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Los días son cortos y las noches son las dueñas de nuestro tiempo. Los vientos helados corren entren los árboles y se cuelan por las rendijas de las casas. Los espíritus perdidos en la nieve no dejan huella en el suelo y buscan arrimarse a nosotros para robarnos el cálido aliento. Es la hora de refugiarse cerca del fuego y darnos calor unos a otros. Acercaos, preciosos. ¿Os habéis limpiado? ¿Habéis dado la ofrenda al fuego? ¿Os habéis presentado a las llamas? Entonces estamos preparados para avanzar un poco más en la historia. Tenemos ya dos compañeros de viaje, uno ansioso por agradar, el otro decidiendo aún si le apetece hacer el camino en solitario. Si querían parecer humanos y mezclarse sin ser descubiertos, tenían que comportarse como tales. Y eso suponía… Séptima noche: Entre humanos Tras caminar sin descanso durante largo tiempo, siempre hacia el norte, llegaron a un pueblo de grandes dimensiones, con una avenida principal llena de edificios y abarrotada de transeúntes y comercios ambulantes atendidos por vociferantes tenderos que les ofrecían sus mercancías al pasar. La demonio se detuvo en algunos puestos y ojeó las esterillas trenzadas tendidas en el suelo y sobre viejas carretillas, husmeando entre telas y baratijas, envases de porcelana y rollos de cáñamo. Cuando el cazador se alejaba unos pasos, ella le cogía suavemente del brazo y lo detenía asegurándole que sólo sería un instante. - Si vuelves a detenerme, te haré daño –la avisó, hastiado ya de tantas interrupciones. - Oh vamos, espera un momento. El antiguo se desprendió sin brusquedad y siguió su camino, apartándose hábilmente de los vendedores que le salían al paso con rábanos, coles y otros productos. La demonio le dio alcance bastantes metros más adelante, guardando varias prendas en su cesto. El cazador pudo oír perfectamente el tintineo de las monedas que llevaba colgadas de su cuello bajo la ropa. - Podías esperarte un poco- le recriminó la demonio sin acritud. - No. - ¿Cómo vas a poder entenderlos si no sabes cómo viven? Qué comen, cómo comercian… - No necesito entenderles. Sólo los cazo. La demonio se recolocó las bandas de su mochila mientras ponía los ojos en blanco y elevaba un lado del labio superior, imitando un gesto sarcástico que había aprendido de los humanos. - Claro, y por eso tienes que esconderte bajo una de sus pieles. Porque has pasado tanto tiempo al otro lado del umbral que ya no sabes cómo piensan, ni qué medios tienen para defenderse de ti. Usan otros conjuros y han desarrollado nuevas defensas. Los caminos están llenos de unos malditos pórticos que nos descubren y nos carbonizan. - ¿De qué estás hablando? –resopló el antiguo, irritado -Yo he pasado por debajo de uno de ellos. Me despojó del disfraz ante los clérigos, pero no me hizo nada. La demonio bajó la cabeza. El ala de su sombrero de bambú le ocultó la expresión mientras su voz le llegaba en un lento susurro. - He visto a seres del umbral arder en llamas al cruzar el pórtico. Retorcerse por el dolor. Quedar marcados de manera que muchos no podían disfrazarse siquiera. No sólo los distinguían los hombres santos y los locos, sino también la gente normal: campesinos, vendedores, soldados, niños… todos los que los veían acercarse les hacían el signo. Los perseguían como a perros salvajes. Estaban tan debilitados que casi no podían defenderse. No les daban tregua ni podían encontrar refugio para descansar. En todas partes colgaban amuletos y los enterraban en las encrucijadas… Los monjes organizaban batidas para someterlos y destruirlos. No ahuyentarlos de vuelta al portal. Destruirlos. Quedaban convertidos en polvo. Levantó la mirada y se encontró con la expresión vacía del antiguo, que quiso interpretar como incredulidad o sorpresa. - Que no te haya afectado a ti, –protestó ella- no quiere decir que no lo haga con el resto. El cazador la miró por encima del hombro sin detenerse. - ¿Y a ti? - Yo soy una cazadora. No una entidad menor. Le pareció que el cazador se sonreía aunque su rostro humano no varió lo más mínimo. - No seré un antiguo, pero soy poderosa –clarificó la demonio, remarcando lentamente cada palabra con tono ofendido- Y lo más importante, sé en que lugar me muevo. Sé camuflarme, sé no llamar la atención si quiero. Tú ni siquiera puedes entrar en una taberna sin que tras un rato todo el mundo se de cuenta que no sabes qué pedir, ni con qué pagar. Y aunque lo supieses, no sabrías cuando fingir que te está afectando el alcohol. Vía abajo había una garita de soldados. Los hombres estaban sentados en el porche, con las piernas colgando mirando pasar a la gente y piropeando a las chicas. Los que no estaban de guardia llevaban las casacas desabrochadas y los gorros ladeados. Portaban tazas de licor en la mano y parecían achispados. Cuando pasaron por delante, los hombres dirigieron a la cazadora una retahíla de galanterías más o menos acertadas, aunque muchos querían ser más agradables que groseros. La demonio les dirigió una sonrisa espléndida, aleteando las pestañas y siguió con su andar oscilante, como un pequeño sauce mecido por el viento. Oyó las exclamaciones de furor detrás, vitoreando su gesto. - ¿Y eso no es llamar la atención? – le recriminó el antiguo. La exiliada desestimó su comentario con un gesto de la mano. - Eso no es llamar la atención. –apuntó sin perder la sonrisa- Es causar sensación. El demonio no pareció encontrarle la gracia a su comentario. - Oh, vamos. –siguió ella- La verdad es que no me recordarán tras unas copas más. Hay montones de chicas por aquí. Yo al menos no parezco una amenaza, ni fuera de lugar como si me hubiesen soltado de golpe en medio de los campos. ¿Has visto cuantos soldados hay aquí?-le preguntó cambiando repentinamente de tema- ¿Sabes porqué razón? No, no lo sabes. Tampoco sabes que cerca de aquí hay dos templos importantes, con muchos fieles. Ni que unos kilómetros más al noreste vive uno de los que traspasaron el portal para no volver. - ¿Quién? - Un exiliado, como yo. Sólo que él ha decidido aposentarse de verdad aquí, como un señor de la guerra más. Hay que ir con cuidado al entrar en su territorio. Es un manipulador. Pero claro, por supuesto… tú ya sabes dónde empiezan sus dominios y cómo evitar a sus guardianes. Su puya no logró ninguna respuesta. El cazador estaba menos comunicativo de lo que era habitual. - Dentro de unas horas anochecerá –avisó la exiliada- y estaría bien encontrar refugio. El antiguo ignoró su propuesta sin aminorar el paso. Esquivaron un par de vendedores que casi les estamparon sus mercancías en la cara. Parecían competir a gritos y en sacarle algún ojo a la posible clientela. - He dicho que tenemos que encontrar refugio –insistió ella- Una posada. - ¿Para qué? - Te lo he dicho muchas veces. Porque quiero tomar un baño y descansar un poco. - No estoy cansado. Esquivando los espolones de un pollo gritón, la demonio objetó: - Estás sucio. Tu ropa está manchada. - No me importa. Ya me lavaré en una fuente y robaré algo que ponerme. La exiliada soltó un suspiro y buscó otra aproximación para razonar con él. - Tenemos que comer. Tú nueva carne lo necesita. A pesar de que se alimenta de tu esencia, necesita otro tipo de sustento, algo de este lado del portal. Si no se lo das, se desmoronará. Te aseguro que será muy desagradable, porque a tu nueva piel no le gustará morirse. Y peleará por no hacerlo. Mírate. Los pliegues están resecos, posiblemente está ajada al tacto. Te mueves como un carro con los ejes llenos de hierbajos, casi me parece oírte crujir a cada paso. Sé que no confías en mí, pero hazme caso, antiguo. Por una vez. O no podrás cumplir el pacto. Él ni siquiera pareció haberla escuchado. Pero tras un rato le vio mirarse la palma de las manos. La demonio conocía una buena posada en el pueblo. Tomaron una habitación en la parte de atrás del segundo piso, lejos de las salas comunes de la planta baja, donde varios viajeros compartían un mismo dormitorio y una rudimentaria cocina. La pequeña cazadora se aseguró de que los baños estaban disponibles y que podrían disfrutar de una cena que se les servirían en su habitación. Pagó por adelantado a la amable y servicial posadera, que tomó un tono autoritario y cortante al dirigirse a una de las jovencitas que limpiaba tras el mostrador. La camarera les guió solícitamente hasta su habitación en el segundo piso entre reverencias. Les ofreció una pequeña sala adornada con sencillez, pero limpia y bien ventilada, llena de luz que entraba a raudales por un gran ventanal desde el que se disfrutaba de una buena vista sobre la orilla del río. Tras asomarse y disfrutar de la brisa que atenuaba los pesados olores de la villa, la demonio se mostró complacida y despidió a la joven con una monedita que ésta agradeció avergonzada. Dejó la cesta sobre una de las dos camas y deshizo el hatillo, esparciendo sus pertenencias sobre la colcha de brillantes colores. Había varias mudas, afeites, un par de peines, un cazo y diferentes herramientas para cocinar, un saquito de arroz y plantas secas. También dinero tintineante. Probó la cama libre y se estiró en ella, dando un suspiro de satisfacción. - Tiéndete, pruébala. - ¿Para qué? - Para poder descansar en ella. Tiene un buen colchón, relleno de paja y trapos. No huele a ratones. El antiguo la miró desde la puerta, de dónde no se habían movido desde que la camarera los había dejado solos. - Sigo sin entender qué hacemos aquí. Estoy perdiendo el tiempo. Comemos algo y me voy. La exiliada se sentó en el lecho y lo observó con expresión seria. Su tono al hablar fue reposado y conciliador. - Hay que dar descansos al cuerpo. Tampoco es bueno viajar de noche. Sólo lo hacen los maleantes. Las ropas se ensucian demasiado, hay que lavarlas. El pelo se enreda, los dientes se llenan de polvo. No puedes parecer un mendigo, tampoco son vistos con buenos ojos. Rebuscó en su cesto, que parecía no vaciarse nunca y sacó unas mudas grandes y de aspecto masculino. - Tengo ropa para ti. La he comprado en el mercado mientras no te dignabas a aminorar el paso. Ni un parpadeo. Intentar lograr algo de este ser era casi imposible. No esperaba que le diera las gracias, pero sí que al menos se acercase para comprobar si lo que había elegido era de su agrado. No parecía importarle. Se rindió. Extrajo varios objetos de dentro de un pañuelo. - Primero nos bañaremos, luego comeremos y descansaremos. Partiremos mañana por la mañana, ya sin interrupciones. Coge este trozo de jabón y estas ropas limpias y sígueme. Bajaron de nuevo las escaleras y se dirigieron a la parte trasera de la posada. El calor se filtraba por todas las rendijas. La demonio le indicó una puerta que llevaba a los baños masculinos y que se desvistiera y se lavara en las tinas de agua caliente hasta eliminar cualquier rastro de suciedad, incluyendo el cabello y el interior de la boca, pero sin tragarse el agua. Le recomendó encarecidamente que no permaneciese mucho tiempo en el líquido porque hacía poco que había adoptado su nueva piel y no era bueno que se reblandeciese en exceso. Y que después fuese directamente a su habitación y la esperase allí. Con la sensación de que su acompañante le estaba haciendo perder el tiempo miserablemente, el cazador entró en una sala llena de vapor blanquecino y vio seis barreños de madera llenos de agua humeante. Varios estaban ocupados. Un hombre en ropa interior que se estaba poniendo los pantalones levantó la vista cuando entró, le hizo un descuidado gesto de saludo con la cabeza y siguió vistiéndose. En un lateral de la estancia había una enorme tinaja de metal ennegrecido sobre unas ascuas que eran atendidas por un joven sin camiseta de piel sudorosa. A su lado había una gran pila de maderos dispuestos ordenadamente, y contra la pared un gran abanico oscurecido por el humo, unas pinzas y palas para remover leños y cenizas y una pértiga con un gancho. Un viejo de espalda encorvada se le acercó solícitamente y con una reverencia le indicó una de las bañeras. Le invitó a que comprobase la temperatura por si era de su gusto. El cazador metió la mano en el agua como le pedía y dijo que estaba bien sin saber exactamente a lo que se refería el hombre. La temperatura era elevada, pero no le molestaba. Buscando la zona más resguardada de miradas ajenas dejó su muda nueva en un banco de madera, se quitó toda la ropa, la amontonó descuidadamente y finalmente se descalzó, notando los hilos de agua que corrían por los resquicios entre las losas de piedra del suelo. Cogió una de las toallas de la pila que oscilaban precariamente sobre una pequeña mesa y se cubrió escrupulosamente el muslo derecho para esconder el apreciable bulto de la espada bajo la piel, que llegaba hasta su rodilla. Armado con la pastilla de jabón, se metió en la bañera, sumergiendo paulatinamente su cuerpo en el agua. La sensación era muy extraña. Pesadez en los miembros y también cierta ingravidez. El calor le subía por las extremidades. Una vez con el trasero apoyado en el fondo, el agua le llegaba a medio pecho. Se restregó el cuerpo con jabón hasta que una espuma cubrió toda la cuba y amenazó con salirse por el borde. Usó parte para limpiarse el cabello y las orejas. Se abrió la puerta y entró otro cliente, un hombre de mediana edad de barriga prominente que destacaba exageradamente por la delgadez de brazos y piernas. Tenía la cabeza redonda y cabello ralo que clareaba en la frente y la coronilla. Llevaba un traje morado con cordones de terciopelo negro. Al quitarse la ropa con parsimonia y doblarla cuidadosamente en uno de los bancos, destacó aún más la desproporción de su cuerpo, con ese torso hinchado sobre unas piernas esmirriadas y arqueadas, como si hubiese pasado mucho tiempo a caballo. Después de que el viejo encargado de los baños le señalase una tina frente a la que ocupaba el cazador, se encaramó al taburete y quitándose la toalla que llevaba anudada alrededor de la cintura, se sumergió en el agua humeante con un sonoro suspiro de placer. Tras unos minutos de tranquilo chapoteo, llamó risueño al vejete y le dijo que quería algo de beber. El encargado se acercó a la puerta y gritó una serie de instrucciones hacia la recepción de la posada. Pronto llegó una camarera, distinta a la que había atendido a ambos demonios, algo más bonita pero con los ojos abiertos como un pez sorprendido. Entró en la habitación con una bandeja lacada que contenía una jarra y un plato con frutos secos. Se acercó a la bañera del hombre sonriente y sin hacer ningún gesto de vergüenza, dejó el tentempié en un soporte rectangular en los que los clientes podían depositar el jabón u otros utensilios de limpieza. El hombre le dio las gracias varias veces y le dio un buen tiento a la bebida. Cuando la muchacha iba a retirarse, el cliente le pidió que se acercase, que iba a contarle algo divertido. La joven se aproximó sin muestras de apuro y acercó el lateral de su rostro, procurando no mojarse la ropa. El cliente le susurró algo al oído entre risillas, y la camarera pareció ruborizarse y se tapó la cara con la bandeja. - Báñate conmigo –dijo el hombre chapoteando en el agua. - No puedo –repuso la chica alejándose para evitar las salpicaduras. - Sí puedes, venga –insistió el cliente con voz persuasiva –Dile a otra de tus compañeras que también se apunte. Os haré un buen regalo. La chica negó con la cabeza repetidas veces, pero tras un rato de promesas y cumplidos, desapareció por la puerta del baño. El viejo y el joven de la caldera felicitaron el buen gusto del cliente, y éste rió encantado, asegurando que tenía la vitalidad de un jovenzuelo y que podría con todas ellas. El cazador se miró las palmas de las manos. Vio como la piel se arrugaba en las yemas de los dedos y recordó la advertencia de su compañera de viaje. Se levantó en la bañera y el agua jabonosa resbaló por sus extremidades. Descendía por el taburete tapándose la pierna cuando irrumpieron en la sala las dos sirvientas, la de los ojos abiertos y otra de cara redonda y pechos opulentos, cuyo escote de piel clara quedaba bien a la vista debajo de una bata de tela ligera. Ambas mujeres se detuvieron unos momentos en la entrada y le observaron mientras se dirigía hacia ellas y se sentaba en uno de los bancos para poderse secar con tranquilidad. Con la pierna vuelta hacia la pared, comenzó a escurrirse el largo cabello negro que le llegaba a la cintura, flexionando los largos brazos y la musculatura del pecho. Justo debajo de la tetilla izquierda tenía una pequeña cicatriz blanca. El cliente de la bañera pidió a las camareras que se acercasen, y ambas lo hicieron a regañadientes, observando el cuerpo desnudo del cazador, que no hacía ningún gesto de cubrirse los genitales. Mientras se vestía, el demonio pudo ver como el hombre seguía su regateo con los brazos apoyados en el borde de la tinaja y las sirvientas seguían haciéndose de rogar, aumentando el precio de sus servicios. - ¡Eh! El demonio levantó la cabeza mientras sus manos seguían anudando los cordones de su larga camisa. - Sí, tú, joven. ¿Te apetece unirte a nuestra fiesta en la bañera para grupos? El cazador miró a las mujeres, que le sonreían con timidez totalmente fingida, porque sus cuerpos olían claramente a excitación reproductiva. Podía notar como unos tentáculos de feromonas se alargaban hacia él, invitándole mudamente a acercarse. Se excusó con frialdad y dejó la sala. Al abrir la puerta de su estancia comprobó sin sorpresa que la demonio no había regresado aún de su sesión en el baño. Se sentó en una silla y se secó meticulosamente el cabello, inclinando la cabeza a un lado y al otro para eliminar el agua en los oídos. El olor dulzón de la exiliada, mezclado con el aroma a jabón, le llegó claramente cuando ésta abrió la puerta. Llevaba una toalla colgada del cuello y el larguísimo cabello húmedo se le pegaba a la chaquetilla verde oscura. - Ahora vendrá la cena. La he pedido antes de subir. Entró en la habitación, observando al antiguo con ojo crítico. - Mientras no llega la comida, deberías acabar tu acicalamiento. Tienes que cuidar tu nueva piel. Es fuerte y tú le das poder, pero tienes que cuidar su aspecto. Sacó de la bolsa unas botellas con aceites, y procedió a untarse las manos. Le pidió al demonio que se desvistiera, indicando claramente que iba a ayudarle. Obviando su gesto, el cazador alargó la mano en dirección a la botella. Tras ahogar un suspiro de irritación, la demonio le ofreció el frasco, pequeño, redondo, bellamente decorado con imágenes de flores y pájaros. Él retiró el tapón y olfateó cuidadosamente el interior. Aceite perfumado. Vertió cuidadosamente una gota sobre su dedo, y se frotó las yemas de los dedos. Era de textura algo más densa que el agua. - Está hecho de grasas y plantas -explicó ella al ver que no se decidía- Se utiliza para lubricar la piel, darle buen olor y suavizar las asperezas. Expándela sobre la piel hasta que la absorba, pero no te pongas mucho. Es una sustancia cara. - No necesito ponerme esto. No voy a usar este cuerpo tanto tiempo. La demonio se encogió de hombros. - Como quieras. Ignorando totalmente la presencia del cazador, se sentó en la cama y dejó colgar los pies, que llevaba tapados púdicamente con unas pequeñas sandalias de raso. Con las manos untadas resiguió la forma de las pantorrillas y los muslos, tanto por la parte exterior como la interior. Luego se abrió la bata y esparció aceite por el pubis, el vientre plano y los pechos rosados, y subió por el cuello. El cazador la observó desapasionadamente, buscando la segadora. No estaba a la vista, así que probablemente debía llevarla a la espalda. Era inconcebible un cazador sin su arma ritual. Decidido a acabar con todo esto lo antes posible, el antiguo tomó el aceite y comenzó a restregarse el cuerpo, con la palma abierta, resiguiendo los músculos, tal y como le había visto hacerlo a ella. Llamaron a la puerta y la demonio le pidió que se cubriese, cosa que él se apresuró a hacer. La exiliada se acercó a la puerta y la abrió unos centímetros, para poder atisbar en el marco la cara sonriente de la camarera enmarcada por las nubes de vapor de la comida que traía en la bandeja. La cazadora le dio paso y ésta dejó lo que llevaba sobre una mesa baja. Cuando se retiró, la demonio procedió a levantar todas las cubiertas de los platos, dejando que el olor se esparciese en la ya de por sí cargada habitación. Cogió su par de palillos y comenzó a comer de todas las fuentes. Esta vez no se ofreció a ayudar a su compañero de habitación. El cazador se sentó al otro lado de la mesa y la imitó, usando los palillos con soltura, acostumbradas sus manos a blandir cualquier objeto que pudiera usarse como un arma. No era la primera vez que ingería comida humana, pero nunca lo había hecho por necesidad. Había tomado sangre de este lado del umbral, y de alguna manera sí, era una forma de alimentarse. Pero esto… Masticó en silencio y mandó la comida hacia su interior, esperando que su cuerpo pudiera digerirlo. Si no era así… liberaría su segadora y se libraría al fin de su acompañante. Levantó la vista y vio como la exiliada daba buena cuenta de la cena. Los ojos de ella se encontraron con los suyos y le dirigió una sonrisa contenida, adivinando perfectamente qué estaba pasando por la mente del antiguo. . |
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