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Entrad y limpiaos bien el rostro, las orejas y las manos. Bebed agua y escupidla fuera de la casa. Cortad unos cuantos cabellos y quemadlos en el fuego, convertidlos en ceniza y uníos a vuestros compañeros en el círculo del cuento. Aislaos del exterior. Ignorad el viento que susurra llamándoos para que os adentréis en la noche. Quedaos conmigo, escuchad la historia. Hemos llegado a la mitad de nuestro relato. Los demonios se acercan al Templo del Dragón. ¿Qué les esperará allí? Undécima noche: Las montañas brumosas Habían llegado. Ambos se detuvieron unos momentos para poder contemplar el impresionante paisaje que se presentaba ante sus ojos en la suave luz de la mañana. Contra el cielo gris y encapotado se recortaban altas montañas de brumas perpetuas, vegetación frondosa de verdes brillantes y rocas húmedas y resbaladizas. Desde su posición distinguían los senderos escarpados a lo lejos que se perdían en la maleza. El antiguo entrecerró los ojos negros y pudo ver el rastro que se internaba entre los árboles, dirigiéndole hacia un valle oculto donde se encontraba la mujer que buscaba. Se adentraron en un bosque de árboles altos y delgados, donde la niebla blanca lo cubría todo, y unos ojos humanos a duras penas podían ver más allá de la nariz. La temperatura fue bajando al caer la tarde, y el ambiente estaba tan húmedo que la ropa se les pegaba a la piel. El suelo estaba cubierto de musgo. Todo olía a agua en movimiento, hojas en descomposición, flores exuberantes y rastros de bestias marcando su territorio. Y de vez en cuando, sudor humano. Entre la maleza vislumbraron varios animales que se alejaban al oír pasos en el sendero, y hasta un par de pandas masticando bambúes plácidamente, que les dirigieron perezosas miradas de curiosidad antes de seguir comiendo. Ambos seres seguían con su paso flexible e incansable, sin hablar. Tras escuchar la historia de su compañera de viaje, el antiguo se había sumergido en un hermetismo incluso más perturbador. Su cabeza bullía con ideas nuevas. A veces la demonio le descubría con los ojos humanos prendidos en su cuello de mujer, o en sus manos pequeñas, o en las suaves líneas de su rostro. Quizá calculaba cuantos años tendrían que pasar para que él se volviese como ella. O si el tiempo transcurrido lo había unido demasiado a su propio traje y el dolor al separarse sería insoportable. La ironía de todo ello era… violenta. Él no la entendería si se reía. Mejor seguir caminando. De vez en cuando uno de los dos señalaba algún elemento en el paisaje digno de consideración. Comenzaron a advertir mayor número de estatuas cubiertas de líquenes y hongos en los márgenes del camino, señal inequívoca que iban acercándose al gran templo que coronaba las montañas. El antiguo esperaba un encuentro con la secta guerrera y no creía que estos monjes fueran tan fáciles de engañar. A pesar de estar casi cegados por la niebla, oyeron a lo lejos unos golpes secos amortiguados por el suelo limoso. El cazador percibió el característico efluvio, como si un trueno hubiese partido el cielo. - ¿Lo notas? – le susurró la exiliada a su espalda. - Sí. Tras unos instantes, el sonido se hizo más distinguible: pisadas y bastones marcando el paso al unísono sobre la tierra. Antes de ser descubiertos, los demonios vislumbraron entre la espesa bruma una formación de monjes con largos báculos, vestidos de rojo. Llevaban la cabeza completamente rasurada, aunque algunos lucían barba y bigote. Todos portaban collares de cuentas y colgados del cinto, bolsas de piel y pergaminos atados con cordones de algodón y seda. Tenían expresiones serias y parecían preocupados. A un gesto del cazador, ambos demonios se internaron rápidamente entre el follaje, y se escondieron mientras la procesión aparecía en la niebla. El demonio entrecerró los ojos, concentrándose en los hombres que llegaban. Al cabo de unos segundos pudo ver lo que sospechaba. Encima de cada monje, unido a él por un cordón brillante, había una presencia traslúcida de ojos luminosos. Apenas eran distinguibles, sólo contornos imprecisos de un color blanco-azulado con rostros hieráticos. Llevaban largas túnicas transparentes de mangas anchas y amplias hombreras. Petos y protectores de muñecas y antebrazos. Armas en los cintos y a la espalda. Altos tocados sobre las cabezas. Parecían flotar sobre los hombros de los monjes, como un atento vigía de tamaño humano. No tenían pies. La exiliada le imitó y contuvo un respingo de excitación y sorpresa. La secta estaba formada por monjes-iluminados. Eran sacerdotes que, tras un complejo ritual, quedaban unidos de por vida a una entidad del otro plano. Una simbiosis, aunque muchos iniciados no comprendían realmente su verdadera naturaleza. Quizá de hacerlo algunos no habrían aceptado someterse a la ceremonia. Sólo los de mayor jerarquía entendían lo que significaba realmente ser uno de ellos. La verdad era para algunos demasiado perturbadora. Difícil de asimilar. Los monjes creían adquirir nuevas capacidades a través del entrenamiento y la búsqueda del conocimiento en el templo. Que con meditación y esfuerzo alcanzaban una conciencia superior. Abrir el tercer ojo. La verdad es que durante el ritual algo llegaba hasta ellos. Adormecidos por el cansancio, el ayuno y la carencia de sueño, la mente y el espíritu se volvían vulnerables. En ese momento la entidad convocada se introducía en los recuerdos y el subconsciente. Echaba raíces. Y cuando el monje despertaba finalmente del trance, se sentía diferente. Al dejar el círculo, sobre él había una presencia silenciosa, invisible y muda para el resto de humanos. Pero allí estaba. Para siempre. Unidos hasta la muerte. A partir de entonces los iniciados recibían consejo y fuerza de su homónimo espectral. Lo que creían que era una intuición sobrehumana, se trataba de los pensamientos de la criatura que les acompañaba constantemente y cuidaba de ellos. ¿Qué buscaban estos seres al aceptar la unión con un mortal? Había muchas causas y respuestas. Una de ellas era el deseo de intervenir en el mundo humano, siguiendo las órdenes de un poder superior, habitualmente la entidad a la que veneraban los monjes que se sometían al ritual de iluminación. Otras veces, simplemente ansiaban una meta, tener un objetivo para su existencia. Habían perdido la posibilidad de lograrlo en su propio plano. Y en raras ocasiones, para escapar de la muerte. Algunos seres etéreos estaban a punto de desaparecer, de que su esencia se diluyese en la nada. Su única posibilidad de sobrevivir era unirse a la extraña fuerza vital de un ser humano. Como un parásito. Fuera por convicción o por supervivencia, un ente unido a un ser humano le aportaba unas cualidades superiores. Y trabajando en conjunto podían ser muy poderosos. Si en el bosque había esta rara y preciada clase de sacerdotes, es que su meta no debía estar lejos. Parecía que iban a pasar de largo cuando varias de las tenues siluetas se volvieron y agarraron por el cuello a los monjes que acompañaban. Éstos se pararon en seco, y volvieron la cabeza con el ceño arrugado, intentando escrutar en la bruma. - ¡Alto! La escuadra se detuvo y oteó a su alrededor. Los demonios escondidos oyeron en su mente la voz de una de las figuras neblinosas: - Noto algo. El hombre al que estaba unido miró a su alrededor y repitió inconscientemente: - Noto algo. El resto de formas traslúcidas escudriñó el paisaje mientras sus avatares humanos les imitaban. El cazador se aplastó más contra el suelo, e intentó imaginar que no era nada más que un animal asustado. Notaba las fuertes presencias de los espíritus barriendo los alrededores, con sus ojos brillantes y sus armaduras de aire forjado. La mujer se apretó contra él, con la cabeza algo levantada para poder ver entre las plantas. Los hombres se dispersaron en círculo para poder cubrir más terreno, pero no lo bastante como para perderse de vista entre la niebla. Uno de ellos, un monje joven con las facciones marcadas por antiguas quemaduras, se acercó donde se ocultaban. Sus manos jugueteaban con las cuentas del collar, pero sus ojos estaban atentos. Su gemelo espiritual exploraba la vegetación que estaba justo encima de las cabezas de los demonios. Su cara difusa no reflejaba ninguna emoción. -¿Ves algo? –preguntó uno de los hombres a su espalda. El monje de rostro quemado suspiró. - No, hermanos, no veo nada. El ser traslúcido no había apartado la mirada de los arbustos. - Pero lo siento. El hombre marcado volvió a observar las malezas y dijo con aire dudoso: - Pero siento algo. No sé qué. - ¿Podría ser un animal? El ser entrecerró los ojos un instante y luego los abrió. Ahora no eran tan brillantes. - Puede ser. - Puede ser –reconoció el monje más tranquilo y retrocedió unos pasos. El cazador sintió como la tensión se diluía lentamente. Parecía que el disfraz funcionaba de veras. Ni siquiera los espíritus habían logrado sentirlos. Dudaban, pero podían ser engañados. Oyó un crujido a su lado y vio que, bajo los estrechos párpados humanos, los ojos de la demonio eran completamente negros, con estrellas verdes que corrían por toda la superficie. La agarró por un hombro con fuerza. La cazadora le miró y sonrió, los iris humanos de nuevo. -¡Ay, hermano!, me haces daño -protestó en voz alta. Los monjes se volvieron al unísono. El antiguo tenía los ojos desorbitados, sin poder alcanzar a entender tamaña estupidez. La exiliada le sonreía abiertamente y pugnaba por levantarse. -Venga –dijo con voz apesadumbrada- No van a hacernos nada. Parecen buena gente. El cazador la soltó como si su tacto quemase y ella se levantó con presteza, sacudiéndose las hojas y el barro de la ropa. Los monjes se pusieron en posición defensiva, pero se relajaron un tanto al observar a la pequeña chiquilla que salía de detrás de la zanja tras varios bambúes, arrastrando hasta el camino una cesta trenzada. Se retiró el sombrero para que los monjes pudiesen contemplar su lindo rostro manchado donde destacaban unos brillantes ojos negros. - Lo lamento –sonrió tímidamente con su boca rosada- Siento que mi hermano y yo nos hayamos escondido como malhechores. Pero es peligroso viajar solos y teníamos miedo de que fuese una banda de ladrones. Ya saben, quien un día fue picado por la víbora, siente temor a una soga enroscada durante diez años. La cara de los monjes reflejó su alivio. Hasta los espíritus parecían inofensivos, y se limitaron a mirarla. - Nosotros somos quienes lo sentimos, pequeña –intervino uno de los hombres, de cara bonachona y algo de papada- No queríamos asustaros. Habéis hecho bien. Más vale prevenir. Sólo el ternero recién nacido no teme al tigre, ¿verdad? ¿Y tu hermano? La exiliada metió la cabeza entre la vegetación a su espalda. - Oh, vamos, Chen, sal de ahí. –le regañó- Estos venerables monjes van a pensar que te escondes por alguna razón. El cazador se levantó con calma, aunque sentía la ira revolviendo su ser. Una furia desconocida. Escondió esos sentimientos tras una pared y entró en el camino sacudiéndose las ropas y manteniendo la cabeza baja, como si estuviese terriblemente avergonzado. - Somos Chen y Liu Ha –se presentó la mujer uniendo las manos sobre el pecho e inclinando repetidamente la cabeza- Venimos de uno de los pueblos de la gran llanura. Estamos viajando solos para visitar a nuestra abuela, que se encuentra muy enferma. Nuestra madre no puede venir, porque tiene que ocuparse de nuestros hermanos menores y de mi padre. - No hace falta que te expliques tanto, tranquila –sonrió con amplitud uno de los monjes. Pero el cazador advirtió que algunos de los espíritus se revolvían algo inquietos. La demonio les ignoró, centrando sus ojos rasgados en el que parecía ser el jefe del grupo. - ¿Pueden indicarnos el camino hacia la aldea de las tres colinas? - Seguid el camino y cuando lleguéis a la próxima encrucijada, coged el camino de la derecha. Si no lo dejáis durante tres días, acabareis abandonando la montaña y llegaréis allí. Llevad mucho cuidado. - Muy amables –dijo ella haciendo repetidas reverencias, las mejilla arreboladas- Todas las bendiciones sobre sus cabezas. Venga hermano, ponte ahora tú el fardo y apresurémonos. El cazador cargó con la cesta sin decir nada, agradecido interiormente porque su aspecto fuera tan cándido. Se despidieron de los monjes y se alejaron por el sendero. Intentaba contener su cólera hasta que se hubiesen apartado lo suficiente. Observó de reojo a la falsa mujer, que sonreía con inocencia y canturreaba en voz baja. De pronto sus ojos volvieron a oscurecerse, y las motas verdosas brillaron como jade a pleno sol. Dirigió las manos femeninas a su cara, se escupió sangre en las palmas y con un ágil movimiento desenfundó las largas segadoras de su espalda. En ese mismo instante los espíritus protectores se volvieron a la vez, con los ojos tan brillantes que parecía como si una docena de pares de estrellas hubiesen caído entre la niebla. La exiliada se agachó para evitar el rápido brazo del cazador y corrió hacia los monjes blandiendo las dos espadas. Ambas armas aullaban en los oídos de todo aquel que no fuera humano. Un sonido agudo y constante, rozando la locura. Los monjes tardaron unos instantes en reaccionar y no tuvieron tiempo de cerrar la figura defensiva. Algunos hombres comenzaron a recitar cánticos, mientras los espíritus incitaban a sus protegidos a bloquear el ataque frenético de la demonio. Ésta logró cortar varias cabezas antes de que impactara en ella el primer sello. El papel se pegó a su espalda y estalló en llamas. La cazadora rugió de dolor y de excitación. El antiguo soltó el cesto, que se volcó en medio del camino. Tenía dos opciones: o seguir adelante hacia el templo y dejar que se matasen entre sí, o bien acabar con los monjes para impedir que alguno quedase vivo y pudiese alertar al resto de la secta. Escuchó entre la niebla los gruñidos de dolor de los hombres y los siseos de la exiliada al danzar. Oyó el continuo recitar de los cánticos. Los cuerpos cayendo y chocando entre sí. El silbido de los espíritus blandiendo sus armas. Y los susurros de las segadoras mientras acababan con todas las vidas a su paso. El aire olía como en medio de una tormenta. Su propia segadora gritaba indignada porque notaba la presencia de un enemigo ancestral y él no reclamaba su intervención. Pero la espada no era realmente inteligente, era como un animal cegado por el instinto. Como aquella maldita demonio descarriada. Una ventolera sorpresiva le arrojó bruscamente contra una roca. Mientras intentaba levantarse, vio en el camino a uno de los monjes que le apuntaba con los dedos entrelazados. Sobre el hombre, una imponente figura sacudía un abanico enorme. No levantaba ni la más mínima hoja del suelo pero en cambio mantenía al cazador apresado contra la piedra. - ¡¿A qué esperas, antiguo?! –oyó una voz femenina desde la niebla- ¿A que acabe con ellos yo sola? El monje que le apuntaba recitó otras palabras y al mismo tiempo el espíritu volvió a golpearle hasta que quedó con la cara aplastada contra el musgo. No se movió ni un grano de arena ni la más fina brizna de hierba. El abanico le empujaba solamente a él. Tenía un brazo inmovilizado bajo el cuerpo. A un nuevo bandazo, resbaló hacia atrás unos palmos. Su piel se raspó con fuerza y notó un dolor abrasante en toda la superficie en contacto con el suelo. Una sensación extraña, debida al vínculo que tenía con el cuerpo que ocupaba. Había tardado días en lograr su pelaje, y no iba a permitir que nadie se lo estropease. Ya había perdido demasiado tiempo con tantas tonterías. Luchando contra el viento espectral, se puso en pie, con los dientes apretados y los ojos negros como el fondo de un pozo profundo. La espada vibraba pegada a su muslo. Se mordió la punta de la lengua y escupió sobre la mano, que dirigió inmediatamente a su pierna. Notó como un desgarro en su piel dejaba paso al pomo, que quedó atorado por la ropa de sus pantalones. Ahogando una maldición de sorpresa, saltó a un lado esquivando un nuevo ataque. Desgarró la pernera con violencia y la segadora saltó finalmente a sus manos. De un solo movimiento cortó el lazo que unía al hombre y a su espíritu, y ambos, separados, boquearon como un pez fuera del agua. Golpeó al hombre en la cara, y notó como los huesos cedían bajo sus nudillos. La figura del espíritu se deshilachaba, incapaz de mantenerse en el plano físico. Había sido fácil porque no se habían dado cuenta de quienes eran. No se esperaban un resistencia tan explosiva. Pero cuando lograsen organizarse… quizá tendría dificultades para llegar al valle. Tenía que eliminarlos a todos, no había otra opción. Se precipitó hacia el interior de la lucha, para encontrar a la exiliada cubierta de sangre y moviendo las espadas con un frenesí mortal. De la quincena de hombres que había, quedaban diez en pie, lanzando sellos que explotaban a su alrededor, y también los espíritus equipados con mazos y otras armas de aspecto imponente. La entrada del antiguo en el campo de combate creó una extraña pausa mientras se recalibraban fuerzas y oportunidades. No fue mucho tiempo, pero el suficiente como para que los monjes lograran al fin rodearlos. Sus espíritus protectores se alzaban sobre ellos, dominando la situación desde unos metros más arriba. Ambos cazadores se protegieron la espalda y giraron sobre sí mismos, blandiendo las segadoras que gritaban, animándoles, incitándoles, ordenándoles cobrarse más vidas. El suelo estaba removido y el lodo se había pegado a los calzados y los bajos de todas las túnicas. Los hombres vestidos de escarlata se difuminaban en la niebla, o al menos eso buscaban. A los ojos de los cazadores y, sobretodo a sus olfatos, eran visibles como a plena luz del día: arterias pulsando, sudor a miedo y excitación, y sobretodo, las siluetas fantasmales que habían abiertos sus brazos y cuyos ropajes danzaban al son de un viento inexistente. Sus ojos brillaban más que cualquier estrella, iluminando su posición como un farol en la noche más oscura. - Cazadores -siseaban los espíritus protectores, advirtiéndose entre ellos. Adelantaron sus armas para resguardar a la figura que estaba bajo ellos, dándoles tiempo para prepararse. -Demonios del otro lado del umbral- avisó uno de los monjes. Los demás asintieron, de repente conscientes que iba a ser una lucha encarnizada. - Siervos de la segadora. - Son expertos luchadores. Es su naturaleza. - Ladrones de vida. - Beben y obedecen a la sangre. - Proteged el vínculo. - Cuidado con sus espadas. No hace falta que os hieran para haceros daño. - El lazo no debe ser cortado. - No los dejéis acercarse. Y hasta aquí llegamos esta noche. Ha pasado ya mucho rato y es momento de descansar. Primera prueba antes de llegar al valle de la presa. ¿De veras queremos que lleguen hasta allí? Hasta la próxima noche. . . PD de la autora: .
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Jodó con la cazadora, que forma de despistarme. Sale de entre la maleza en plan niñita buena y cuando parece que se van air sin montar mucho escándalo, ñaca, se da la vuelta y lia la de San Quitín en un momentito. Por cierto, muy mal lugar para parar el relato... o muy bueno, según se mire... es muy cruel por tu parte dejarnos con la miel en los labios y que quiero ver la pelea, YA, que seguro que va a ser increible. Y me ha gustado mucho la descripción de los monjes y los seres etéreos. Curiosa simbiosis. Muy interesante. Ah, y si por si sirve de algo apoyo la moción de Bah, no creo que te haya sorprendido... ya me conoces. Besos Es un personaje francamente imprevisible. Tiene una forma de ver las cosas muy diferente del cazador. Puedo imaginarme lo que estará pensando el cazador y te aseguro que no está nada contento. Sé que es feo cortar el cuento aquí, pero quería actualizar y si esperaba a acabar de detallar la batalla iba a tardar una semana más. Así que no he tenido más remedio. Y no, dejad a Erótica fuera del relato XD. A ver, un grado de sensualidad siempre es bienvenido si lo pide el guión, pero nada de polvetes gratuitos en las malezas y mordiscos violentos. No cuando el antiguo no es un ser pasional. Pero estoy de acuerdo que cierto grado de UST nunca viene mal. ¿Soprprenderme? No, sé que te gusta el jugueteo cachondo. Como a mí ;), pero tengoq ue ser adulta y conducir el carro con mano firme. Hay que poner algo de Coherencia. Besos, preciosa. |