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Estos días estoy de rescate. A la espera que me beteen otro cuento que he acabado recientemente, he estado buceando en mis carpetas y he encontrado esta curiosidad. Se trata del primer “cuento” que escribí para el taller literario, y si puede decirse algo de él es que se trata de un ejercicio de ambientación. En mi caso lo situé en el Japón tradicional, tratando de usar además un estilo de escritura apropiado para el relato. Busqué información para meter la pata lo menos posible y esto es lo que salió. Si hay una palabra para definirlo, creo que es TRISTEZA. Aviso que no se trata de un relato en el que ocurra algo en especial. Era el intento de retratar una situación en un paisaje muy determinado. No creo que pueda leerse rápidamente o esperar emociones fuertes. Para mí es más una pintura que un cuento. Quizá alguien tenga curiosidad y un rato de silencio dónde pintarlo. EL ARTISTA La puerta corrediza de madera se abre con un crujido seco. Los ligeros pasos sobre el tatami y el murmullo de la seda del kimono son los únicos sonidos que hace Yukiko al entrar en la habitación en penumbra. Atenuado por numerosas puertas y paredes, se oye de fondo el eco de la fiesta en el gran comedor. Sobre los ocasionales aplausos y risas de los hombres borrachos, destaca una voz clara de mujer cantando una desdichada historia de amor. Una mano experta la acompaña rasgando puntualmente las tres cuerdas del shamishen. Además de la densa y omnipresente fragancia del incienso, la casa está impregnada de los deliciosos aromas de la cena: arroz humeante, sopa de miso, salsa de soja, vinagre suave, pescado, jengibre, verduras al vapor y el frito del tempura. Desde el salón llega al corredor el olor a sake tibio y té caliente. Esta habitación, en cambio, huele a tinta fresca y a papel de arroz. Al fondo de la estancia, una silueta sentada en el porche se recorta contra la claridad que proviene del jardín. - ¿Amano-san? - Konbanwa, Yukiko-san -contesta cansinamente una voz masculina. - ¿Puedo pasar? El hombre la observa por encima del hombro y vuelve la mirada de nuevo hacia el patio. - Hai. Dôzo. Yukiko cierra suavemente la puerta a sus espaldas y ahoga el rumor de la casa. La única luz que disipa la penumbra de la estancia es la que entra a través de gran mampara abierta de papel de arroz que da al jardín. La temperatura primaveral es agradable. Una suave brisa mueve unos rollos extendidos de papel desperdigados sobre una mesa. La habitación de Amano san es muy hermosa. Los paneles de madera clara están decorados con un elegante paisaje de plantas, aves y peces. De las paredes cuelgan pinturas realizadas con tinta negra y oro, y algunos poemas, escritos con su caligrafía cuidada y redonda, una mezcla de manchas negras y líneas delicadas y sutiles. En el centro de la estancia hay una mesa baja de madera, cubierta de rollos de papel de diversos colores, texturas y grosores, y un estuche alargado con muchos pinceles. Una bandeja negra contiene una gran piedra de tinta china. Sobre las esterillas hay dispersos varios cojines bordados. El futón aún no está puesto, y Yukiko se pregunta por qué la sirvienta no lo ha extendido aún en el suelo. Encima de una pequeña cómoda, un bonsai crece atormentado. La mujer no permite que una punzada de inquietud crispe su cara y aparta la mirada del árbol torturado. Yukiko se acerca arrastrando sus cortos calcetines blancos sobre el tatami. El estrecho kimono le impide moverse con facilidad pero avanza con elegancia llevando una pequeña bandeja en las manos. Las grandes puertas correderas dan a un porche desde el que se disfruta una vista privilegiada sobre el vasto jardín. Un par de arces enmarcan la entrada con sus hojas verdes y moradas, parecidas a alargadas estrellas de mar que se mueven con la brisa. Es una noche clara y fresca, con una luna oronda y pálida que se refleja en el estanque artificial rodeado de rocas y juncos. La superficie del agua se rompe por los chapoteos y bocanadas de las carpas rojas y doradas, que nadan entre las grandes hojas de los nenúfares y lotos. El amplio jardín está cubierto de húmedo musgo, líquenes y pequeños arbustos entre los que serpentean estrechos senderos de piedra y puentes de madera. En los suaves montículos hay fresnos, espesas moreras, nísperos cargados y sauces, magnólios y cerezos cubiertos de flores. Las dispersas lámparas de piedra que iluminan el camino parecen ojos brillantes entre los árboles y las hojas de los altos y delgados bambúes. A través de la vegetación se escucha la insistente llamada de los grillos y algún croar de rana. Un chorrillo de agua se desliza por el juego de balancines de madera hasta caer al estanque con un rítmico borboteo. El aire mueve las hojas de arbustos y árboles, arrastrando las fragancias húmedas del vergel. Momo (melocotón), Sakura (flor del cerezo), Mokuren (magnolia), Tsubaki (camelia), Hasu (Loto), Tsutsuji (azalea). Las palabras resuenan en la cabeza de Amano Kyosuke cargadas de olores y colores. La mujer se arrodilla a su lado, recogiendo las piernas bajo la tela del kimono. Deja entre los dos una fuente con una tetera humeante, un plato con pastas de judía dulce y una pequeña taza. Una simple rama de flores rosadas de melocotonero adorna la bandeja. La mujer junta las manos sobre su regazo y observa al joven en silencio. Amano-san está sentado informalmente en el porche y sus pies descalzos descansan sobre el pasillo de madera que recorre el exterior de la casa. A su alrededor los olores tranquilizantes del baño y los jabones se mezclan con el olor fuerte y dulce del sake. Lleva el largo cabello negro recogido en una coleta, prescindiendo de la moda tonsurada de los samurais. El fino yukata de algodón azul oscuro con pequeños motivos blancos se abre sobre el pecho lampiño y las rodillas separadas. Tiene el cuerpo delgado, con músculos redondos y suaves, y manos delicadas, siempre ligeramente manchadas de tinta negra. Su perfil a la luz de la luna es casi femenino. - ¿Por qué te has retirado tan pronto de la fiesta, Amano san? - Estaba cansado –miente él sin dudar- He bebido demasiado. Yukiko reprime una sonrisa y sus pequeñas manos aparecen bajo las anchas mangas cuando se inclina sobre la bandeja. El hombre la mira de reojo, escrutándola sin ser descortés mientras ella sirve el té envuelta en una tenue nube de vapor. Yukiko hace honor a su nombre. Es delicada y fría como la nieve y su tacto desnudo debe quemar. Aunque es algo mayor que él, las arrugas no han aparecido en su rostro oval, de ojos negros y boca demasiado grande comparada con la exquisita belleza de las geishas que cantan y sirven sake en la fiesta. Pero Yukiko es especialmente hermosa. Su kimono es de seda rosa estampada con pequeñas flores en el borde de las mangas y la falda. Un ancho obi más oscuro ciñe su delgada cintura. A estas horas lleva una prenda informal y cómoda, por si el señor la elige para pasar la noche. Miyamoto-sama es inflexible con la limpieza y no permite que sus esposas y amantes usen el suntuoso, incómodo, y muchas veces sucio peinado de las gueisas. Así que recoge su larguísimo y brillante cabello sobre su cuello con una peineta de nácar. Mientras se inclina sobre la bandeja, el kimono y la ropa interior blanca de algodón dejan a la vista el largo cuello y un poco de piel de los hombros. Hasta la nariz de Amano llega el suave perfume a polvos y maquillaje. La mujer apenas los usa porque el señor no soporta encontrar restos de afeites en su piel tras una noche con su concubina preferida. Yukiko huele también a melocotón. - Desaparecer mientras las geishas interpretaban su baile de los abanicos ha sido descortés por tu parte –le reprende ella con frialdad- Es la celebración del ascenso de Miyamoto-sama y todas nos hemos tomado muchas molestias para preparar el banquete. El emperador le tiene en mucha consideración. Es un gran honor. Amano, embriagado por el sensual olor y sorprendido por el reproche, enrojece de vergüenza. - No pretendía ser descortés. Gomen. - No tienes por qué disculparte conmigo –asegura Yukiko, pero está claramente complacida. Así que se permite ser más benévola- No creo que el señor se enfade contigo. Has recitado unos haikus preciosos. - ¿Los has oído? - Sí, con las otras mujeres desde la sala contigua. Yukiko le ofrece la taza de té verde que acuna entre sus manos. - Arigatô gozaimasu –agradece el hombre. Él la toma de sus manos sin rozarle los dedos, notando de inmediato el calor que desprende la vasija de color claro. El vaho le lleva a la nariz el olor fuerte y relajante del o-cha. Bajo la tenue luz, la bebida es turbia y los trozos de hoja flotan en el fondo como pequeñas escamas de papel mojado. El calor reconforta sus manos y el olor le despeja la nariz del perturbador aroma de la mujer. Rechaza educadamente las pastas de judía. Una repentina ráfaga viento sacude los árboles y provoca una lluvia de hojas de cerezo, pequeños corazones blancos y rosados que revolotean como mariposas antes de posarse sobre el agua del estanque. Algunas caen en el pasillo a sus pies. Amano rompe el silencio. - Quiero irme. - ¿Adónde? – pregunta Yukiko repentinamente alarmada. - No lo sé. Más tranquila, ella se permite una sonrisa de suficiencia. -¿Qué harías allá fuera, Amano-san? El país está revuelto y es peligroso andar solo. Eres un artista, un pintor, un poeta. ¿Cómo te ganarías la vida? Tus brazos no están hechos para llevar katana y no puedes enterrar tu talento en un campo de arroz. Eres joven, aún necesitas un mecenas, y el señor te aprecia de verdad. Todos te apreciamos aquí. Además, tu oneesan te echaría de menos. Amano se pregunta mientras saborea el amargo té si Yukiko le presiona a propósito. Ella le ha pedido varias veces que la llame Oneesan, pero Amano no quiere, porque nunca podrá verla como una hermana mayor. Así que se limita a llamarla Yukiko-san. La fiesta parece haberse desvanecido tras las puertas, y ambos comparten el silencio casi religiosamente, disfrutando de los olores, el rumor del agua y el crepitar de las hojas en la brisa nocturna. Acunado por los murmullos, las palabras de un poema comienzan a tintinear suavemente en la cabeza de Amano como gotas de lluvia sobre el tejado. Se escurren hasta su tintero y esperan que él las rescate con un pincel y las extienda sobre el papel. Últimamente todos los gestos de su mano la dibujan a ella. Los trazos de sus kanjis y kanas son la curva de su cuello, el dorso de su mano, la línea de sus hermosos ojos rasgados. Las letras evocan su peinado y los pliegues de su ropa. Tiene que refrenarse para no escribir su nombre en todos sus haikus. Yukiko-sama, mi señora. Yukiko-san, mi igual. Yuki-chan, mi pequeña. Boku no Oneesan, mi hermana mayor. Amano se imagina tomando la blanca mano de la mujer, abriendo suavemente el cuello de su estrecho kimono y aspirando el olor de su cabello y piel. Incluso se atreve a fantasear el poder vislumbrar brevemente sus hombros y sus pantorrillas desnudas. La imagen le excita tanto que teme que el temblor de la taza lo descubra. Pero Amano no alarga la mano, y se conforma con admirar a la mujer de reojo. Ella nunca lo aceptaría. En sus actuales condiciones, no le ve como un hombre de verdad. Si lo intentase se ofendería y no volvería a dirigirle la palabra. No podría soportarlo. Así que no hace nada y sigue bebiendo el té amargo. El momento se escurre en el tiempo y la oportunidad muere con él. Tras una barrera de bambúes, oyen abrirse las puertas que dan al patio cuando comienzan a retirarse los primeros invitados. Les llega el ruido de numerosas pisadas sobre las piedras, el crujido sobre los puentes de madera y apagados retazos de las últimas despedidas. Yukiko se revuelve lánguidamente como si despertase de un agradable sueño. Se tapa la boca con una ancha manga del kimono para esconder púdicamente un bostezo. - Es tarde, ¿desu ne? - Sí. - ¿Y el futón? - Le dije a la sirvienta que no lo pusiera. Quería escribir un rato. Yukiko mira discretamente la mesa, pero no parece que el joven haya escrito nada tras la fiesta. - Entiendo. Pero ya es hora de acostarse. Yukiko se levanta con un susurro de tela y cruza la habitación. Abre el armario y saca un gran futón enrollado que extiende en el suelo con movimientos rápidos y precisos. Amano quiere decirle que no lo haga, que no quiere acostarse, pero se limita a apretar las mandíbulas y clavar la mirada en los posos de su té hasta que lo ve todo borroso. Desde hace unos meses odia las noches. No le traen reposo. Yukiko atusa la almohada y la coloca en su sitio. Luego se acerca hasta él y comienza a recoger la vajilla. Al recoger la taza de las manos del joven, su manga le roza como una caricia. La mujer se retira con un susurro mientras sus pies se deslizan sobre las esterillas. -...Me retiro. Oyasumi. - Hai. Konbanwa. Yukiko abre la puerta corrediza e inclina el cuerpo a modo de despedida cortés antes de desaparecer. Amano cruza los brazos sobre las rodillas y hunde la cabeza. Su mano balancea tristemente la rama de melocotonero. Los últimos retazos de la fiesta se desvanecen, las geishas se han retirado discretamente hasta sus carruajes y los últimos invitados desaparecen en las sombras del jardín, borrachos, mimados y agasajados hasta quedar satisfechos. Los criados retiran rápidamente los restos del banquete, las luces de la casa se extinguen, y los corredores quedan en silencio. Los rumores del jardín son ahora los únicos que oye el adormecido Amano. Amano ha aprendido a odiar las noches en esta casa porque cada una que pasa lo separan más de Yukiko. Él es un artista y no entiende de ardor guerrero, de sangre ni espadas, pero sí sabe de honor y a veces se siente a varios suspiros de cometer el seppuku. Oye sobresaltado cómo la puerta de su habitación se abre. Unos pasos pesados y vacilantes que se adentran sobre el tatami y un cuerpo grande que se desprende de la ropa para acostarse en el futón. Un fuerte olor a sake y sudor masculino ha invadido la tranquilidad de la estancia, imponiéndose sobre el olor de la tinta y el papel. El olor del amo. Amano aplasta las pequeñas flores entre sus manos y aspira con dolor. No sabe si el efímero olor a melocotón hará más corta o larga la noche. Si atenuará o agravará el sufrimiento y la vergüenza. El joven entrecierra las puertas del patio, matizando la claridad del exterior. Se desnuda lentamente desoyendo la respiración pesada y anhelante que llega desde su futón y ya sin nada más que hacer, entra en la hirviente cama con la piel helada.
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