcance de las revelaciones del monje. Soltó al anciano, que cayó al suelo. Varios de sus compañeros se acercaron cojeando para ayudarle, avergonzados de la brutal y rápida derrota. Ignoraron su propia seguridad y cargaron con él, protegiéndole con sus cuerpos. El demonio no les prestó atención. Ni siquiera cuando los monjes se fueron retirando con cautela, recogiendo a los inconscientes o más graves. Todos ellos se refugiaron dentro del templo, conscientes de que unas paredes de madera y piedra no podrían salvarles de la furia del ser. Esperaron dentro con el corazón en un puño, entre gemidos y oraciones, pero nada sucedió. El demonio dejó el templo bastante inquieto, de nuevo disfrazado. No le gustaba nada hasta qué punto su torpeza le había desenmascarado. ¿Hasta dónde se había oído el aviso? ¿Estaba limitado sólo a esa área? Aumentó el ritmo de sus largas zancadas, alejándose del edificio. Pronto lo averiguaría. Tras un rato se cruzó con varias personas, que seguramente se dirigían al templo. Le ignoraron al pasar por su lado. Todo parecía de nuevo en orden. Debía ir con cuidado. Afinó sus desentrenados sentidos. Otra prueba de fuego. Por el sendero se encontró con una guarnición de soldados. No tan bien equipados con armaduras relucientes como los que había visto en el castillo, pero estaban bien pertrechados y parecían disciplinados. En todo caso, los colores y el estandarte eran los mismos. Seguía dentro de la influencia del mortal que le había convocado. Los soldados casi ni le prestaron atención, presionados por el oficial para que aligeraran el paso. Pronto los perdió de vista, a ellos, sus respiraciones y sus gritos de ánimo acompasados y el estruendo de sus armas. Dejó atrás los frondosos bosques y el camino serpenteó hasta un ancho valle cubierto de campos de diversas tonalidades de verde. El sendero atravesaba las innumerables terracillas de cultivo salpicadas por matorrales. La senda descendía y se elevaba rodeando pequeñas colinas llenas de flores silvestres. El aire traía fragancias florales, polen y pequeños insectos que revoloteaban de un lugar a otro. En uno de los meandros del camino vio a lo lejos una figura que avanzaba en su dirección. El viajero se protegía del sol y la lluvia con gran sombrero trenzado y se ayudaba a caminar con un grueso bastón. Llevaba los ropajes amarillentos característicos de los monjes. El peregrino alzó la cabeza de repente, soltó el palo y le apuntó con los dedos índices unidos de ambas manos mientras entonaba un sutra de protección. El demonio se detuvo, sorprendido. Entornó los ojos mientras se concentraba en las palabras que llegaban hasta él ahogadas por la distancia. Un muro formado por una larguísima línea de pictogramas giraba alrededor del cuerpo del monje, cubriéndole de cabeza a los pies. Estaban muy lejos del templo y no había traspasado ningún otro pórtico. ¿Había activado otro dispositivo oculto en el suelo? ¿En una estatua del camino? El demonio se acercó al viajero con la cadencia del salmo resonando en sus oídos. El olor a electricidad inflamaba el aire. A sólo unos pasos del muro místico se detuvo, observando al monje a través de las rápidas y estilizadas frases que danzaban en círculos. Reparó en las gotas de sudor que resbalaban por el cuello del hombre, la cara oculta por las sombras que proyectaba su sombrero. Alzó su mano y las palabras se enroscaron en su brazo como débiles serpientes. Su contacto desprendía chispas brillantes que estallaban sobre su piel. No eran más que vocablos, no había sangre, no había ninguna amenaza. No había ningún pacto que respetar. El monje, advirtiendo que el demonio podía traspasar fácilmente la barrera, se retiró hacia atrás, llevándose el muro con él. Redobló sus esfuerzos y su concentración; las palabras se volvieron más pequeñas, aumentando la cantidad de círculos y sus trazos se afilaron como puñales. El ser siguió acercándose hacia el monje hasta que éste quedó atrapado con espalda apoyada en el tronco de un árbol, sin poder huir. Era ruidoso pero inofensivo. No valía la pena desenvainar la espada. No a ese precio. Se quedó inmóvil frente al hombre, contemplándolo fijamente aunque su mente estaba en otra parte. Pensaba en su desafortunado tropiezo en el camino, el molesto encuentro en el templo, las campanillas silenciosas… Los pictogramas giratorios desaparecieron. Las rodillas del peregrino se doblaron y su cuerpo resbaló sobre la corteza del tronco hacia el suelo. Tenía brazos y piernas inmóviles y la cabeza inclinada hacia delante. Se había desmayado de tensión y cansancio. El demonio se puso en cuclillas. El olor a electricidad seguía allí. Al alargar la mano las letras invisibles se volvieron incandescentes, pero con un brillo apagado y medio desdibujadas. Las apartó como si espantase un grupo de moscas, y se dispersaron para volver a unirse lánguidamente. Retiró el sombrero para examinar al monje con atención. Era un joven con el cabello rapado, de complexión pequeña y delgada, sin señales de enfermedades. Lo olisqueó. Estaba sano, podía vivir muchos años aún. No tenía nada de especial, aparte de que su fe era fuerte, y su técnica indicaba una férrea disciplina. Inexperto aún. Pero eso no había impedido que fuese consciente de su presencia. No había duda de que le había visto. Desde lejos, tal y como él olía a su presa. Aunque invisible a los hombres corrientes, todos los hombres santos le veían. No podía esconderles su naturaleza. El hombre yacía indefenso en el nido arrebujado de sus ropajes, los ojos en blanco. Su pecho se elevaba a intervalos regulares. Nada indicaba que fuera a despertarse pronto. El demonio consideró unos instantes la posibilidad de eliminarlo, pero desestimó la idea. No tenía nada que temer de él. Sus rasgos demoníacos y su atuendo imitaron los del monje. Sólo unos momentos. Abandonó la ocurrencia, consciente de que sería un intento fútil y que su disfraz atraería más problemas de los que le iba a resolver. Cuando se levantó el sol ya estaba en marcha. Cambió su disfraz una vez más, adivinando que sería en vano. Volvió a su paso infatigable. Debía darse prisa. Por suerte el rastro seguía allí. Ahora seguramente conocían de su existencia. Las cosas habían cambiado en los años de ausencia, los mismos trucos de antaño podían no servirle ahora. Un estúpido conjuro y había indicado claramente su posición a sus enemigos. Se había vuelto visible, cuando lo que más le interesaba era permanecer en las sombras. La noticia se propagaría como el fuego entre los servidores de la mujer y entre los enemigos de los suyos en este mundo. A muchas millas de allí, un ramillete de incienso comenzó a quemarse en un enorme y ornamentado brasero metálico mientras una voz recitaba rítmicamente un conjuro. - Lo amado debe estar oculto. Lo venerado debe estar oculto… Unas manos lanzaron un par de pergaminos escritos con tinta fresca y otras sustancias al brasero ceremonial. Se incineraron lentamente, arrugándose las puntas, ennegreciéndose las fibras, hasta que las llamas aparecieron y barrieron la superficie hasta convertirla en cenizas grises. El humo se elevó hacia la campana del brasero, se esparció por la estancia y luego salió por las puertas abiertas. Formó una neblina blancuzca y densa que comenzó a cubrir los terrenos de alrededor. Sus zarcillos se subieron a los vientos y los cabalgaron lejos de allí, dispersándose en todas direcciones. Un áspero olor a hierbas y cenizas invadió las fosas nasales del demonio, bloqueando cualquier otro sentido. El ser se detuvo, incapaz de orientarse. El efluvio lo cubría todo, le bloqueaba la mente, le secaba la garganta... Cuando el olor se diluyó, había perdido el rastro que seguía. |
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On December 27th, 2007 12:14 am (UTC), (Anonymous) commented: Fichada Umh, que sueño. Ya ves, acepté tu invitación y he regresado aquí para leer un poco más. Hice un alto en Sangre y Tequila, el cual he comenzado a leer, para poder escribir este comentario antes de la media noche (De aquí. Ahora que lo pienso la idea es tonta, porque no sé cuando es la media noche de ahí) Comienzo a tomarte más en serio. La línea de "No he leído nada tuyo" es más Fanfic, mientras que relatos como "Sangre y Tequila" son más maduros. El primer capítulo de "El pacto" lo sentí algo fantasioso, algo de novela de aventura medieval sin base histórica ni hechos razonables, pero creo que lo prejuzgué. Sigo sintiendo una ligera influencia de Inuyasha -O más bien al estilo Inuyasha- y de Épica común, pero no se trata de una historia que haya que calificarla a la ligera. No sólo esta bien escrita, las pausas, el tiempo, la línea, está muy bien escogida. No te impacientas por mostrar las cosas del futuro y nos narras los hechos con calma, exigiendo que nos detengamos, que apreciemos, en cada detalle. Pocas veces me dejo llevar a la deriva. Me gusta especular y adivinar desde el principio qué ocurrirá al final. Pero a ti no te gusta que sepamos nada, ni siquiera por qué comenzaron las cosas, así que nos pones unas vendas en los ojos y con sádico placer nos obligas a disfrutar de todo con los sentidos el doble de agudizados. Y no nos queda otra que obedecer y portarnos bien. Por primera vez consentiré en este secuestro -placentero- y no haré berrinche ni pataletas, obedeceré como una buena niña y no especularé sobre el final, ni siquiera trataré de imaginarlo. Simplemente hay un rey, un demonio, una sacerdotisa y un niño en ofrenda. No sé si el rey es malo ni cuales son sus motivos. No sé si la sacerdotisa es mala, ni sus poderes, ni su edad. No sé si el niño es un niño, un personaje importante o tan sólo una ofrenda. Y no sé si el demonio es malo o bueno, o simplemente neutro, si quiere regresar a su mundo ose enamorará del aire del nuestro, y aún menos cual es la finalidad del todo. Sólo se que la tradición manda a escuchar atentamente noche tras noche, y hay que obedecer las viejas tradiciones. Felicidades por las Navidades y la historia. Suerte! Sakka Eienkami P.D.: Un demonio bueno ¿Eh? Porque no matar a ninguno de los monjes que le opusieron resistencia... yo hubiese hecho que le abriese la garganta al primero al que se le enfrentó, sólo para imponer respeto. El resto saldría huyendo despavorido y el viejo era blanco fácil. Ah, y con el monje del camino lo hubiese torturado obligándole a decirle todos sus secretos y cómo puede burlar las alarmas. Re: Fichada Éste será un cuento de fantasía medieval oriental. Sí, puede recordarte a Inuyasha perfectamente. Prefiero pensar en la tradición de espada y brujería chinas. Me gusta ir probando cosas y atreverme con todas las temáticas. Eso sí, intentando adaptarlas a mi estilo. Me ha gustado lo de "sin base histórica ni hechos razonables" jajaja se agradece de veras la sinceridad. Efectivamente, se trata de un cuento popular de un país que realmente no existe, así que no hay una base histórica real, aunque dentro del relato sí. Lo de hechos razonables, aquí me has matado XD. Intento razonarlo todo dentro de mis historias, y no soporto que las cosas pasen "porque sí". Mis lectores anteriores, están acostumbrados a SANGRE Y TEQUILA, así que esto les parece muy raro. Como has comenzado a leerme por aquí, entiendo que estés familiarizándote conmigo al revés. No importa, lo que sí me halaga es que hayas decidido darme la oportunidad. Bienvenida, y muchas gracias por darme tu opinión. me gustan los lectores exigentes porque soy un escritor concienzudo, o intento serlo. P.D. Demonio "bueno"... Me gusta más pensar en grises, tiene más que ver con su naturaleza. Ya veremos más cosas. |
"...los olores normales que desprendía una presa." Esta frase me ha dejado impactadísima, no sé por qué. Me encanta como describes, me encanta que los monjes fueran unos cobardes que luego, avergonzados, vayan a ayudar al anciano, me encanta tu explicación de cómo se mueve (movimientos que me recuerdan al fluir del agua), me encanta que aunque lo que expliques ocurra de día parece que todo esté sumido en una atmosfera de oscuridad y olores orientales. Seis de la mañana, cuento leído, ganas enfermizas de leer la tercera parte, muchas gracias. ¡¡¡Emergencia, emergencia!!! He empezado a dibujar al demonio cuando se le aparece al Gran Señor y he buscado ropajes de "warrior monk" y salen algunos ejemplos interesantes, te pongo los dos que más me gustan y a ver qué te parecen... http://www.ge-eu.com/img/MH_03.jpg Agh, el otro ejemplo que me gustaba mucho no se puede ver... bueno, por favor, fíjate en la primera foto de la segunda fila... http://images.google.es/images?q=warrio Pues eso, te agradecería que me contestaras para yo poder seguir con el malvado calvito. Un beso, y perdona las molestias! Me imagino al demonio como un ser antiguo y algo desorientado, poderoso pero contenido, un elemento de otra época que se mueve por la tierra de los hombres como si estuviera algo fuera, de ahí sus movimientos a los que no parece afectar la gravedad, el clima o la temperatura. Sus pies casi no dejan huella. Y al mismo tiempo es real y sólido. Me gusta imaginar el proceso en el que sus ropas cambian y se disfraza, y el movimiento de sus ropajes antiguos, pesados. PD. Iré actualizando. Edited at 2007-12-27 10:08 am (UTC) |