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Para Me dijiste que acabase alguno de mis proyectos pendientes y te lo dedicara. Aquí lo tienes. Amo a Edgar Allan Poe. Sus cuentos han sido siempre fuente de inspiración, con su prosa riquísima que no me atrevo a imitar. Poe nos dejó un gran legado a los que amamos los cuentos fantásticos. Dejó una novela incompleta. Y un cuento también, “El faro”. Hizo sólo la introducción, apenas unas páginas. Así que me he atrevido a acabarlo. ¿Presuntuosa? No creo. Es más bien amor. Como no quiero copiar aquí todo el texto original, os dejo un enlace al texto en inglés (que me ha facilitado Bitter, que siempre me saca de apuros!!!). Os hago un breve resumen: un aspirante a escritor decide coger un trabajo en un faro alejado para tener tiempo para concentrarse y acabar su novela. Solo con su perro, y un hombre que viene cada dos semanas a traer provisiones. Un par de amigos han intentado disuadirle (sus nombres aparecen en mi cuento pero no tienen especial importancia), pero no lo han logrado. La soledad es absoluta. Él, el sonido de las olas chocando contra la estructura y el viento. Un diario en el que anota sus pensamientos. Lo dejó así. No contó de qué trataba el libro. Ni insinuó dónde iba a conducir el relato. Pero es lo bastante sugerente como para dejar volar la imaginación. Y considerando que últimamente me siento algo “a la deriva” en el tema escritura… aprovecho la ocasión. Podría cambiar el inicio y considerar el cuento algo completamente mío. Pero es Poe. Así que es un tributo e incluso he intentado adecuarme a su estilo. De veras, espero que os guste. Yo me siento indecentemente satisfecha del resultado. Edit: (!) TODO lo que veis publicado en esta página es mi aportación. Lo que escribió Poe está tras el link anterior en inglés. . EL FARO (de Edgar Allan Poe y Mordaz) 4 de enero Tras estos primeros días para habituarme a la vida lejos de familia y compañeros, cosa que me ha costado muy poco, y a las tareas rutinarias del faro, que son pocas, he decidido que ya es momento de volver a mi libro. Tengo preparados sobre la austera mesa de mi habitación un quinqué, hojas en blanco, tinta y mis plumas recién afiladas. No veo el momento de devolver la voz a mi protagonista, al que sinceramente, ya echo de menos. Al fin tengo la paz que ansiaba. ¡A trabajar! 5 de enero La verdad, no estoy muy satisfecho de mi primera incursión en la literatura desde que estoy aquí. Parece que este ambiente silencioso y grisáceo ha afectado mi obra más de lo que querría. Mi intención era estar solo para poder concentrarme y avanzar mi novela tras tantas lagunas creativas. No creía que esta reclusión voluntaria iba a impregnar mis palabras. Sin ir más lejos, el personaje principal, Duncan, ha sufrido un cambio bajo el efecto de mi pluma. De ser un joven ambicioso, soñador, irónico, divertido, sensual y extrovertido, siempre rodeado de amigos y admiradores, se ha visto de repente asaltado por pensamientos sombríos y dudas existenciales. Al agriarse su carácter, su cohorte de seguidores ha disminuido. Está perdiendo su encanto y éste era precisamente la base de mi relato. Tengo que redireccionar la historia si quiero ser fiel a la idea original. Tras escribir durante gran parte del día, salí a dar un paseo con el perro. He observado el mar chocando contra la orilla, y la balandra balanceándose al ritmo perezoso de las olas. Tal como estaba acordado, hoy ha venido un hombre del pueblo a traerme provisiones para dos semanas. Un espécimen bajo, robusto, rudo y poco hablador. Tenía prisa y sólo hemos podido intercambiar unas cuantas frases. Me ha molestado un poco su falta de curiosidad, hoy precisamente que me apetecía charlar un poco. Veremos cómo se me da mañana el libro. 7 de enero No he vuelto al diario por puro hastío, a pesar de lo prometido a De Grät. He reescrito párrafos y diálogos de mi libro incontables veces y sigo sin encontrar el tono adecuado. He perdido el hilo, el color. Duncan palidece a ojos vista, y ni siquiera su amante, la coqueta Lucía, logra arrastrarlo a los salones donde reinaba con su belleza masculina y sus picantes ocurrencias. Se ha vuelto taciturno y algo gruñón. Se queda en casa mirando por la ventana y curiosamente, lo único que atino a describir que ve desde allí es la silueta de un viejo faro. Estoy de muy mal humor. Sabía que los personajes cobran vida propia, pero esto es ridículo. Estoy condenando a Duncan al ostracismo. ¡Él, que era tan magnífico! ¡El que se reía hasta de su sombra! El perro capta mi angustia y permanece a mi lado sin hacer ruido. Cuando me desespero se aproxima y me lame la mano, como si intentase animarme. No pienso rendirme. 8 de enero Las tareas del faro son pocas, pero las hago durar todo lo que puedo. He recorrido las interminables escaleras y las inmediaciones del edificio una y otra vez, y comienzo a entender la diferencia entre la concepción platónica de estar solo, y la realidad de estarlo. Ponerme a escribir es una tortura. Duncan no hace nada por salir de su depresión y hasta Lucía le ha abandonado, cansada de su apatía. La verdad es que se ha rendido muy pronto, la muy ingrata… ¡Y ella que le juraba amor eterno! Así son las mujeres. Este viejo perro es más leal que ella. Me daré unos cuantos días de descanso antes de ponerme a escribir de nuevo. Quizá me encuentro en un bache debido a la extrema soledad. Supongo que me pesa más de lo que creía. 14 de enero Dije unos días y se han convertido en casi una semana. He intentado resucitar a mi pobre y querido Duncan de su aislamiento, pero no puedo animarlo. Está triste y melancólico. Odio verlo así. Haré un esfuerzo sobrehumano: esta noche no iré a dormir hasta lograr hacerle sonreír de nuevo. 16 de enero Ayer no escribí nada en el diario por pura vergüenza. Soy un desastre de escritor, un negado. Me escapé del mundo para lograr realizar mi sueño de ser un artista y demostrar que no sólo era un hombre acomodado. No quería ser parte de una sociedad a la que despreciaba. Duncan tenía que ser mi vehículo para ironizar sobre ello. El tiempo está empeorando, casi lo deseo. Así tendré algo de lo que preocuparme y tendré la mente ocupada en mantener el faro en perfectas condiciones. 17 de enero Hoy debería haber venido el hombre con su barca para traerme los suministros, pero no se ha presentado. La mar está picada, quizá por ello no ha comparecido. Hace unos meses no creía que diría esto: quiero tener a alguien con el que hablar, que se quede durante un día o dos. Duncan tendrá que esperar. 18 de enero Ya es media tarde y tampoco ha venido el hombre. No me preocupa el tema de la comida, aún tengo bastante para mí y el perro. Podría cocinar una espléndida cena para dos. Ojalá De Grät estuviera aquí. Hasta Orndoff con sus cotilleos y su maldita pipa. El tiempo ha empeorado mucho. El cielo se ha ennegrecido y el mar está rabioso. Ya es de noche. No puedo dormir. No puedo escribir. No quiero pensar. La soledad me está afectando. Hasta he comenzado a oír ruidos en el faro, además del viento ensordecedor y las olas que se estrellan contra la base del edificio. Me ha parecido oír unos susurros que provienen de la escalera, pero sólo debe ser el eco del mar embravecido. 19 de enero Ha estallado una tormenta terrible. El cielo está totalmente cubierto de nubes oscuras y la lluvia no cesa de caer a raudales. A duras penas puedo salir del faro: el viento amenaza con arrastrarme al mar. Las olas estallan contra el costado del edificio, y un ulular terrible resuena en el interior, haciéndose más tenebroso al descender por las escaleras. El perro se esconde bajo la cama y no quiere salir de allí por muchas zalamerías que le hago o comida que le ofrezco. Así que permanezco aquí, cerca de él. Creo que vuelvo a oír los susurros de ayer, pero más fuertes. A veces creo distinguir una voz humana. Maldito seré si bajo al fondo a investigar. 20 de enero Tengo que racionar la comida, pues el tiempo no parece dispuesto a mejorar, más al contrario. La verdad, tampoco tengo mucha hambre. Escribir este diario es mi único consuelo, ya que he abandonado por el momento el libro. La sola idea de trabajar en mi obra me enferma. ¡Este viento, este diluvio, este ruido infernal! No puedo salir, estoy encerrado vivo. De Grät, cuanta razón tenías al hablarme de la locura de la soledad. Yo que me enfadaba contigo cuando me preguntabas una y otra vez si estaba seguro, si me sentía preparado. Que mi ambición de ser escritor era buena, pero que no creías que este aislamiento me fuera a beneficiar. ¡Esos susurros que me llaman me van a volver loco! ¡Quiero ver a alguien! Por favor, por favor… 21 de enero Escribo esto para que al levantarme mañana por la mañana no caiga en la tentación de pensar que ha sido un sueño. No sé como relatarlo para que tenga sentido. Los susurros se hicieron tan insistentes que casi me volvieron loco. Ni siquiera refugiándome en la cúspide del faro, en la sala circular de gruesos cristales donde gira la enorme linterna, puedo eludirlos. Finalmente cogí un candil, me puse al cinto un cuchillo y en la otra mano una pistola. Así armado, comencé bajar por las escaleras, más por desesperación que por valentía. Y quizá por algo de curiosidad malsana. El perro se negó a acompañarme aunque le amenacé y lo adulé a partes iguales. No puede arrancarlo de debajo de la cama. Las olas restellaban a mi alrededor, y el viento aullaba como un lobo famélico. Los escalones iban descubriéndose a mi paso, mientras la luz mantenía a raya la oscuridad. Los susurros eran cada vez más fuertes, como si alguien gimiese. Seguí bajando, escalón a escalón, con un sudor frío resbalándome por la espalda, los nervios sacudiendo mi brazo y haciendo temblar la luz. Los gemidos resonaban a mi alrededor, era sobrecogedor. Cuando la luz del quinqué lo iluminó, tuve que ahogar un grito. Había una figura tendida en las escaleras. Era un hombre enjuto, con las ropas elegantes desgarradas y el cabello largo y enmarañado. Levantó la cabeza lentamente y el pelo resbaló de su cara con angustiosa lentitud. La cara delgada, las cejas estrechas, los ojos azules desvaídos, la boca grande, los pómulos marcados… ¡Oh Dios, Duncan! ¿Cómo podía ser? ¿Qué juego de la imaginación, de la desesperación, me ha hecho conjurarte en este faro? ¿Y por qué en este estado? Mi primera reacción fue salir corriendo escaleras arriba, pero la voz temblorosa y suplicante de Duncan me detuvo. Pedía mi ayuda, pero como si le diese rabia. Eso me hizo volver a acercarme a él. Era Duncan, sin duda. Ahí estaba la cicatriz en la frente que yo le había otorgado para darle gallardía, las manos de pianista, el lunar bajo el ojo derecho. Me pidió que le ayudara a subir la escalera, que llevaba días allí, sin poder ascender. Le pregunté cómo había llegado al faro y me dijo que con la balandra, por supuesto, cómo si no. No atendí a replicar. ¿La balandra? ¿Desde dónde? Nada tenía sentido. Ahora Duncan duerme en mi cama, acurrucado bajo las mantas, con las heridas vendadas, limpio al fin. Su ropa desgarrada está frente a mí, descolorida, los rojos y los dorados deslucidos. El perro ha salido de debajo de la cama y está tiritando bajo mi silla. ¿Qué sentido tiene todo esto? 22 de enero Hoy ha sido una jornada sorprendente, y puedo decir que mejor en muchos aspectos de las últimas que he pasado aquí. Me desperté apoyado en la mesa, con una manta sobre los hombros. La cama deshecha y Duncan no estaba. Releí el diario, para cerciorarme que no lo había soñado. No sabía si sentirme aliviado o asustado. El perro seguía cerca de mí, inquieto. Le di de comer y subí a la sala de la linterna. Allí estaba Duncan, tapado con otra manta y calzado con unas de mis zapatillas. Nos observamos en silencio. Él había recuperado en parte su famosa distinción. Era alto, de talle esbelto, cara hermosa y largo cabello negro. Volvió a mirar al mar no sin antes pedirme con un gesto que me acercara. El exterior estaba tan oscuro que nuestros rostros se reflejaban en el cristal como en un burdo espejo. Sabía que había creado a Duncan a mi imagen y semejanza, con algunas mejoras, pero no dejaba de ser yo mismo. Él era algo más alto, más guapo, más fuerte, pero nuestra imagen reflejada, aparte de la vestimenta, era casi idéntica. Éramos una ruina de lo que habíamos sido antaño. Ojerosos, demacrados, angustiados. La lluvia repicaba violentamente contra el cristal. Él rompió el silencio. Me dijo que últimamente su mundo se había vuelto del revés y que al final había decidido venir al faro a verme. Sabía quién era yo y que podía salvarlo. Hasta me dijo con los dientes apretados y una mirada de salvaje convicción que estaba obligado moralmente a enmendar el mal que le había hecho. Quería que todo fuera como antes. Yo también lo quería. ¿Pero cómo? Rompe los últimos capítulos, volvamos donde lo habías dejado y sigue desde allí, me dijo con voz apasionada. Acaba la novela. Le aseguré que lo intentaba, pero que no podía. La tormenta, la soledad, el hambre… Duncan se volvió hacia mí y me cogió de los brazos. La tempestad no se iba a retirar, afirmó, ahora ya no estaba solo, y la comida… la racionaríamos aún más. Me dedicó la sonrisa que había arrancado suspiros entre las damas y hasta algunos caballeros. Estaba algo torcida y temblorosa, pero me reconfortó. Hoy volveré a escribir. 23 de enero Esto no va bien. He reemprendido el libro con pasión, esforzándome al máximo. Seguí el consejo de Duncan y rompí las últimas páginas. Volví hasta la escena en la que, tras una violenta pelea, conversaba con Lucía para poner orden a sus sentimientos. Mi personaje se mantenía apartado, sentado sobre la cama, observándome trabajar. Escribí, taché, escribí de nuevo. Al final acabé la escena con un suspiro de satisfacción y se la ofrecí. Duncan tomó las hojas fingiendo desinterés, pero sus manos temblaban. Me apoyé satisfecho en la silla, esperando su reacción. Él leía atentamente, con el ceño fruncido de concentración. Al fin bajó las manos. Le pregunté qué le había parecido, y ante mi sorpresa, escupió sobre las páginas. Me dijo que lo que había escrito era una porquería, una vergüenza. Que él nunca diría esas bobadas y que poco debía conocer yo a Lucía si creía que iba a aceptar aquella retahíla de ñoñeces. Que ella se le reiría a la cara y no estaba dispuesto a consentirlo. Había venido a mí para volver a vivir, pero no a ese precio. Rasgó las hojas con los ojos anegados de lágrimas de rabia. Vuelve a empezar, me dijo con voz amenazadora. No podía creerme su desfachatez. ¿Quién se creía que era? Él era fruto de mi imaginación, de mi tiempo, de mi dedicación. ¿Una sarta de idioteces? Duncan se ha retirado a la sala de observación. Yo sigo aquí, ardiendo de ira. Todo el trabajo de un día perdido. Quizá no estaba a la altura del resto de la obra, pero Duncan no tenía ningún derecho a tratarme así. No pienso escribir nada más. 24 de enero No nos hablamos. Nos ignoramos mutuamente, y en un lugar tan pequeño, es sumamente difícil. La tormenta aún es peor que antes, cosa que parecía imposible. Temo por la base del edificio, no creo que pueda soportar los embates de estas olas gigantescas. Queda muy poca comida. Tal vez para una semana. Hasta que Duncan no me pida perdón, no pienso escribir ni una frase más. Sé que tiene parte de razón, pero su desprecio ha herido mi orgullo de escritor. ¿Qué yo no conozco a Lucía? Yo la amaba antes que él siquiera posase sus ojos sobre ella. Esta tarde Duncan ha bajado a la sala y se ha sentado en una silla, alejado de mí y del perro. Llevaba la ropa desgarrada con la que le encontré con toda la dignidad que le restaba, y mantenía la cabeza gacha, como si reuniese fuerzas. Me ha pedido perdón con un hilo de voz. Le conozco bien y sé que le cuesta disculparse. Me ha asegurado que estaba desesperado, tras tantos días solo en la base del faro, hambriento, enfermo y cansado. Pero sobretodo asustado. Volveré a escribir. Por los dos. 25 de enero El proceso es arduo. Yo escribo y él me pide rectificaciones una y otra vez. Intenta contenerse, pero mientras mi pluma rasga el papel se pasea arriba y abajo como un lobo encerrado. Antes tenía fuerza, pero no esa angustia animal. Entiendo a medias su enfado. Debe ser duro que otra persona ponga palabras en tu boca. Me dice que él no era tan oscuro, tan cerrado, tan violento. Que tengo que escribirle pasajes brillantes, en los que haya gente, risas, champagne, hermosas mujeres, sus compañeros de juegos. ¿Cómo voy a escribir sobre ello si ya no me acuerdo? 27 de enero Hoy hemos vuelto a enfadarnos, y ambos nos hemos hecho daño. Duncan tiene el ojo morado y el labio partido y a mí me sangra la cabeza. La tensión entre ambos es insufrible. Parecemos dos espantajos, cubiertos de tinta. La pelea no sé ni cómo ha empezado. Habíamos avanzado bastante y estábamos enfrascados en una discusión con el padre de mi protagonista. Mientras escribía las líneas de Sir Arthur, no había problema, pero cada vez que escribía las palabras de Duncan, éste gruñía descontento. Le he preguntado una y otra vez qué debería poner, pero se limita a decir esto exactamente no, con esto no lo convenceré, pon algo más contundente… Al final le he tirado el tintero y hemos llegado a las manos. ¿Por qué no lo escribes tú?, le he gritado. Si tanto sabes. Hazlo tú, ya que sabes qué harías o qué no harías. No puedo, me ha confesado a regañadientes. Que lo ha intentado mientras yo dormía, pero lo único que ha logrado ha sido rellenar varias hojas con garabatos ilegibles. Dice que no puede escribir su futuro del mismo modo que yo no puedo hacerlo con el mío. Que busque yo mismo a Dios y le pida que me deje rescribir este último mes de pesadilla. Las lágrimas han manchado de tinta los restos de su camisa, y luego sus hombros se han sacudido por espasmos. Verle así de indefenso me ha desarmado totalmente. Yo estoy muy mal, pero al menos tengo cierto control sobre mi destino. Él no. Hemos llegado a un acuerdo. Trabajaremos juntos. Para salvarnos ambos. 30 de enero No hay comida, pero me es igual. Duncan no come, y la poca que queda se la doy al perro, pues él no tiene culpa alguna. La tormenta sigue, aunque ya no es tan fuerte. Duncan ha ido mejorando progresivamente. Sus ropas se han cosido por arte de magia. Tiene más carne sobre los huesos, y el cabello ha recuperado su brillo. Vuelve a caminar erguido. Yo estoy débil y febril, pero no quiero parar. Quiero devolverle su vida, la que yo le he arrebatado. Él me dice que se encuentra bien, que pare, que coma un poco, que descanse. Sigo escribiendo sobre amigos, familia, calidez, canciones, amor… porque me ayuda a olvidar que estoy preso en este faro que será mi tumba. Pero moriré solo, dejaré la obra completa para que Duncan viva para siempre. 2 de febrero De Grät, lo siento. Todas las fuerzas que tengo las dedico al libro. Duncan está preocupado por mí, y me dice que tengo que abandonar el faro, que se está herido de muerte por la tempestad y que se está desmigajando de viejo. No malgastaré lo que me queda de tiempo discutiendo con él. … 10 de febrero, eso me han dicho Estoy en un hospital. Tras muchos días de protestas, los médicos me han permitido finalmente escribir en mi diario un rato. Tengo visitas: mi familia y algunos de mis amigos que se han trasladado aquí para verme. Estaban todos muy preocupados por mí. El perro no se ha querido separar de mi cama durante todo este tiempo. Es un fiel compañero. No sé que ha pasado realmente. Nada tiene sentido. Dicen que me encontraron en la puerta del hospital, tapado con una manta y con una almohada bajo la cabeza. El perro me guardaba, y que yo a mi vez, protegía entre mis bazos este diario y mi libro, o al menos lo que he llegado a escribir. Ambos estaban envueltos en papel y tela para protegerlos de la humedad. No recuerdo haberlo hecho. No sé cómo he llegado hasta aquí. Mi balandra está atada en el puerto. El faro ya no existe, se partió su base y se hundió en las aguas turbulentas. Dicen que el esfuerzo que hice para escapar debió ser inhumano, y que realicé el viaje inmerso en un estado de sonambulismo. Yo creo que alguien cargó conmigo y me cuidó hasta dejarme a buen recaudo. Las últimas páginas del libro son fabulosas. Algo tristes, pero fantásticas. Volveré a la civilización, acabaré la novela y Duncan vivirá para siempre. Le devolveré el favor.
La relación que establece un autor con su obra… creo que todos los que me leéis sabéis de qué hablo. Es algo… mágico.
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