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Te hemos dejado sitio aquí, cerca del fuego. Alza tu cuenco y bebe el licor, te calentará. Volvemos a estar juntos de nuevo. Eso es lo único que importa. Eso y la historia. Vivir es un camino. Todos lo recorremos. Para algunos es más largo y plano, para otros puede ser corto y accidentado. Depende de lo que hayamos venido a aprender. Por eso los jóvenes tenéis que atender las palabras de los mayores, porque llevan más sendero andado y nos transmiten su sabiduría. Allá vamos… Sexta noche: Compañía inesperada - Te saludo, hermano. El cazador inclinó casi imperceptiblemente la cabeza a modo de reconocimiento. - Sólo el olor nos delata a los de la nuestra misma naturaleza. Por lo demás… –le escrutó la desconocida con los ojos humanos entornados– por lo demás nunca te habría descubierto. Tu disfraz es muy bueno. El cazador volvió a asentir, algo incómodo. Sabía que no podía esconderse de los suyos, ni ninguno de ellos podría hacerlo nunca de él, pero por unos instantes temió que su disfraz no fuera lo bastante convincente como para engañar a sus enemigos. La demonio, pues no podía dudar que se trataba de un ser femenino, había utilizado exactamente la misma treta que él. Vestía el cuerpo de una mujer delgada con suaves curvas y rasgos amables. Quizá algo más llamativos que los que él habría elegido de poder caber en un continente tan reducido. Había seleccionado a su víctima precisamente por su cara de muñeca y su apariencia frágil y desprotegida, una presa tentadora para violadores, ladrones o almas caritativas que pudieran cruzarse en su camino. La demonio seguía estudiándole, buscando algo. Al fin reparó en la manera en que la mano masculina permanecía cerca de la cadera derecha del cazador. Él estaba haciendo lo mismo, pero no pudo distinguir dónde había escondido ella su segadora. La demonio se levantó de un salto y se balanceó graciosamente sobre sus pies diminutos, como si fuera a perder el equilibrio. De otro salto se puso a su lado y lo olfateó de nuevo, sin muestra de desafío. Tras unos instantes en sus ojos negros brillaron unas motas verdes. - Uno de los antiguos cazadores. Uno ligado a las casas nobles. Qué privilegio –ronroneó la demonio bajo la máscara inocente. El antiguo no se dignó a contestar. Ya sabía a quién pertenecía el olor. Dio media vuelta y comenzó a alejarse por el camino, intentando poner la mayor distancia posible con el nuevo demonio. No era el primero con el que se había cruzado tras dejar al titiritero, pero todos habían sido miembros de subfamilias sin interés. Pero un cazador era un depredador. Y uno no se relaja con uno cerca, aunque sea un primo lejano. Oyó como la cazadora recogía sus pertenencias y corría hasta ponerse a su vera. Hizo un esfuerzo para bloquear las oleadas de aroma picante que le asaltaban a cada movimiento del pequeño cuerpo. - Sigues un botín codiciado. No era una pregunta. Lo daba por supuesto. Al sellar el pacto, el cazador había creado un vínculo único con su presa. Nadie de los suyos podía seguir el rastro, ni siquiera intuir la dirección a seguir a menos que consiguieran sonsacarle. Cumplir un pacto así aportaba poder. Cuanto más sacrificio en la balanza, mayor valor adquiría. A veces ese poder era muy codiciado entre otros cazadores. Y eso podía suponer problemas. Se habían dado ocasiones donde dos demonios de su naturaleza habían rivalizado por entregar o eliminar a un objetivo para lograr la recompensa, siempre que el ofrendante estuviese de acuerdo en cambiar los términos del acuerdo. Lo que podía llegar a ser muy desagradable si uno de los dos cazadores no cedía en su empeño. Otras veces se interfería en la misión para evitar que el demonio asignado consiguiese el poder que le había sido prometido. Y algunas otras, menos habituales, si el demonio principal consideraba que necesitaba ayuda adicional, colaboraban para llevar a cabo el contrato. Quedando en deuda con el que le había prestado apoyo o cediéndole parte de la sangre. No hacer todo lo posible para cumplir un pacto… era una aberración. Y allí tenía a un cazador desconocido, pegado a sus pasos como una sombra. El antiguo observó de reojo a su indeseable compañera, considerando si valía la pena liberar a su segadora y deshacerse de ella. No sabía lo suficiente sobre la demonio como para calibrar sus fuerzas. Así que, en contra de sus deseos, se vio obligado a recabar algo de información antes de tomar una decisión tan drástica. - ¿Y tú? ¿Qué haces? La pequeña mujer levantó la cabeza y en sus ojos volvieron a brillar las estrellas esmeraldas. - Yo no tengo misión, antiguo. El pacto que me había ligado a una familia se rompió al inflingirse el contrato. No me dieron la recompensa en sangre y los maté a todos. No hay familia, no hay sello, soy el viento en los sauces. Sólo cazo. - ¿Presas al azar?- preguntó el demonio, intrigado a su pesar. - Presas apetecibles. El reto es lo único que lo hace divertido. - ¿Divertido? Las manos femeninas se alzaron para hacer un dibujo en el aire que no supo entender. El concepto en este contexto era extraño, y parecía que ella tenía dificultades para explicarlo. - Los que cruzamos el portal de fuegos para no volver tenemos que buscar distracciones, antiguo. Nosotros no existimos como los mortales para reproducirnos, sino para cumplir con nuestra naturaleza. Los manipuladores engañan, los acechadores viven en los sueños ajenos… los cazadores cazan. Estuvieron caminando unos minutos en silencio. El cazador había decidido ignorar a su acompañante, y esperaba que sus largas zancadas la dejaran atrás. Pero la mujer iba saltando ágilmente para adecuarse a su velocidad. Por el momento sabía que era una exiliada y a cambio no había ofrecido ningún dato de interés sobre él mismo. Aunque sólo el hecho de su condición de antiguo aportaba bastantes pistas a una mente despierta. - ¿Dónde te diriges? –preguntó ella. Allá íbamos. Estaba esperándolo. - Hacia una presa. –reconoció, pues era inútil negarlo. - Ya sí, lo suponía. No estarías aquí si no fuera por ello. Déjame acompañarte. - No. - Te ayudaré en tu cacería. La mirada de desprecio que le ofreció el otro ser la ofendió. Como si su propuesta, además de ridícula, fuera un insulto. - No compartiré mi sangre. - Ni yo te lo pido. Sólo quiero compañía de los nuestros, tras caminar tanto tiempo entre humanos. Alguien que no se deje matar, que no sea frágil. Alguien que me recuerde a nuestro hogar. Melodramática. ¿Qué se podía esperar de una exiliada? - Apártate de mi camino. Te lo advierto. - Antiguo, no pretendo entorpecerte. No se preocupó por responderle. Y como la demonio se mantuvo en un respetuoso silencio, pronto la consideró un elemento constante del paisaje. Era una amenaza, pero su presencia tenía algo de… familiar, tangible tras tantos cambios. La prudencia de la cazadora no duró mucho. - ¿Quién ha cosido tu traje? Ha sido muy hábil. He visto trabajos muy zafios por aquí. Buen intento. No pensaba ni siquiera ofrecerle migajas de información. Podría seguirlas hasta llegar al castillo del gran señor. - El mío está estupendo, ¿no crees? –continuó ella al no recibir respuesta- Y eso que tiene ya muchos años. Lo elegí entre unas bailarinas de placer. Me quedé con la joven más flexible y elegante. La que atraía todas las miradas y suspiros. La llevé a una de las viejas de las marismas, las que cosen aquellas redes tan delgadas que pueden cazar a los mismos espíritus del mar. A cambio tuve que alimentar durante un mes a la zurcidora con bebés no natos. Por suerte esta gente se reproduce como cucarachas. Pero valió la pena, es un trabajo excelente. No se nota ninguna costura. ¿Quieres verlo? No, no quería. Y no, no iba a enseñarle las suyas. No iba a presentar su cuello a otro cazador. ¿El exilio la había trastornado? La demonio no mostró ningún indicio de que fuera a dejarlo. Tuvieron largas discusiones, llenas de objeciones monosilábicas por parte de él y extenuantes parrafadas en caso de ella. Como bien apuntó la exiliada, pelearse entre ellos sólo podía acabar con la rotura de sus trajes humanos, y era un riesgo que no creía que el antiguo quisiera asumir. Siguió a su lado. - Deja de seguirme –le dijo el antiguo, hastiado al fin. - No te sigo. Nuestros caminos simplemente coinciden. - ¿Ah, sí? ¿Hacia dónde te diriges? - Por el momento dónde vayas tú. Molesto al principio, y a veces incapaz de dejar de oírla, el antiguo fue extrayendo información sobre la zona en la que se encontraban. Fronteras y territorios se habían desplazado, los dialectos habían evolucionado… ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el portal se cerró a sus espaldas y el pacto selló su entrada a este mundo? La curiosidad de la demonio no parecía remitir con los kilómetros recorridos. Indagaba sobre quién podía tener acceso a uno de los antiguos, y no paraba de plantear cuestiones al respecto. Al principio se mostraba sutil para averiguar más sobre el trato, y al final ya preguntaba abiertamente. - ¿Qué te han ofrecido? ¿Un amante, un esposo, un hijo...? Quien te ha invocado es alguien poderoso. Alguien que para poner su sello y el derecho a reclamarte pudo derramar muchas vidas para contentar al portal. ¿Te darán el heredero de tierras? ¿La esposa más amada? ¿Un sacerdote de altas esferas? Qué poderoso te volverás, antiguo. ¿Desde cuando un cazador de baja ralea se atrevía a interrogar a uno de los suyos? Este mundo estúpido… La cazadora le comentó que tenían que parar para comer, beber y descansar, pero el antiguo no quiso detenerse. Ella veía claramente lo que él no era capaz de percibir. Su traje humano no respondía a sus movimientos como debería. La piel estaba rígida y necesitaba alimentarse de algo más que no fuera la energía demoníaca del cazador. Sonrió a espaldas del antiguo. Alguien necesitaba su ayuda y no lo sabía. No sabía hasta qué punto. Había costado convencerle. Sentados al lado del camino, en un apartadero para que los viajeros tuviesen un lugar donde descansar, la demonio cogió un palo largo y dibujó en el suelo seco y despejado de hierba. Hizo un pequeño y resumido mapa de la zona, marcando algunos ríos y montañas, y dibujó burdamente varias construcciones que debían ejemplificar importantes puntos de referencia para los humanos. Sonrió complacida consigo misma. - Éste es, más o menos, el lugar donde estamos. Yo entré en el país en esta región del norte, y durante este tiempo he rondado por aquí –deslizó el bastón sin estropear el frágil dibujo- por aquí y por aquí. Como ves me he movido bastante y he visto muchas cosas. Gente curiosa, muy interesante. He llegado hasta las fronteras del este. De camino al oeste se llega a un gran mar, gigantesco, tan enorme que los nuestros no pueden cruzarlo sin usar los barcos de los seres humanos. Hacia el norte y el este hay tribus bárbaras en las fronteras. “Esta gente los controla a duras penas. Hace algunos años las batallas en los territorios limítrofes habían sido muy duras y la gente de las marcas exteriores había tenido que vivir militarizados. Conscientes siempre de que podían despertar una noche con el pueblo en llamas y los forajidos entrando en sus casas, robando sus animales y sus jóvenes. Se instruyó a campesinos y mineros para convertirlos en soldados, organizados en unidades de choque. Mantener las fronteras ha supuesto un enorme desgaste humano. Bajo el mando de los pequeños señores iban reuniéndose ejércitos, y los ciudadanos trabajaban para mantener la fuerza defensiva. Hizo una pausa y miró al antiguo. Éste continuaba frente a ella sin moverse, siguiendo sus gestos con los ojos, pero sin demostrar ningún interés. Ni aburrimiento. - De hace unos años hacia aquí la cosa ha ido suavizándose. Los bárbaros están desorganizados tras la muerte de su líder natural, y se encuentran enfrentados en sus rencillas particulares. No pueden coordinarse y sus ojos han dejado de mirar a estas tierras. La punta del bastón tachó los nombres de los diversos pueblos que amenazaban el país. También borró la multitud de flechas que había trazado para indicar las incursiones desde el exterior. - Como resultado de tantos años de guerra –continuó- actualmente hay pequeños ejércitos de hombres violentos con señores que no están dispuestos a librarse de su poder militar. Esa gente hace demasiado tiempo que no hace más que pelear o prepararse para hacerlo. No puedes pedirles que vuelvan a cultivar los campos. No puedes soltarlos por los caminos. Se convertirán en forajidos. No puedes pedirle a un señor de la guerra que ceda terreno y rebaje su fuerza ofensiva. Elimina un enemigo externo y las cabezas del animal volverán su atención hacia el interior, para devorarse entre sí hasta llegar al corazón. Volvió a crear flechas afiladas que se apuñalaban dentro de las fronteras. - Hay varios grandes señores en el país. –procedió a enumerarlos mientras escribía sus nombres burdamente sobre la superficie arenosa y los situaba en el mapa- Uno de ellos en Rai-Shang, el Rey Oro, que controla tierras ricas pero escasas en kilómetros. El metal amarillo le da fuerza para reclutar ejércitos y contratar mercenarios. Otro es Shen-Lao, que cuenta con fanáticos que darían su vida por su rey. Dispone de grandes estepas de caballos y muchos hombres. Tiene tratos más allá del portal. Es un hombre peligroso. También está Tzao-Min, que tiene sometidas las costas del oeste y suroeste. Quizá no es tan fuerte con los otros dos, pero es un importante aliado estratégico porque nadie puede atacarle por la espalda y dispone de flotas de barcos. El otro gran señor es Tze-Pai-Chang. “Tze-Pai-Chang es el descendiente de una larga familia de señores de la guerra. Tuvo algunos antepasados con garra y redaños. Pero luego la sangre se diluyó hasta que la familia estuvo gobernada por estúpidos derrochadores de riqueza. Perdieron casi todo sus territorios. Por suerte, la madre de Tze-Pai-Chang legó algo de sentido común a su hijo. Era una de las concubinas más jóvenes del señor y su vástago, uno de los últimos en la línea de sucesión. Una buena dosis de fortuna e intrigas lograron que su hijo llegase a adulto y pudiera ayudar a su inútil padre a defender los últimos territorios de la familia. La guerra lo convirtió en un gran líder. Obstinado, inflamado por la posibilidad de heredar el nombre familiar, venció todas las batallas. Se hizo un nombre en el ejército. Los oficiales lo seguían, convencidos que mejor estar a las órdenes de alguien con cerebro que perecer a las manos de alguno de los hermanos más retrasados. “Con el apoyo militar y ayudado por su madre en la corte, logró ascender y brillar a los ojos de su gastado padre. Tras desterrar o asesinar a los que podían disputarle el título de cabeza de familia, Tze-Pai-Chang se consolidó como heredero total de los títulos. Bajo su fuerte personalidad y férreo gobierno, consolidó su poder y extendió su área de influencia. Acabó con multitud de enemigos. Su corte se pobló de funcionarios. Las fronteras exteriores del país estaban lejos de sus tierras, sus ejércitos no se desgastaron luchando contra los bárbaros y otros pueblos extranjeros. Se relajó con los años. “Pero ahora que el enemigo exterior está desorganizado, los otros grandes señores se vuelven contra él, intentando liberarse de su yugo. Sus territorios son demasiado amplios y difíciles de controlar. Sus enemigos han creado frágiles alianzas para derrocarle. Y si las cosas pintan mal, traicionarse entre sí. Los correos vuelan a caballo estos días. Los rumores se extienden. Las noticias de hoy son falsas al día siguiente. Impecable lección de historia. Esclarecedora, siempre que te interesasen las argucias de estos seres. A él sólo le importaba cumplir su pacto, no las razones que tenía el humano para haberlo cerrado. - ¿Me has escuchado? –preguntó la cazadora- ¿Te ha servido para entender dónde estás? - Sí a las dos preguntas. Las cigarras sonaban de fondo entre la hierba. La demonio se puso de pie y borró el mapa y sus explicaciones con sus diminutos pies, enfurruñada. - Si tuvieras que vivir aquí, con ellos, de ellos, acabarías prestando atención, por supuesto que sí. Por qué crecen en número, por qué se olvidan de nosotros, por qué… - No me interesa –la cortó el cazador, irguiéndose en toda su estatura. La exiliada lo miró desde abajo, sus ojos negros de demonio clavándose irrespetuosamente en los de él. - Eres como la rana en el fondo del pozo, cazador. No ves más allá de las paredes de piedra. - Si no te gusta mi pozo, vete. La demonio se encogió de hombros. Sí, hay muchas respuestas aquí. ¿Veis lo que os decía sobre que el escuchar aporta sabiduría? Hay que prestar atención a las cosas que pasan alrededor. ¿El cazador? Veremos cuanto tiempo puede seguir en su pozo. Os espero la próxima noche. |
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