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El narrador de historias acaba aquí. Tengo varias historias creadas de gente que venía a contarles sus vivencias, de manera que era como un juego de muñecas rusas. Adoro los cuentos y el arte de narrar. . El narrador de historias (II) Cada calle había fabricado un muñeco de trapo, paja y papel que representaba cada uno de los reyes que habían gobernado esas tierras. Del más antiguo que se recordaba al actual, no importaba si habían sido justos o despóticos, amados u odiados por sus súbditos: todos colgaban a plena calle desde una viga que surgía de la casa más alta, rellenos de monedas de poco valor y dulces. Dante pasó por debajo del rey Horacio, gordo y tontorrón, que se balanceaba suavemente al extremo de su soga. El cuentero vio las suelas de sus zapatos, que oscilaban en lo alto, como un péndulo. Se subió el cuello de la chaqueta y clavó las manos en el bolsillo de los pantalones. La calle estaba atestada y el sol ya había comenzado su descenso. Se abrió una de las ventanas superiores y una figura se apoyó en el alfeizar para contemplar cómo se instalaban los soportes de las velas en los agujeros del suelo empedrado. Ysanne dejó vagar sus ojos sobre las personas que deambulaban por su calle y su mirada se clavó en una figura discordantemente parada entre el alboroto. Vestía de negro y parecía hacer lo mismo que ella, observar a los demás. La brisa hizo bascular al rey Horacio y la cuerda crujió en lo alto. El hombre levantó la cabeza y su mirada se tropezó con la de Ysanne. La chica vio una cara delgada y morena que la miraba sin transmitir ninguna emoción y la asoció de inmediato con la noticia que el narrador había llegado a la ciudad. Se retiró rápidamente y se alejó de la ventana como si los ojos del hombre pudiesen seguirla hacia el interior. Como si sólo mirando pudiese saber lo que deseaba, lo que escondía y lo que temía. Dante vio retirarse la cabeza pelirroja y mantuvo la mirada en ese punto más por pereza de cambiar de destino que porque realmente creyese que se volvería a asomar. Conocía esa reacción y no gastó energía intentando adivinar porqué la hija del panadero se había comportado así. Su experiencia le había demostrado que más pronto o más tarde lo sabría. Así que se encogió de hombros mentalmente y enfiló calle abajo para dejarse caer por la posada de María. Sólo entrar por la puerta, le saludó un ola de calor, un profundo olor a madera, comida casera, cerveza y la vieja María, que salió de detrás de la barra limpiándose las manos en el delantal manchado y le estampó dos sonoros besos en sus mejillas frías. - ¡Cuánto has tardado en venir a decir algo! -le regañó la posadera con su voz aflautada- Hace horas que te esperamos. -No seas exagerada, María, que no hace ni dos horas que estoy aquí. Habría pasado antes, pero quería saludar a la alcaldesa. Y me he lavado un poco, de paso. ¿Qué querías? ¿Que me presentase empapado en sudor y te abrazase así? Dante rodeó la gruesa cintura de María y la levantó del suelo un par de palmos con una fuerza que desmentía su cuerpo enjuto. La mujer gritó y pataleó hasta que Dédalo la dejó de nuevo en el suelo y él le dedicó la más grande e insolente de las sonrisas. - Te vas a herniar la espalda, Dante. - Pero si no pesas más que mi mochila. De veras que lo siento, María. ¿Dónde está el saco de huesos de tu hijo? Buscó por el local, a esas horas aún casi vacío, y avistó un par de clientes que cuchicheaban entre ellos y miraban curiosos en su dirección. Imaginó que lo habían reconocido y hablaban de él. No los recordaba, así que supuso que eran nuevos o bien asistían al festival como espectadores o como participantes. Zenón apareció tras una columna de madera con una gran bandeja metálica apoyada en la cadera, y lo recibió con un afectuoso y húmedo apretón de manos. El posadero debía tener la misma edad que Dante y era rollizo y sonrosado como un tabernero de cuento, lo que le parecía a Dédalo increíblemente apropiado. Zenón lo estudió con ojo crítico y al fin dejó a regañadientes que una sonrisa jovial aflorase a sus labios. - Hace años que no te veíamos. Tienes buen aspecto. - Muchas gracias. Vosotros también. - La perilla te da un aire más maduro -comentó la mujer examinando con interés su peinado, su barba recortada y su atuendo formal hecho a medida- Pareces más serio -declaró al fin con satisfacción. - Soy un hombre muy serio, María. ¿Cuántas veces tendré que repetirlo? - Lo que eres es un vago que se niega a casarse y a trabajar como Dios manda -la posadera levantó un dedo acusador con la falta de delicadeza de los que hace muchos años que te conocen- Dando vueltas de un lado a otro sin plantearte en serio sentar la cabeza y formar una familia. O dejar esa afición tuya de contar historias vestido con colores chillones y pintado como un payaso, haciendo de confesor como si fueses un maldito sacerdote. ¿Cuándo vas a crecer, Dante Dédalo? Dante había escuchado muchas veces ese mismo sermón de muchas madres distintas y éste seguía teniendo el mismo efecto que la duodécima vez que lo oyó. Así que asintió plácidamente con la cabeza y no se molestó en contestar. - Un maldito soñador, eso es lo que eres. Espero el día en que te conviertas en un hombre respetable. - ¿Como tu hijo? Zenón frunció el ceño y se olió un cambio imprevisto e indeseable en la conversación, así que decidió frenar con delicadeza la cháchara de su madre antes de que se convirtiese en el foco de sus ácidas críticas. - Mamá... - ¿Qué? - Deja a Dante en paz y tráele algo de comer. ¿No ves que está en los huesos? - No sabe ni alimentarse. Búscate una mujer, niño, porque si no lo haces tú, te juro que te encontraré yo una antes de que te vayas. - ¿Como tu nuera? Tengo gustos muy raros, María. Pero si te hace feliz, lo dejo en tus manos. La mujer se retiró hacia el interior de las cocinas comenzando a repasar todas las mujeres en edad casadera que conocía y Zenón acompañó al cuentero hasta una de las mesas más apartadas y se sentaron uno frente al otro. Ambos se conocían desde tiempo atrás y habían llegado a apreciarse mucho. Al igual que su madre, Zenón no aprobaba el oficio de su amigo, pero por razones muy distintas. - ¿Cómo va esa herida? La sonrisa se borró de los ojos de Dante durante un instante, luego volvió a aparecer como si nunca se hubiese ido. Acarició la ropa sobre su hombro derecho como si aún le doliese el costurón blanquecino y miró la cara seria del posadero. - Cerró bien; ahora sólo es un mal recuerdo. Gajes del oficio. Zenón estrujó el trapo de limpiar las mesas con cara de quién se está planteando el decir algo que le está quemando la garganta o guardárselo en el buche. Dante se preparó mentalmente, porque ya sabía que eso pasaría antes de entrar por la sólida puerta de la posada. Al fin su amigo dio un suspiro y comenzó a hablar lentamente, acompañando las palabras con las manos y los ojos. - Dante, mira, me siento estúpido diciéndote esto, y seguro que es lo mismo que te grité esa noche hace tres años. Sé que no quieres volver a oírlo, pero somos amigos y tengo que decírtelo. Dante, por favor, déjalo ya. Mamá es algo boba y no se da cuenta de lo que pasa, pero yo sé muy bien qué es lo que haces -remarcó las palabras con énfasis- y es un asunto muy serio y peligroso. “Dante, a ti te falta un tornillo y no sé dónde lo perdiste, pero esa manía tuya de meterte en lío tras lío va a acabar saliéndote muy cara. No se puede jugar con... -buscó la palabra- con la información. Eres como un barril cargado de dinamita que puede explotar en la cara del que asome la cabeza. Amigo mío, no eres Dios, pero eres lo más parecido que conozco. Una de tus historias en el momento más oportuno y consigues milagros, hasta en gente a la que no iba dedicada. Pero también eres la peste ambulante. Te toman demasiado en serio y un día te van a rebanar el pescuezo por algo que contarás o que ni siquiera sabrás qué has dicho. La gente a veces tiene muy poco aguante y cree que todas tus historias tienen que tener significado, que lo que narrras tiene que ver con ellos y que sabes algo que no deberías conocer. Zenón apretó el trapo con impotencia y cuando le arrancó la última gota, lo apartó a un lado con fastidio. - Dante, Dante, no sé qué decirte que ya no sepas. Y lo que más me preocupa es que disfrutas haciendo lo que haces, metiéndote en problemas y creyéndote el salvador de la raza humana y toda esa bazofia romántica que es el credo de los tuyos. ¿No lo entiendes? Sabes demasiado de demasiada gente. A muchas personas les gusta ventilar su basura contigo y creer que van a ser inmortales porque van a formar parte de las historias de uno de los narradores más célebre de todos los tiempos. Que van a ser famosos en otros pueblos y ciudades aunque nadie sepa su nombre. Como la reina Hessia, que le contó a Eikurea como había matado a su marido, que se acostaba con su hijo y también con su nuera. El relato corría por los pueblos y todo el mundo sospechaba quién era pero nadie lo sabía a ciencia cierta hasta que se descubrió el pastel cuando ya hacía años que la vieja zorra estaba muerta. “ Hay gente que tiene ansias de protagonismo, de ser una leyenda en vida, pero no todos son así. Más de uno te quiere muerto porque sabes lo que no debes. Y lo que es peor: porque temen que sepas algo sobre ellos. Y a lo mejor ni siquiera es así y te matan por una mierda de suposición. Te lo dije hace tres años cuando casi te asesinan, te lo vuelvo a repetir ahora y no lo haré más: Dante, te aprecio, pero te daría de golpes contra esta mesa hasta que entrases en razón. Aún tienes edad para hacer otra cosa, bajo otro nombre, en otra parte. Déjalo. Escápate. Hay gente que te quiere mal en esta ciudad y llevas una cicatriz que lo demuestra. Coño, déjalo antes de que sea tarde. Llevas muchos años apostando y un día te va a salir mal -respiró hondo tras el discurso y fijó sus ojos castaños en el narrador, que no había hecho ningún amago de interrumpirle- Bueno. Ya está. ¿Qué dices? Dante se miró las manos y fingió que lo pensaba de veras, aunque sólo fuera por respeto a Zenón, pero no había nada sobre lo que reflexionar que no se hubiese repetido antes una y mil veces hasta llegar a la única posibilidad que le parecía acertada. -No sabes lo que te quiero. -Eso es un no ¿verdad? -¿Es un no? Sí, es un no. Te digo lo mismo que hace tres años: cada uno elige su camino y yo creo firmemente que éste es el mío. -Eres un suicida. Y eres el rey de los locos. Y me va a salir otra úlcera por tu culpa. Lo que más me fastidia es que ya sabía lo que me dirías. Haz lo que quieras, ya tengo suficientes problemas. -¿Quieres contarme algo? -Vete a la mierda -Zenón apartó la silla con brusquedad y se marchó cargando la bandeja para atender a los clientes que habían bajado por la escalera de la posada con la intención de cenar algo antes de salir a visitar la ciudad iluminada. Dante suspiró y dejó vagar sus ojos por el techo de madera del local. Zenón estaba preocupado y con razón. No podía ni imaginarse hasta qué punto. Se frotó distraídamente la vieja herida y recordó las palabras de su amigo: Hay gente que te quiere mal en esta ciudad y llevas una cicatriz que lo demuestra. Lo vio conversando cortésmente con sus clientes y sintió un poco haber sido tan mordaz. El posadero tenía un carácter algo hosco y Dante a veces disfrutaba pinchándole en el momento menos apropiado; o en el más apropiado, porque así se ahorraba una larga y seria discusión que no iba a llevar a ninguna parte. Zenón no era rencoroso y dentro de cinco minutos se habría calmado y podrían hablar de otra cosa. No supo porqué, pero las palabras de su amigo le hicieron pensar en la carta sellada de Nedea y en cosas que conocía de Campo de Marte y sus habitantes, y lo difícil que sería convivir mucho tiempo con gente de la que sabía tantas cosas. O de las que creía saber tantas cosas, porque lo primero que aprende un buen cuentero es a ser la persona más incrédula y desconfiada que existe. De todos modos, no se iba a quedar mucho tiempo. Se frotó los ojos con cansancio y se recordó que tenía que preguntarle a María o a Zenón si tenían habitaciones libres. Llegó más gente y el local se llenó como si se hubiese tocado un gong avisando que era la hora de cenar. María le trajo un plato con estofado de carne y verduras y Dante se descubrió pidiendo una segunda ración que devoró con entusiasmo. Luego pidió una taza de café y cerró los ojos cansados disfrutando del calor entre sus manos y del aroma fuerte y amargo. Oyó aproximarse a alguien entre el murmullo de la gente pero mantuvo los ojos cerrados y el semblante inescrutable. -¿Puedo sentarme? -la voz masculina era joven y algo ronca. Sonaba algo nerviosa y cohibida. El hombre abrió los ojos lentamente y el muchacho que estaba de pie ante él se sorprendió pensando que eran los ojos más negros y hermosos que había visto en otro varón. El cuentero le invitó con un gesto a sentarse en el banco frente a él y cuando habló su voz profunda y melodiosa disipó las últimas reservas del chico. -¿En qué puedo servirte? -¿Es usted el maestro narrador? -Sí. Puedes llamarme cuentero si quieres. Es más corto. Como tú prefieras. -¿Tiene tiempo para escuchar una historia? El hombre tomó un sorbo de café sin hacer ruido y le dedicó una franca y sencilla sonrisa. -Todo el que necesites. Fin
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