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Aviso: Violencia, pero nada que se vea directamente. .: No era consciente de lo agotada que estaba. Siempre se olvida, siempre lo recuerda por las malas. Debe comer e hidratarse. Debe mantenerse fuerte y sana. Pero no demasiado, se recuerda con una mueca. No demasiado :. Ahora “¿Dónde estabas?” Hace tiempo se habría encogido de miedo ante la indignación en el vozarrón de Abel. Ahora se limita a encogerse de hombros y lanza su chaqueta arrugada en el asiento de atrás. “Arranca el coche” le ordena al dejarse caer en el asiento del copiloto tras tirar un par de libros al suelo con poca ceremonia. “No hasta que me digas qué coño has estado haciendo media hora en ese tugurio infecto. Y tienes la puta camiseta llena de sangre”. “No es mía, no te preocupes” “No me preocupa. Vas a mancharme la tapicería del asiento.” A pesar de su rudeza, sabe que el hombre estaba preocupado por su seguridad. Abel es un tipo habitualmente cauto y tranquilo, excepto cuando, bueno, cuando está mascando esa porquería. O cuando está asustado, que es precisamente como se encuentra ahora, los nudillos blancos de apretar el volante. Se mira la pechera de la camiseta, tiene manchas de un rojo intenso rodeándole el pecho. Y parte en las manos y en la barbilla. Menuda porquería. Saca una caja de pañuelos de la guantera y comienza a limpiarse metódicamente. Baja el espejo del copiloto para verse mejor. Escupe en la celulosa y se frota la cara. Tiene las mejillas sonrojadas y el cabello oscuro pegado a la frente. “¿A qué esperas?” “Elena te pateará el culo cuando lleguemos al motel” “Elena puede comerme el coño” El cuatro por cuatro se despierta con un rugido. En un minuto se han alejado del callejón y se han metido en algunas de las vías principales. Montones de bolas de papel sucias se acumulan a sus pies. Estudia su reflejo con ojo crítico. Casi presentable. Rebusca en su bolsa en el asiento trasero y saca una camiseta nueva, de color rojo con unos bordados más oscuros a la espalda, cortesía de Victor. El rojo le favorece estos días, parece siempre estar cubierta de él. Se plantea teñirse el corto cabello del mismo color, pero sabe que sería una tontería llamar tanto la atención. Aunque con lo bien que se porta últimamente, está dejando un rastro tan claro como si lanzase migas de pan tras sus pasos. El ritmo del trabajo ha aumentado mucho. Cada vez es más fácil, cada vez actúa más por instinto, y algunas veces su cabeza ni siquiera participa en el proceso. A Abel le disgusta. Ella se asustaría si no se sintiese tan eufórica. Sabe que se está confiando porque los trabajos son pequeños y aún no la conocen. Dentro de poco correrá la voz y tendrá que ser más cuidadosa. “No me has contestado aún” “Te has dado cuenta. Estupendo” “Apagaste el móvil y quedaste fuera del radar más de media hora. No es lo que te hemos enseñado. Podía haberte pasado cualquier cosa.” “No podía arriesgarme a que sonara el teléfono allá abajo. Encontré a nuestro tipo y lo neutralicé.” Se saca la camiseta usada con un gesto amplio que casi golpea a Abel en la cabeza. Sin disculparse, mete la prenda descartada en una bolsa de plástico. La copa de su sujetador también está manchada, el algodón blanco está expandido una flor de sangre. A la mierda. Mete el sujetador en la bolsa y le echa dentro parte del contenido de una bolsa de papel con caracteres góticos. “Listo” dice satisfecha “Que me encuentren ahora”. El hombre calvo lanza un bufido de exasperación. “Tío ¿me estás mirando las tetas?” le dice con una sonrisa. En el próximo semáforo, Abel le dirige una mirada seria, los ojos tan rojos últimamente que la mayor parte del tiempo tiene que esconderlos tras unas gafas de sol. Su boca oscura se tuerce en una mueca. “Tápate, no llames la atención. Por favor” La mujer asiente con cierta vergüenza y se pone la camiseta por encima, ocultando los diversos colgantes de metal y madera que lleva siempre al cuello. “Será que yendo contigo no la llamamos, boca de cloaca” murmura más para ella que para su compañero. La adrenalina se desvanece con cada latido del corazón, y con la retirada de adrenalina vuelve el miedo y las consecuencias de lo que ha hecho esta noche. Aún es una mierda de aficionada, no tiene la capacidad de Elena para planificación o pensar en todos los cabos sueltos. Tampoco es tan buena como Abel cuando está colocado, así que puede haberle pasado cosas por alto. Apoya las botas en el salpicadero y se tapa la boca con la mano, repasando en su cabeza lo que ha sucedido. Estaba solo, nadie los ha visto. Ningún testigo. El corte no lo ha matado, pero tardará mucho tiempo en volver a hablar de nuevo. Le ha pasado el mensaje, ahora sólo falta esperar. ¿Todo controlado? ¿Ha perdido algo? Lleva el cuchillo con ella, tendrá que lavarlo antes que el filo se corrompa. Ya tardaban. Comienzan los temblores, la piel se enfría rápidamente. Sin decir una palabra, Abel conecta la calefacción. El interior del vehículo se caldea, aunque los escalofríos tardan en remitir. Está acostumbrado a ellos, son como los calambres en las piernas tras correr a toda velocidad. Se estira en el asiento, cansada, y cierra los ojos. No era consciente de lo agotada que estaba. Siempre se olvida, siempre lo recuerda por las malas. Debe comer e hidratarse. Debe mantenerse fuerte y sana. Pero no demasiado, se recuerda con una mueca. No demasiado. Abel conduce con cuidado, nunca sobrepasa los límites de velocidad y cede el paso siempre que es necesario. Las calles al atardecer están llenas de coches de padres que recogen a sus hijos de sus actividades extraescolares. El mundo sigue su curso. La radio se conecta y una música suave inunda el coche. A pesar de tener los ojos cerrados, sabe que Abel la mira de reojo. Muchas veces él le dice que no entiende cómo puede tener un aspecto tan saludable con todo lo que se hace. Entre las peleas, el trabajo, la bebida y otras cosas que él no sabe con seguridad pero se imagina. Estira las piernas y cruza las manos sobre el pecho, decidida a intentar dormir. Tienen aún un buen rato hasta el motel. “Tienes que frenar un poco” oye la voz de Abel por encima de la música. Intenta razonar con ella. Frenar. Lo sabe. No puede. “Si no lo haces por ti, hazlo por el resto”. “¿Por mi? ¿Qué queda de mi?” masculla ella aún con los ojos cerrados “No tengo casa, mis estudios aquí valen un pepino, no dispongo de mis ahorros ni de una forma honrada de ganarme la vida”. Abre los ojos y los clava en la cara de Abel. “¿Y de qué resto hablas? No tengo marido. No tengo amigos. No tengo familia.” Lo ha dicho con todo el veneno del que aún es capaz, muchísimo. Aprieta los labios y cierra los ojos de nuevo. No está preparada para llorar. Lo hace alguna vez, muy poco ya. Pero no ahora. “Sí que los tienes” dice Abel en voz baja, apenas un susurro que ella no debería haber escuchado. “Que te den”. No es momento para introspecciones, ni para autocompadecerse, ni para el odio. Es tiempo para descansar y olvidar por un tiempo esta locura. El calor es letárgico. Espera un sueño tranquilo y libre de pesadillas. Giran por una plazoleta cuando lanza un grito “¡Detén el coche!” Él la mira sin entender, “¿Qué?” “¡Para el coche, para! PARA” Abel detiene el coche justo al lado de un solar en construcción. Las casas al lado son viejas y las calles estrechas. La mujer está mirando algo por el cristal trasero hacia el interior de una de las callejuelas. “¿Qué pasa? “No me lo puedo creer, no me lo puedo creer” dice ella mientras atrapa su cazadora en el asiento de atrás y saca el cuchillo de uno de los grandes bolsillo interiores. Lo mete en la parte trasera de sus tejanos, se estira la camiseta encima para que no se vea, y abre la puerta del coche. “¿Dónde vas?” Abel atrapa la mano de ella en el último momento. La mujer tiene los ojos perdidos en la distancia, su cuerpo intenta salir a la fuerza del vehículo.”¿Qué has visto?” Lo asusta. Con esos ojos claros desencajados y esa sonrisa que sólo ha visto pocas veces, enseñando todos los dientes. Tira de ella. “¿Qué has visto?” repite “Yo no he visto nada”. “Hijo de puta” dice ella, alto y claro. Pero no se refiere a él. Nada es sobre él en estos instantes. Ni siquiera parece que note como sus grandes dedos se clavan en su muñeca. “No me lo puedo creer” De un tirón se suelta y sale del coche. Pero antes de que él pueda renegar por perderla de nuevo, ella golpea varias veces el techo metálico y asoma la cabeza. “Te llamaré” Abel no puede hacer más que verla alejarse a toda velocidad, poniéndose la chaqueta sobre la llamativa camiseta roja, hasta que desaparece por un callejón. “Mierda”.
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