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Llevo una temporada algo extraña. No mala. No estresante. Sólo rara. Tengo muchas cosas en la cabeza y la sensación de que el tiempo se me escurre entre los dedos. Siempre la he tenido, pero ahora es más acuciante que nunca. Acabo de leer una entrada de Curioso. Porque estas semanas he estado planteándomelo. No sé si totalmente en serio o como esas fantasías morbosas que a veces tengo sobre cómo reaccionaría si me diagnosticasen un cáncer terminal. No he dicho que sea sano, sólo que a veces mi mente va por libre. Esta vez me he planteado dejar de escribir. Dedicarme a leer a mansalva. Últimamente mi horario está saturado con familia y con garabatear siempre que puedo. No me queda mucho tiempo para otras cosas. Escribir es vital para mí, pero estoy desganada. Sé la razón. Nos pasa a todos. Me lié con hacer un fanfic (y dije que NUNCA, NUNCA lo haría) y se está alargando mucho. Me gusta. De hecho estoy muy orgullosa. Pero pensaba que lo mataría en unos meses y es eterno. Sí, sé que tuve que parar por mi embarazo (no soportaba estar delante de la pantalla) y luego por razones obvias que lloraban continuamente y pedían atención y mimos. Así que se ha alargado. A esto se le ha sumado una pérdida de lectores de esta obra. Y la llegada de algunos nuevos. No me quejo. Sé que la historia ha estado en barbecho mucho tiempo y eso hace de decaiga el interés. Me pasa a mí, así que lo entiendo más de lo que creéis. Pero eso añade la sensación de estar haciendo algo mal. Y sé que el nivel de los capítulos es bueno. Debe ser la abulia primaveral. Me da pereza escribir. Tengo tantas historias por acabar y a las que quiero tanto… Tengo una terrible sensación de culpa.- No podéis imaginar la de cuentos a medias y que son potencialmente fabulosos (La serpiente y la mangosta, El mercado de lo insólito, Noches en Tierra Santa) que están allí lloriqueando en un rincón. Y no pienso hablar de mis amados originales largos. Así que me planteé: ¿para qué? ¿Para qué dedicar tanto esfuerzo? Sé que la respuesta es obvia. Porque escribir es mi catarsis. Porque Mordaz es una escritorzuela y siempre lo será. Porque si hay algo que me define es mi relación de amor-odio con la escritura. Me pone. Me enerva. Me deprime. Me da alas. Me hace sentir una mierda sin talento y otro día una artista con una paleta de letras. Pero la idea me ronda de nuevo. Liberarme. No más yugo del Word y el diccionario. No tener que sufrir porque el párrafo no tiene la cadencia musical o la descripción no transmite exactamente esa sensación de frío y dolor que pretendía. Ser pasajera de las frases de otros a tiempo completo. ¿Sabéis qué? Que debo ser géminis hasta el tuétano. Porque mi pareja me ha llamado y me ha dicho: ¿Te compro el portátil chiquitín para que puedas escribir en el tren? Y ya sabes lo que le he contestado sin dudar un segundo. |
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Yo tengo épocas de silencio. De hecho, llevo meses en más o menos la misma situación que vos. Y casi no escribo. Y cuando lo hago, de tanto en tanto, suele ser más que nada de un tema (las musas) o algún delirio momentáneo y pasajero que perece casi en el intento. Tiempos de silencio, le llamo yo. Tiempos en los que leo mucho y escribo poco. No porque no tenga nada en la cabeza, sino porque no tengo nada para contar. O lo que sea que tengo en la cabeza, me parece que no vale la pena verbalizarlo. Cualquiera sea el caso, como todo en la vida, son etapas. Ya vendrá otro momento, otro tema, otro espacio, otra época. Y volverás a escribir. Quizás de lo mismo. Probablemente, de algo diferente. Con toda seguridad, algo que querremos leer. ¡Besos, nena! Estuve demasiado tiempo en silencio, así que le temo. Temo la flaccidez de la mente y desentrenarme hasta el punto de que parezca que balbuceo. Sé que no será así, pero me asusta. Hay cosas que pueden mitigarlo: - Recoge que nos vamos. - ¿Qué, cómo, dónde? - Mueve tu gordo culo, que nos reclaman en el Olimpo. Mordaz se queda mirando a la musa que acaba de insultarla con manos aún sobre el teclado. Misteria está en la puerta de su despacho, vestida de negro como es habitual y mirándola fijamente sin tener la decencia de quitarse las gafas oscuras. A su lado está otra de sus hermanas, Coherencia, con su traje impecable y su peinado tan estirado que parece que tenga que desgarrársele el cuero cabelludo. - ¿Disculpa? - Estás disculpada. Digo que cojas el petate y te vengas con nostras. Hay reunión de urgencia en el Olimpo y Apolo quiere allí a nuestros escritores. - ¿Para qué? - Para lo que sea. – interviene Coherencia- No lo sé. No me importa.Tenemos orden directa e inapelable. - Ya. Pues la apelo yo. No. - No puedes negarte. - Mírame. - Tienes que cumplir tu parte del pacto. ¿No lees te la letra pequeña? - ¿Yo? Parece que no me conozcas. - Cuando firmaste el contrato… - Yo no firmé ningún contrato. Fue un acuerdo verbal. Él me daba musas particulares las 24 horas. - ¿Y te crees que era por tu cara bonita? – pregunta con sorna Misteria. - Yo creía que era porque Apolo quería leer mis historias. No lo sé. No hablamos de contrapartidas. Me pareció un tío majo, aunque algo cansino. - ¿No te contó el sistema de retribución de servicios y los apéndices del escritor? - No recuerdo. Pero la verdad es que hablaba tanto… puede que desconectara tras un rato. Ya sabes que tiendo a dejar de escuchar cuando pienso en mis cosas y me limito a asentir con la cabeza y hacer ajá, sí, vale, de forma automática. - Pues que sepas que hay una cláusula en nuestro contrato verbal con Apolo en el que tendrás que comparecer ante él en caso de que se necesiten tus talentos. - Mis talentos, dice la jodía. Supongo que se refiere a escribir más mal que bien, porque si pretende oírme cantar, va listo. O bailar. O cocinar. O esculpir, O cualquier otra cosa… - Mira, tenemos orden de que vengas con nosotras al Olimpo. Mordaz mira a la musa con tanta concentración que está a punto de ponerse bizca. Intenta articular un par de excusas que no llegan a salir de sus labios. Frunce el ceño. Se muerde el interior de la mejilla. Y finalmente se encoge de hombros. - ¿Qué me pongo? Del otro lado del Atlántico - Parte 1 - ¿Y para qué es que quieren que vaya? – pregunta Enia desde la habitación, en donde está embadurnándose en crema luego de su sesión de pileta. - No lo sabemos – replica Euterpe, jugando con un porta incienso que tienes dos flores de alpaca, regalo de un amigo cuando la pseudo-escritora se mudó a ese departamento. - ¿Y cuánto tiempo se supone que estaré ahí? – es la siguiente pregunta que llega desde el cuarto. - Tampoco nos lo dijo – responde Talía, que anda bailoteando frente a la televisión, en donde están pasando el recuento de las 100 mejores canciones de los años 80. A toda prisa, Enia pasa de la habitación al baño, guardando el perfume y el desodorante en el armarito que hay allí, al tiempo que busca el secador de pelo para alisarse un poco el pelo. - Chicas, la verdad que no sé – casi grita, para ser escuchada por encima del ruido del aparato -. Hoy tengo un día horrible y no creo que pueda faltar al trabajo. - Dudo mucho que eso le importe a Padre – le comunica Melpómene, que está hurgando entre la colección de perfumes de la compañera de departamento de Enia. - Y yo dudo mucho a que mi jefa le importe lo que tu padre tenga para decir – dice Enia, saliendo del baño para dirigirse nuevamente a su cuarto. - ¿Esta es tu agenda de reuniones para hoy? – pregunta Polimnia, que está husmeado una agenda que hay sobre la mesa. - No… Es la de mi compañera de departamento. Yo no uso agenda – replica Enia, apareciendo para cebarse un mate y buscar el planchador. La falda que planea ponerse está toda arrugada. - Deberías – sugiere Calíope, que está sentada en el sillón hojeando los tres libros que Enia compró la noche anterior. - Si uso agenda, dejaré de usar mi memoria. Y si uno no ejercita la memoria, se pierde. ¿Has leído ese libro? Me parece que debe estar interesante – comenta. Calíope asiente, mientras lee la contratapa. - ¿Tú también piensas que no es buena idea depender de agendas, teléfonos o artilugios electrónicos varios? – pregunta Urania. - Uri y yo siempre decimos que es mejor mantener la mente activa – agrega Polimnia. - La gente no se da cuenta de que, dependiendo de computadoras o elementos varios de ese estilo, el día que se quedan sin baterías, sin electricidad, sin internet o se les rompe o se los roban, ¡están fritos! – Enia plancha con rapidez y precisión, aún cuando seguramente no con el estándar que dejaría satisfecho a su tío -. Preferiría usar una agenda de papel. Pero claro, eso se contradice con mi conciencia ecológica, así que bueno… intento usar mi propia memoria. La misma que me recuerda que hoy tengo tres reuniones, debo terminar de leer cinco documentos y revisar los circuitos que dejé encargado que se terminaran, además de sus procedimientos asociados – desenchufa la plancha y sacude la falda, antes de colocársela -. No puedo simplemente faltar. - Tu jefa es tu amiga. Ella te dará permiso. - Mi jefa es mi amiga, pero sigue siendo mi jefa. Si no le doy razones de peso, se cabrea como cualquier otro buen hijo de vecino. - No tenemos idea de para qué Padre te está convocando. Cada tanto hace estas cosas – dice Urania. - Pero sí tenemos idea de que firmaste un contrato… - le recuerda Polimnia. - Yo no firmé ningún contrato… - la voz llega desde la habitación, donde se está prendiendo la camisa. - ¡Qué rico este perfume! – le comenta Melpómene y se gira hacia la puerta -. Erato, ven a oler esto. - Fue un contrato verbal. En el mundo del Olimpo, equivale a firmar un papel– aclara Calíope. - Unos adelantados en la despapelización, ustedes los del mundo del Olimpo – murmura Enia. - Como decía – retoma Polimnia -, cerraste este trato verbal con Apolo, en donde hay algunas letras chicas que le permiten a Padre convocarte cuando le parezca. - Apolo no dijo nada sobre letras chicas – anuncia Enia, frunciendo el ceño en un intento por recordar. - Bueno… tal vez las murmuró – dijo Talía, divertida -. Digo, son letras chicas, ¿no? - Ja-ja. – replica Enia. - Enia… debes venir con nosotras. Ahora – señala Urania. - No puedo ahora. Al menos, tengo que hablar con mi jefa y organizar todo el trabajo que tengo pendiente. Además, hay cosas que tengo que decirles a los chicos en la oficina, que me encargó mi jefa ayer. ¿A qué hora empieza la reunión en el Olimpo? --- continua ---- Del otro lado del Atlántico - Parte 2 - ¡No es una reunión, mujer! – replica Clío. - ¿Ah, no? ¿Y qué es? - Es un… ¿cómo lo llamó Apolo? – pregunta Euterpe. - Brainstorming – responde Polimnia, poniendo los ojos en blanco e imitando el tono pedante de su hermano. - Eso. Brainstorming – repite Euterpe. - ¿Sobre qué tema? – pregunta Enia entonces, buscando en la heladera los yogures que llevará a la oficina. - No sabemos – respondió Terpsícore, que emerge de la cocina con un café con leche y una tostada. - Chicas, no es por nada y sin que suene personal, pero ¿acaso es que Apolo las manda y ustedes van, sin siquiera averiguar ALGO antes? - Apolo no nos mandó – respondió Calíope y le muestra uno de los libros nuevos – Me llevo este y te lo devuelvo cuando lo termine. - ¿Cómo que no las mandó? Dijeron que venían porque tenían un mensaje que darme… - Sí, claro. Pero no nos mandaron – señala Urania. - Nos ofrecimos a venir – agrega Talía. - Siempre tienes cosas ricas – aclara Terpsícore. - Libros nuevos – dice Calíope. -Y tienes esa panadería con facturas increíbles en la esquina – señala Urania. - Y, por supuesto, Apolo no vendría aquí ni a palos – concluye Clío. - ¡Clio! – exclama Polimnia, molesta. - ¿Qué? ¡Es verdad! Ese idiota de Apolo no quiere saber nada con venir hasta aquí porque ELLA no le cae bien – responde Clío. - ¿Yo no le caigo bien? ¿Por qué? – Enia la mira, dejando su bolso sobre la mesa. - Residuos de esa charlita que tuvieron hace tiempo, ¿te acuerdas? ¿Cuándo fuiste a explicarle el asuntito sobre los Acuerdos de Niveles de Servicio y la necesidad de poder decirle NO a un cliente? – le dice Polimnia y sonríe. Enia la mira con remordimiento. - Sabía que tal vez no debí hablarle con esos términos, pero… ¡es que él fue tan pedante! Reconozco que los ignorantes, cuando son pedantes, me sacan de mis casillas. - No te defiendas, querida, que nosotras te apoyamos. Como sea, también te recordamos que le caigas bien a Apolo o no, y le guste a tu jefa o no, tienes que venir con nosotras. Frustrada, Enia se ceba otro mate y se lo toma, antes de mirar a las musas. - ¿Soy la única que estará ahí? - - Creo que - ¿Crees? – pregunta Erato, levantando una ceja. - Buenísimo entonces. Pasamos entonces primero por la oficina y después vamos, ¿si? – dice Enia, ignorando las miraditas que se lanzan las dos hermanas. Todas se ponen de pie y Talía da saltitos, mientras pregunta: - ¡Vamos por tu oficina! ¿Y entraremos con tarjetas electrónicas de esas que te dan paso? ¿Tendremos que registrar huellas digitales? ¿Nos van a palpar algunos policías excitantes? Enia sonríe. - Sí, no y en tus sueños… ----------------------------- ¡This is ALL your fault! |
On April 20th, 2009 01:10 pm (UTC), (Anonymous) commented: Tengo la sensación de que nunca lo dejarás. No podrás. Y tampoco quieres? Es sólo un pálpito, quizá esté equivocada, tampoco te conozco tanto. Hola! (por cierto). Tenía la tarea pendiente de pasarme por aquí más a menudo. Un beso. Adri Yo tampoco lo creo. Si dejase de escribir presiento que me faltaría algo. A veces creo que si poseo alguna habilidad, es la de juntar palabras y hacerlas sonar bien. Si me quitas esto... ¿no sería como estar ciega? Te debo mail y te preguntare aquello. |