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Para aquellos a los que les gusten las historias sencillas y los cuentos algo retorcidos. Bitter me dice que la tengo sin su ración de relatos y que no puede ser ;). Si quieres saber porqué me embarco en esto, lee aquí. SUEÑOS Llegaron reptando como una serpiente sinuosa, aprovechándose de retazos de sueños y deseos antiguos. Llegaron de noche y se quedaron ronroneantes como un gato que quiere un poco de atención. Llegaron los sueños y con ellos un ansia tan desesperante que Sam se despertaba bañado en sudor y con la respiración agitada. Entrelazados con las imágenes que poblaban sus noches, aparecía cada vez con más insistencia una cara conocida, espiada a través de múltiples ventanas salpicadas de lluvia. Pero su piel blanca tenía ahora tonos rosáceos, y sus delgados labios tenían un color sangriento de los que escapaba un aliento tan cálido que hacía ondular el aire a su alrededor. Aquellos ojos soñadores que se perdían en la lejanía, se clavaban como arpones en su carne, y las manos recatadas se abrían en una invitación a un nada fraternal abrazo. Era ella y no era ella. Era fuego y hielo, era dulzura y pasión. Con cada nueva noche, más piel mostraba la dama, menos recatado su atuendo, más corta su falda y más abierto su corpiño. Hasta que llegó la noche donde no hubo tela de por medio, ni cabellos trenzados, ni pudorosa vergüenza. Sólo había carne suave, pechos palpitantes, susurros jadeantes y densos olores a deseo. Y grabado a fuego en su mente, el nombre de ella, cantado como una letanía. Y Sam se despertaba con una horrible sed de Carmina. Pero del mismo modo que el deseo arraigaba en su mente, también lo hacía una duda punzante. Al igual que el resto del condado, tenía ojos, oídos y memoria, y tal como muchos años antes había asegurado una vieja con fama de bruja, Sam no era bobo. La vieja estaba sentada en una silla con las piernas cubiertas con una holgada colcha de lana de diferentes colores. Iba vestida con un ajado traje negro y llevaba la larga cabellera blanca recogida en una trenza que colgaba sobre uno de sus hombros. Las manos de dedos largos y curvados reposaban sobre la labor a medio hacer que tenía en las rodillas. Sus ojos redondos y negros como los de un pájaro se clavaron cerca de la ventana, pero dado que era muy bizca, seguramente miraba la figura que entraba por la puerta. -Buenas noches, anciana. La vieja seguía teniendo el mismo aspecto que la primera vez que la vio, seca y curtida como una piel sin humedad, y con ese brillo agorero en la mirada desviada. -Buenas noches, Sam. Hace tiempo que no venías. -Tenía cosas que hacer, anciana -se disculpó Sam quitándose el abrigo y colgándolo detrás de la puerta. El joven se sentó en el suelo, que siempre parecía acabado de barrer, y alargó las manos hacia la chimenea dejando que los expertos ojos de la vieja bruja recorrieran su perfil iluminado. -¿Qué tienes, niño? -preguntó al fin la mujer con un asomo de inquietud- Veo en ti algo raro. No pareces el mismo de siempre. Sam se aclaró la garganta sin dejar de mirar las ardientes ascuas del fuego. -Tengo sueños. -¿Qué tipo de sueños? Sam bajó los ojos con un súbito embarazo. -Ah. Ese tipo de sueños. No tengas vergüenza. Recordó el cuerpo blanco y rosado que se abría para él cada noche y las promesas de amor y pasión que repetían entre susurros aquella boca y manos anhelantes. El joven se abrazó sintiendo un escalofrío a pesar de la proximidad de las llamas. -Es repetitivo, enfermizo, y me levanto con un dolor en el pecho, y con… ya me entiendes. La mujer rió con una risa ronca pero aún cantarina. -Eres mayorcito. Deberías haberlos tenido antes. -Claro que sí. No es eso, es la… insistencia. Siento una ansiedad agotadora. Me siento incómodo, como si me faltase algo. Como cuando tienes mucha sed y necesitas desesperadamente beber agua. La mujer estudió distraídamente la labor que tenía en el regazo y la dejó en una pequeña canastilla de mimbre que había al lado de su silla. -Puede ser una pasión pasajera. No entiendo porque has venido a verme. Creo que tiene más que ver con tu libido adolescente que con la brujería. Sam volvió lentamente su cara hacia la mujer y sus ojos grises se volvieron dos afiladas rendijas que pocas personas, tal vez su madre, la bizca bruja que había adoptado casi como una abuela, y el mismo Néstor momentos antes de aquel golpe del que se despertó al caer al pozo, habían visto. -No lo creo. Ha llegado de pronto y no creo que sea natural. La anciana le separó los párpados con sus dedos de uñas gruesas y amarillentas y observó el iris gris del muchacho. Sam notó que su cuerpo olía a hierbas, a humo, y a vejez. No era un olor desagradable. Le hizo sacar la lengua y al fin pidió que le enseñase los antebrazos. Resiguió las venas abultadas del joven y se detuvo con especial atención cerca de la muñeca. Al fin le hizo escupir en un cuenco y mezcló la saliva con un poco de sangre que le extrajo de un delgado corte en el brazo. -¿Y bien? La vieja observó la mezcla con cara de concentración. Profundas arrugas se marcaban en su frente pecosa y frunció sus cejas sin pelos. -No lo sé -confesó al fin. -¿No lo sabes? -Mira chico, esto no es fácil. Puede ser muchas cosas. Pero lo te que puedo asegurar es que hay mezclada mano de mujer, y con talento. -¿Con talento? ¿Una bruja? -El intento es algo zafio, pueril pero efectivo. Cualquier mujer con la suficiente sensibilidad puede hacerlo. Sam escudriñó con recelo la espesa mezcla del cuenco, incapaz de entender su oscuro significado. -¿Qué me han hecho?- preguntó con voz tensa. -Poca cosa. Tu salud no corre peligro. Tan solo te han hecho ingerir sangre menstrual. -¿QUÉ? La vieja no pudo evitar lanzar una seca risotada al ver la demudada faz del muchacho, que se contraía en una profunda mueca de repulsión y asombro. -Es un viejo método para ganarse el amor de un hombre. Es un método suave, no es alta hechicería, aunque el ingrediente es uno de los más poderosos. Quién te lo hizo tomar está tanteando el camino. -¿Pero...cómo? ¿Con qué? La vieja encogió sus hombros huesudos. -Sopa, vino, cualquier líquido. Preferiblemente caliente o templado. A temperatura corporal es mucho más efectivo. Por los síntomas que presentas, debe haber sido una pequeña cantidad, o bien no te has bebido todo lo que te ofrecían. Y no hace más de diez de días. La cara del joven había pasado de la incredulidad a un claro disgusto, y en esos momentos la mujeruca podía leer las huellas de una creciente indignación. -¿Hay algún remedio? El cuenco se agitaba entre las manos apergaminadas y abstraídas de la bruja. -El mejor remedio para esto es la fuerza de voluntad, pero si me pides algo hecho con ungüentos y pócimas, hay algo, pero no te diré de qué está hecho porque entonces no te lo beberás. La persona que te ha hecho esto está convencida de su belleza física. El embrujo es sólo un empujón. Se supone que con ello ya será suficiente. Los sueños que has tenido son una forma de impulsarte a desearla. El vaivén obsesivo de sus manos se paró y la bruja le miró la cara con interés y luego sonrió enseñando sus encías grisáceas. -Eres un chico guapo, seguramente más de lo que crees. Te pareces a tu padre. No me extraña que la joven Carmina te desee. ¿Porque es la joven Carmina con la que sueñas, verdad? ¿O tal vez su madre? En todo caso, me extraña que hayas podido esconderte de ellas tanto tiempo. Tu madre, por una vez, me hizo caso y te enseñó a pasar desapercibido. Sus ojillos redondos de pájaro se clavaron con insistencia en algún lugar tras él, y aunque Sam sabía por costumbre que le estaba mirando, no pudo evitar pensar que era precisamente su visión torcida la que hacía que la vieja bruja pudiese divisar la verdad directamente. -Recuerda una cosa hijo, hagas lo que hagas, no te acuestes con ellas. Hay brujería en esa casa, y uno no puede encamarse con una bruja sin pagar nada a cambio. -No pienso hacerlo -declaró Sam con firmeza. -Pero lo has pensado. -Pero no ahora. No voy a permitir que nadie me obligue a hacer una cosa que no estoy dispuesto a hacer. No quiero que jueguen conmigo. No soy el juguete de nadie. Un hocico de perro se asomó entre la colcha de colores y la falda negra de la mujer. Por su gran bostezo, Godo había estado echándose una siesta de campeonato. Sam le hizo un ademán para que se acercara y el animal se acurrucó entre sus piernas para que el joven le rascase la barriga. La mano del chico era suave y cariñosa, pero su cara y su voz eran frías y decididas. -Anciana, quiero que me prepares algo para contrarrestar el embrujo. Si necesitas algo que no tienes a mano, dime dónde encontrarlo y te lo traeré. -Tiene un gusto repugnante -le avisó la bruja. -Lo que es repugnante, -puntualizó Sam- es lo que me han hecho. La anciana trabajó delante de su puchero durante un tiempo, menos del que esperaba Sam, que se sintió algo desilusionado, y al fin le tendió una taza humeante cuyo olor haría encoger el estómago al menos escrupuloso. Intentando no respirar, Sam se bebió todo el contenido y devolvió el recipiente a la mujer con agradecimiento y una mueca amarga en la boca. Tras ello, buscó un espacio frente al fuego y unos instantes después ya dormía profundamente con el perro roncando a sus pies. La bruja velaba su sueño desde su silla, sin poder evitar orgullecerse de estropear uno de los efímeros caprichos de aquellas nobles arpías, que además de poder y de belleza, usaban sortilegios de aprendiz para acercar a los hombres a sus camas. Estaba contenta hasta cierto punto, porque esta bruja también tenía ojos y oídos, bizcos pero profundos los unos y cada vez más inútiles los otros, pero conservaba también una buena memoria y no era ninguna boba. Y llegaron los sueños. Era de noche y Sam paseaba tranquilamente por la espesura como hacia tantas veces, sin rumbo fijo, envidiando débilmente a las estrellas. El manto de hojas secas no hacía ningún ruido bajo sus pisadas descalzas, pero no prestó demasiada atención a ese detalle. Hundido como estaba en su sueño, no podía reparar en que tampoco brillaban luciérnagas en la oscuridad, que el viento no sacudía las ramas de los árboles, ni que los habituales sonidos nocturnos del bosque habían desaparecido ahogados en una tensa espera. Bajo la luz de aquellas lejanas estrellas, Sam no se ocultaba de nadie, y se mostraba orgulloso, sin suciedad, sin ropas ni fingimientos. Entre las brumas, oyó claramente como Carmina se acercaba. Iba descalza, y sólo un camisón casi transparente matizaba su completa desnudez. En los últimos días ella se había ido acercando más y más hacia él, sin rozarlo nunca, tan solo mostrándose como un trofeo. Pero esta vez la joven se colgó de su cuello, le rodeó con los brazos, y besó su piel una y otra vez, con ósculos candentes. -Bésame -jadeaba con dolor. Sam la abrazó con fuerza y comprobó de nuevo lo pequeña que era ella entre sus brazos, lo hermosa que era su cara ruborizada y lo deseables que eran sus labios entreabiertos. La acarició sobre el camisón y sus dedos se colaron entre la tela para apretar la piel de la muchacha. Carmina respondió a sus besos con pasión, intercambiando respiraciones, agarrando su cabeza con una fuerza que desmentía la aparente fragilidad de sus manos Su saliva era lava en su lengua, y había en ella un regusto amargo. Sam conocía ese gusto, no sabía de dónde, pero se hacía más fuerte en su boca, hasta el punto que los besos se hicieron desagradables y los rehuyó separándose de ella. Se secó la boca con el antebrazo, y pudo comprobar, horrorizado, que estaba manchado de sangre oscura. Sam se despertó con el fuerte gusto de la pócima en su boca y respiró con dificultad en la estancia cargada de olor a bálsamos, medicinas y algo del humo que no podía tragar la destartalada chimenea. Godo gruñía en sueños a sus pies, seguramente amenazando a un gato que le había robado su lugar preferido en el sofá, y la anciana se había dormido también tapada con su colcha de colores y con la insinuación de una sonrisilla pícara en los labios. El joven se recostó de nuevo y observó los ramos de flores y hierba secas colgados de las vigas sobre su cabeza, como el muérdago bajo el que se besa la gente en Navidad. Sam tenía la seguridad que, por ahora, Carmina no iba a ganarle de ese modo traicionero para calentar sus muslos y sábanas frías. . |
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