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. Llevaba tiempo pensando cómo actuar con la bailarina. Había probado ahogando a sus víctimas, pero luchaban hasta el último momento y tendían a hacerse daño al forcejear. Al reventarse numerosos capilares, aparecían hematomas en la cara. También podía romperles el cuello con un movimiento seco, controlando la fuerza para que las vértebras no deformasen la piel. Otra opción era un golpe localizado en la sien, o apuñalar el corazón. Eran métodos que no le convencían. No quería marcas de ningún tipo. Tampoco deseaba amordazarla y atarla. O cualquier otra cosa que pudiera dejarle señales. Quería que su traje estuviera impoluto, perfecto. Tras las molestias que le había ocasionado encontrarlo, no iba a ser precisamente una túnica de usar y tirar. Lo mejor sería seguir el mismo método que con las embarazadas. Narcotizarla y llevar su cuerpo hasta la guarida, sin perder el tiempo. Sólo una luna delgada asomándose tímidamente entre nubes iluminaba el abrupto camino. Cargó con el cuerpo en un descenso interminable, agarrándose a las rocas húmedas y las plantas resbaladizas. A pesar de su habilidad y resistencia, se obligaba a avanzar con desesperante lentitud, asegurando cada paso para no perder el equilibrio. Su silenciosa presa era demasiado importante. Si caía al mar nunca podría recuperarla. Incluso si se lanzaba tras ella y la sacaba del agua, lo más probable es que se hubiera golpeado contra las rocas. Y temía que la sal dañase su delicada piel: defectuosa no tenía el mismo valor. Notaba el calor del joven cuerpo que cargaba, cubriéndola como una manta. Las manos y los pies le azotaban suavemente a cada movimiento. Finalmente llegaron a la cueva. El olor a salubre y de las tejedoras la rodeó, y en lugar de asquearla como otras veces, le pareció de lo más apetitoso. Experimentó un gran alivio cuando se internó en la cueva y llegó hasta las ancianas, que estaban esperándola en la penumbra, haciendo chasquear las articulaciones de sus numerosos brazos. Dejó a la joven a sus pies como si fuera la más preciada de las amantes, la desvistió con delicadeza y plegó las ropas, apilándolas en un saliente que estaba milagrosamente seco. En la luz mortecina de la cueva apenas se distinguían los relieves del esbelto cuerpo, los pechos redondos y pequeños, el vientre plano, la cualidad casi nacarada de su piel y el larguísimo cabello negro que la demonio recogió hábilmente en la parte superior de la cabeza para que no estorbase. Dormía, ajena a los monstruos que la rodeaban. Figuras que sólo había visto en los relieves de los templos. Espectros de historias que alguna vez había representado en el teatro con sus compañeros. El pecho se elevaba al ritmo de su respiración pausada, y su piel estaba erizada por el frío de las rocas. Las tejedoras comenzaron a impacientarse y se adelantaron para tomar el cuerpo de la mujer. La cogieron de brazos y piernas y la colgaron de unas cuerdas que tejieron rápidamente, con cuidado de repartir el peso para no dejar marcas. La cazadora vio cuando la bailarina despertó a la primera incisión en la cabeza. Sintió cómo volvía a la vida. No podía moverse, paralizada por el veneno de las tejedoras. La joven colgada tenía los ojos rasgados abiertos en la oscuridad lechosa. La boca y la garganta anestesiadas, sin ser capaz de emitir ningún sonido. Incluso el dolor debía ser algo lejano, un eco del otro lado del umbral. La demonio las oía trabajar en la oscuridad. Escuchó claramente el sonido que producía la piel al separarse del músculo palpitante. Y los cuchicheos gorgojeantes de las ancianas, coordinándose para ser más efectivas. Decidió esperar fuera hasta que hubiesen acabado. Se retiró a la entrada de la cueva y se sentó en una piedra, temblando de tensión e impaciencia. Desde allí veía el cielo salpicado de estrellas y el mar oscuro, con olas chocando furiosas contra la base del acantilado. Las salpicaduras de agua levantaban abanicos de espuma blanca. Hacía frío. Un viento glacial que se filtraba por su piel vieja y arrugada. Se miró las manos, tan fuertes bajo su apariencia artrítica y los nudillos desgastados. Los surcos de la carne estaban llenos de tierra y suciedad. Tanteó su cabellera desgreñada e hizo un intento por arreglarla. Se detuvo. Observó los brazos llenos manchas de la edad. Dentro de poco tendrían otro tacto y color. La fue a buscar una de las ancianas, arrastrando su cuerpo blancuzco y abotargado por el suelo mojado y la condujo hasta el interior. La oscuridad era casi total, excepto la tenue luz que entraba por alguna grieta del techo. Las tejedoras era sólo bultos informes. No había resto de carne y hueso. Sólo quedaba la piel tendida en los hilos trenzados, como una sábana húmeda para que se secase. Una tela pálida por fuera y roja por dentro, con una capucha de la que colgaba una larga cabellera enrollada. Podía ver las uñas pintadas al final de cada dedo. Y el pliegue del ombligo. Una de las tejedoras la humedecía con una sustancia gelatinosa que sacaba de su boca para que no se resecase. Repugnante. Ahora venía la parte difícil. Se desnudó en la penumbra de la cueva, incómoda por la presencia de aquellos cientos de ojos que observaban sus movimientos. No le gustaba que vieran su cuerpo ajado, aunque no fuera ella de verdad. No podía evitar identificarse con esa carcasa gastada con la que se movía, comía, dormía o se lavaba. Era su piel, quisiera o no. Y la odiaba con todas sus fuerzas. Se volvió de espaldas y cogió un cuchillo de su bolsa. Cuando hundió la hoja en el antebrazo, se le escapó un siseo de dolor. Marcó una línea alrededor de la extremidad, cerca del codo, y otra recta hasta el interior de la muñeca. Intentó meter un dedo debajo. Dolía mucho. Aguantó un aullido cuando comenzó a tirar, separando la piel humana de su propio cuerpo. Dejó caer el cuchillo al suelo, donde se hundió en un charco con un chapoteo que no escuchó, Se detuvo para recuperar fuerzas. Veía la carne algo levantada, y los hilachos sanguinolentos que unían el traje a su propio músculo, como miles de manos ancladas a su cuerpo. Puede que ella odiase su traje de anciana, pero éste sabía que permanecer con ella era la única forma de seguir vivo. Cogió con los dedos el borde levantado y dio un tirón con todas sus fuerzas. Hubo una explosión de calor a lo largo de su carne, como si un torrente de agujas de lava recorriera todos sus nervios, desde el antebrazo a la punta de los dedos tiesos de agonía. El dolor explotó en su pecho, dejándola paralizada unos instantes. Cuando al fin pudo abrir los ojos, vio un largo guante de piel sanguinolenta agitándose en su mano como un pez fuera del agua. Pero no se movía sola: era los dedos que lo sostenía los que temblaba incontrolablemente. Su propio brazo gritaba de agonía hasta que fue apaciguándose. Le palpitaba como si tuviera un gigantesco corazón bajo el músculo lastimado. Las segadoras rechinaban en sus vainas, le pedían que las sacara y se enfrentase al enemigo. ¿Cómo explicarles que este sufrimiento era necesario? Recogió el cuchillo del suelo y apoyó de nuevo el filo sobre su hombro, pensando cuál era el mejor corte. Reunía valor para continuar. Notó un suave y prudente contacto en la cabeza. Una de las tejedoras intentaba llamar cuidadosamente su atención. No querían tocar a sus irritadas segadoras, que luchaban dentro de sus vainas para salir y defenderla. La cazadora bajó el arma y observó extrañada los gestos de la anciana. Al fin pudo descifrar lo que le ofrecían. Si iban a coserle su nueva prenda, debía confiar en ellas. Accedió a entrar en el círculo de tejedoras, que la rodearon como un muro pálido en la penumbra de la cueva. Quería tener los ojos abiertos cuando pasase, no sabía porqué. Necesitaba ser testigo, no podía esperar en las sombras sin saber qué ocurría. Notó el aguijonazo en algún lugar de la columna, algo puntiagudo que entraba con rapidez, separando las vértebras y volcando un líquido frío como el agua del mar y que se esparcía por su interior. Su corazón se ralentizó. Sus brazos colgaron inertes y sus rodillas se plegaron hacia adelante. La cogieron por los hombros y la irguieron de nuevo mientas varias de ellas tejían rápidamente unas sogas resistentes que introdujeron bajo sus axilas. La elevaron del suelo. Era una sensación muy desagradable. Su cuerpo no le respondía. Ni siquiera los músculos de sus ojos, que se habían quedado fijos mirando hacia el frente. Había perdido la visión periférica. Estaba paralizada e indefensa en sus manos, al alcance de sus mandíbulas y su apetito. Tenían un pacto, pero ellas no lo entendían. Las oía moverse a su alrededor. Sus chasquidos y el entrechocar de sus afilados dientes. Sentía vagamente cuando la tocaban con manos rápidas y expertas. Algo entró en su piel y se deslizó produciendo un ruido viscoso. No estaba segura de dónde. El dolor no existía. En la oscuridad de la gruta, el rostro ajado de la cazadora se encendió con tintes verdosos, iluminando levemente los ojos blancuzcos y legañosos de las ancianas. Alumbrando apenas un trozo de lacia cabellera albina. Alguna mano de dedos pequeños y regordetes de bebé, tanteando su rostro como gusanos hambrientos. Su cabeza estaba inclinada hacia delante, con barbilla casi tocando el pecho. Pudo ver cómo unas pálidas falanges desparecían bajo su cuello. Las sintió clavarse y escarbar, y luego tirar hacia atrás. Contempló cómo la piel se separaba de su torso, y los hilachos de carne que los unían quedaban suspendidos en el aire, tintados por la luz verde de sus ojos. Iban alargándose y adelgazando hasta que se partieron con un chasquido y la piel humana se desprendió de su pecho. Notaba como sus músculos rugían de dolor, pero estaba sorda a ellos. Las segadoras a su espalda siseaban como felinos enfurecidos, avisando a las ancianas que no se acercasen demasiado. Las ancianas fueron rápidas y eficaces. Su cuerpo se balanceaba con los tirones como una horripilante marioneta. Notaba que la movían para sacar la piel de debajo de las axilas. El peor momento fue cuando estiraron su rostro humano y sintió que sus propias facciones parecían romperse mientras se separaban. Su cabeza temblaba sin que pudiera detenerla. Durante unos instantes se quedó ciega mientras los pliegues de piel le bloqueaban la visión. Estaba desnuda. Apenas podía ver el estado en el que había acabado su propio cuerpo. Sólo distinguía unas manchas oscuras sobre su torso y poco más. No cumplirán su pacto, pensó con desmayo. Esto me pasa por acabar en manos de demonios inferiores. Pero no fue así. Notó cómo le calzaban unos pies calientes y subían la piel nueva y aún cálida, impregnada de sangre que corría por las venas de la mujer despellejada. El nuevo traje ardía sobre su cuerpo dolorido, los zarcillos de sangre se escurrían entre las fibras de su musculatura para fijarse. Cerraron el vestido por la parte inferior de la cabeza, un corte que quedó oculto en la larga cabellera negra. Cosieron con eficacia, escondiendo las puntadas entre los mechones despeinados. Luego docenas de manos la recorrieron centímetro a centímetro, resiguiendo cada pliegue, por fuera y por dentro de sus piernas. Cubriendo los genitales. Cuando acabaron, la dejaron en una roca, cubierta de una sustancia gelatinosa a la espera que recuperase la movilidad. Se quedó sola, acompañada únicamente por el oleaje rompiendo contra las rocas y el lejano chasquido de las tejedoras en las entrañas de la cueva. Los minutos pasaron con lentitud. Cuando pudo levantarse por si sola, se metió bajo una cascada de agua helada. Permaneció allí debajo, frotándose un y otra vez hasta que quedó limpia. Limpia de ser una anciana también. Observó largo rato sus dedos, la rotación de sus muñecas, el giro del antebrazo. Sus pechos hinchados por los suyos debajo. El vientre plano, las rodillas plegándose sobre sus huesos. Tanteó la cicatriz en su cuero cabelludo y fue incapaz de distinguir la sutura. Quizá su tacto aún no estaba desarrollado en este nuevo cuerpo. Se secó con una muda de anciana que llevaba en el macuto y se vistió con el atuendo de la bailarina, sintiendo un placer inmenso al observar a sus jóvenes manos hacer las lazadas de la tela o la forma en la que el cuello de la túnica se abría ligeramente para mostrar la piel entre sus clavículas. Notó un olor conocido. Oscilando sobre sus nuevos pies, se internó aún más en la cueva. Sus ojos verdes iluminaron galerías de roca. Charcos de agua. Plantas musgosas. Y finalmente a ella. Seguía siendo hermosa. Sus músculos rojos. La exquisita proporción de brazos y piernas. A pesar de no tener piel ni párpados, ni labios… allí estaba la bailarina más deseada, tirada en el suelo como un títere del teatro con los hilos flojos. Sus brazos doblados formaban una bella figura. Estaba despertando. Recuperaba lentamente la sensibilidad. Y con ella debía aparecer el dolor. No se acercó más, se limitó a contemplarla desde la penumbra con un hombro apoyado en la pared, rodeada de una cortina de líquenes fluorescentes. Vio cómo la joven la miraba. Los músculos ensangrentados de su cara se movieron un poco, como si quisiera expresar asombro, u horror. La vio observándola con las pupilas enormes, intentando entender porqué se veía a sí misma en la penumbra, las familiares facciones enmarcadas por ondas de cabello mojado que goteaban sobre su chaquetilla. Una extraña gemela con dos frías antorchas verdes por ojos. La cazadora oyó un gemido estrangulado en el silencio de la cueva. Una petición. ¿Sálvame? ¿Libérame del dolor? ¿Despiértame de esta pesadilla? No sabría decir. Podía haberla matado. Acabar con su sufrimiento. Pero no quería tocarla con sus nuevas manos, ni liberar a sus segadoras que dormitaban inquietas a su espalda, como dos animales que han encontrado una nueva madriguera. La dejó allí para las tejedoras. Por si les entraba hambre. La habían tratado bien y respetado el pacto. Se lo habían ganado.
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