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Si a alguien le gustan los cuentos de brujas, puede que disfrute esto. Lee aquí si quieres saber qué es lo que viene a continuación y la razón personal por la que cuelgo esto. . PRÓLOGO Tierras montañosas, de nieblas bajas y lagos verdes de nenúfares. Noches con cielos de lunas grandes y claras. Noches de lobos, búhos y ojos brillantes en la espesura. Noches de frecuentes lloviznas suaves e interminables. En un rincón apartado había un pequeño condado que constaba de un próspero pueblo de casas de piedra y tejados de pizarra, campos de cultivo y árboles inmensos que cubrían los bosques con una gruesa alfombra de hojas rojizas al llegar el otoño. El castillo del conde estaba construido contra una de las paredes de rocas grises y musgosas de la montaña. Sólido, oscuro si no fuera por centenares de lámparas y candelabros. Pasillos de piedra con tapices algo deslucidos, cuadros de antepasados con trajes suntuosos y pasados de moda, estatuas antiguas y armaduras y escudos brillantes que no habían participado en ninguna guerra. El conde tenía un nombre largo y era de corta estatura. Un hombre tranquilo, algo despistado, con tendencia a perder el sombrero o dejarse desabrochada la levita. Llevaba su condado con dejadez, como si no tuviese que ser gobernado, y gastaba sus horas en atender a sus perros, salir a cazar zorros y amaestrar a sus halcones sin prestar demasiada atención a las desesperadas advertencias del maestro cetrero. Tenía tendencia a beber más de la cuenta, pero sus borracheras eran sosas y aburridas y acababa dormido en una sala de armas frente a la chimenea, hundido en una gran butaca rodeado de sus inseparables sabuesos mientras murmuraba entre sueños . Tenía una mujer también pequeña, delgada en sus ropajes negros. Majestuosa y silenciosa, con una sonrisa suave y distante. Hacía años que no hablaba en público y sus sirvientas habían corrido el rumor que la señora tenía un suspiro en lugar de voz y que pasaba horas enteras sentada frente al hogar cosiendo y descosiendo el ajuar de su hija Carmina. Carmina era como su madre, pequeña, delgada, elegantemente sobria y parca en palabras y tristes sonrisas. Llevaba el cabello negro largo hasta la cintura, trenzado con esmero y sin más adorno que un pasador de madera que su madre le había dado al cumplir los trece años. Tenía los ojos grandes y castaños, de largas pestañas que miraban al suelo con timidez. Sus labios delgados eran muy pálidos, como el resto de su piel. Sin manchas, sin marcas, como una de las estatuas de mármol que adornaban los corredores del castillo. Vestía recatados trajes decolores discretos. Pasaba también largo tiempo mirando por las ventanas, de pie con las manos enlazadas en el regazo o sus dedos colgados de una cortina de terciopelo. Observaba la lluvia caer sobre el patio empedrado. Más allá, el pueblo; luego, el bosque. Después del bosque, qué más daba. Los que se las daban de entendidos decían que pocas cosas habían tan bellas como la imagen del rostro de Carmina a través de la ventana salpicada de lluvia, su rostro de mármol y sus ojos soñadores perdidos en la distancia. Sam no sabía qué pensar de ello. No se consideraba entendido en nada, excepto en caballos, hierbas y algo de construcción, y no acostumbraba a participar de las conversaciones de los demás. Las escuchaba sin dar muestras de atender y únicamente hablaba cuando se dirigían a él. Entonces lo hacía con monosílabos y sin levantar mucho la vista. Desde los establos, Sam podía ver la ventana con claridad, pero prefería mantenerse a cubierto junto con sus caballos, calmándolos cuando algún trueno caía demasiado cerca y los animales relinchaban inquietos. Cuando el cielo se oscurecía con nubes sospechosas, su madre iba a buscarle al establo con un jersey grueso y le repetía por enésima vez su deseo de que permaneciese en el interior. Su madre odiaba la lluvia. El padre de Sam, el antiguo herrero, había muerto de una pulmonía y su viuda se había prometido que su hijo no pasearía bajo el agua más de lo imprescindible. O eso creía Sam. Y por lo visto el uso del agua también se racionó hasta con los baños, con lo que Sam iba siempre cubierto de polvo, barro y hollín, la cara siempre tapada con una capa de suciedad en la que únicamente se podrían ver sus ojos grises si no los mantuviese siempre bajos y escondidos tras sus greñas largas y despeinadas. Así que los días de lluvia cepillaba a los caballos hasta hacerles brillar la piel y las horas volaban hasta que la gente volvía a cruzar el patio y él salía de su sonambulismo para comprobar que el cielo se había despejado. Sólo algunas veces dejaba su tarea y se acercaba cautelosamente a la entrada con el cepillo en la mano y se apoyaba en una de las columnas de madera. Entonces miraba el castillo sin ser visto y espiaba a la joven, que tarde o temprano aparecía intermitentemente tras las ventanas deslizándose como un fantasma. Y podía ver como se descorría la cortina y Carmina contemplaba el infinito con rostro inescrutable. A veces parecía dejar de mirar la lejanía y recorría lentamente el patio con los ojos; entonces Sam se retiraba rápidamente para volver a sus quehaceres. Era en esos momentos que los consejos de su madre volvían a sus oídos como un eco: El hombre modesto es hombre inteligente. El hombre insignificante no tiene enemigos. El hombre viejo tuvo juventud discreta. El hombre que no pasea bajo la lluvia para espiar a las jóvenes damas no coge enfermedades que le llevan a la tumba. Entonces Sam se recogía en un rincón, bajaba la cabeza escondiendo las facciones tras sus cabellos, arqueaba piernas y espalda para ocupar el mínimo espacio posible y cepillaba con fuerza los flancos de sus animales. Ésta es la historia de un día de lluvia en que Sam salió al patio y Carmina lo vio. Y le deseó. |
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