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Éste es un cuento que me encanta porque supuso una enorme dificultad. No contiene los elementos de S&T, es decir, no hay angustia, ni sexo, ni violencia... pero creo que es una lectura interesante. Se trata de una reflexión. Situado en la Grecia Clásica.
LA BELLEZA Y EL PODER . Andrómaco camina con su paso seco y seguro por los corredores vacíos, conteniendo sus piernas jóvenes para adecuarse a mi andar cansino y prudente. Oigo el roce de sus sandalias contra el suelo de piedra, el entrechocar de las pequeñas placas de bronce en su coraza de piel, y el golpeteo de la funda de la espada corta sobre su muslo. Marcha siempre con la espalda erguida, moviendo rítmicamente los hombros. Aún es un mancebo y su altura es perfecta para que mi mano izquierda repose cómodamente cerca de su cuello. Noto sobre mis dedos artríticos sus cabellos rizados lavados con romero. Podría distinguir entre una multitud su respirar tranquilo y su olor a cuero y sudor limpio. Le tengo bajo mi tutela desde que su padre me encomendó meter algo de sentido común en esta cabeza soñadora. Andrómaco me guía por el centro del pasillo, sobre losas desgastadas por mil pares de pies, formando un cauce suave que te conduce por los senderos del edificio. Todos desembocan en el gran jardín. “¿Cuántas audiencias tenemos hoy?” le pregunto sin demasiada curiosidad. “Sólo una, cosa extraña” el joven tiende a hablar conmigo en susurros, aunque estemos solos. “Buenas noticias.” le sonrió alentador, aunque no sé si está mirando mi rostro “Poco trabajo” “No lo creo, maestro” el balanceo de sus cabellos y el crujir del cuero me indican que niega vehementemente con la cabeza “Nos lo han enviado porque los otros jueces no saben qué hacer con este caso. Cosa de herencias” Oigo pasos que se acercan. Andrómaco reduce la marcha, lo que me indica que nos acercamos a alguien a quien apreciamos, o al que nos interesa tener contento. “Es el pomposo de Menelao” me susurra con una práctica aprendida con los años, la voz distorsionada un poco forzándola en una sonrisa “Va acompañado de su nuevo amante”. Nos detenemos casi al unísono. Me giro hacia el punto donde me indica con el movimiento de su hombro; sonrío al vacío. “Maestro Anquises, señor Andrómaco. Qué alegría verles. Tenéis buen aspecto, maestro.” Me dirijo donde proviene la voz. Es una voz aflautada, de adolescente aunque sé que Menelao ronda los cincuenta. El político huele a polvos y aceites para la piel. No oigo al joven que le acompaña. Menelao tiene mucho dinero y poder en el consejo, y aunque yo estoy hasta cierto punto libre de intrigas palaciegas, no debo olvidar nunca que soy viejo e indefenso. Me conviene ser agradable. “Eso espero” sonrío benévolamente “Hoy hay audiencia y hay que tener buena presencia.” Sé que mi trabajo no le interesa mucho, al menos hasta que sus intereses topen con mi autoridad como juez. Hay algo que llama más su atención. “Qué hermosa espada llevas, Andrómaco. Digna de un general.” La voz de Menelao intenta ser seductora sin que se note, pero nunca ha sido muy sutil. Mi compañero es un joven agraciado y de trato amable. No hace falta tener ojos para saberlo, oigo cómo reaccionan hombres y mujeres en su presencia. Muchos de los que se mostrarían cautelosos al hablar ante mi persona, lo hacen sin mesurar las palabras para intentar predisponer al joven a su favor, arrancarle una sonrisa o una frase de aprobación. Sus bocas revelan más que lo que desearían, olvidándose que algún día su suerte puede depender de mi veredicto. Andrómaco es inocente aún, y no es totalmente consciente de los suspiros que arranca a su paso. Sabe que le gusta a Menelao, y que éste le propondría ser su amante si el rango de mi pupilo no fuese tan elevado. Sé que el hombre le repugna en varios aspectos, pero ha aprendido a fingir su desprecio bajo palabras dulces y amables. Nunca le dice que sí al estadista, pero nunca rechaza abiertamente sus halagos. “Me sorprendéis, señor Menelao. No debería ser así, ya que vuestro buen ojo y buena memoria son célebres. Hace poco que la adquirí. Estoy muy orgulloso de ella.” Un sonoro carraspeo me indica que el amante del político no está dispuesto a tolerar un segundo más la competencia de mi guarda. Nos despedimos rápidamente y seguimos nuestro camino. Escuchamos a lo lejos las ofendidas protestas del joven y la voz conciliadora de Menelao, que intenta hacerse perdonar. Los hombros y la respiración de Andrómaco se sacuden al contener la risa. “Lo que has hecho no está bien” reprendo al joven sin crudeza. “Vamos, maestro Anquises, acabo de animar su vida amorosa un poco. Algo de celos de vez en cuando no va nada mal.” Al girar un recoveco llega hasta nosotros un rumor de voces y una ligera brisa que corre por el pasillo. El borde de la túnica aletea contra mis tobillos. “¿Quiere que evitemos el jardín? Podemos dar el rodeo.” Le aprieto el hombro con cariño, agradeciendo su preocupación. “No, no, vamos bien de tiempo y me apetece que me toque el sol.” El susurro de las voces se hace más perceptible, y la brisa llega cargada del olor de las flores. De repente el fresco de las sombras de pasillo es reemplazado por un agradable calor que me cubre el cuerpo como una manta. Andrómaco ha ralentizado sus pasos, y le oigo respirar hondo. Nos rodea el olor sofocante de las flores y el arrullo acogedor de las aguas de las fuentes, un sonido continuo que tapa en parte las conversaciones sosegadas de los paseantes. Percibo el zumbido de las abejas y cómo el viento de la mañana sacude suavemente los arbustos, haciendo crujir las ramas. Los pájaros trinan desde algún punto sobre mi cabeza. “Ha llegado el verano” dice para sí Andrómaco. Su voz suena feliz y libre de preocupaciones. Volvemos al fresco del interior, y al entrar en el salón de audiencias saludamos a los escribas, que se dirigen a nosotros con respeto y se retiran para ocupar su lugar. Atravesamos la larga estancia en la que resuenan nuestras pisadas hasta llegar a una escalinata de doce escalones, sobre la que está instalada mi asiento, grande y con un grueso cojín para descansar el cuerpo. Andrómaco se asegura que esté cómodo y anuncia en voz alta y sonora que estoy dispuesto a escuchar al testigo. Se abren las puertas para permitir el paso del solicitante y se cierran luego con estrépito. Oigo el golpeteo suave de cuentas o abalorios, demasiado delicado para ser placas de metal, y un caminar ligero, como de puntillas, no como el paso fuerte de los hombres, a los que les gusta que se les oigan llegar. El aroma me alcanza, fuerte, penetrante; la mujer se ha perfumado más de lo normal para que me llegue su olor. Es una fragancia cara y densa, y flota a nuestro alrededor como una niebla caliente. Andrómaco no dice nada, se mantiene de pie a mi lado, lo suficientemente cerca para que poderse inclinar para oírme hablar cuando deseo decirle algo en privado. No ha pronunciado ni una sola palabra desde que la visitante ha entrado, y eso es precisamente me indica lo que piensa. No quiere predisponer a esta mujer hacia mí por miedo a que yo falle en su contra precisamente por hacerlo. Así que entiendo que debe ser una mujer terriblemente bella. Se detiene cerca de la escalinata y al arrodillarse según la costumbre tintinean de nuevo sus joyas. En la sala completamente en silencio oigo como inspira profundamente antes de comenzar su discurso. La noto nerviosa, aunque no porque le tiemble la voz, que lo hace muy poco, sino porque teme a los silencios y une una frase con otra. Hablar con alguien ciego la incomoda, posiblemente al no estar habituada a conversar sin usar su cuerpo. Levanto una mano para frenar su presentación y hago algunas apreciaciones para que se relaje y se exprese con naturalidad. Le digo que es refrescante oír una voz fresca que arrulle los oídos de un viejo. Eso le da confianza, porque para ella ya vuelvo a ser un hombre. Al poco rato la mujer parece encontrarse más cómoda, y creo que es porque la presencia de Andrómaco concentra gran parte de su atención. Hay ciegos que ocultan sus iris nebulosos, tan incómodos de mirar, bajo una venda. Yo expongo los míos a propósito. La gente pronto busca otros ojos a los que dirigirse, y por ello siempre tengo a mi lado a Andrómaco. Algunos creen que sueño con rozar la carne caliente y suave de mi pupilo, o que lo hago de veras. Y que en lugar de aceptar un ayudante más ambicioso e inteligente tengo a éste aristócrata para lucirme y generar envidias. Ni mucho menos. La mujer se siente más segura, hay alguien que puede apreciar su arma más poderosa. Alarga las frases, se permite más silencios, puntualiza los detalles de su historia. La oigo gesticular para remarcar sus ideas. Baja la voz y la hace seductora cuando se atribuye defectos para atraerse simpatías, la levanta cuando expone los hechos. Cubre el sonido de su risa nerviosa con la mano. Intenta ser convincente, pero la lógica de sus palabras es retorcida. Cuando la escucho un rato sé que finge. Lo hace bien, pero sigue un patrón bien aprendido. Es una manipuladora de hombres. Andrómaco no ha pronunciado palabra, y eso es lo que más me preocupa. No es un joven fácilmente impresionable. Al final de su discurso, la despido con palabras alegres y ella se marcha con un andar vivaz, tan diferente a su humilde entrada. Cuando las puertas se cierran a su espalda notifico a los escribas que he decidido fallar en su contra. Me levanto y alargo mi mano para agarrarme al rígido hombro de Andrómaco, que sigue en silencio. Me conduce fuera de la sala, lejos de oídos indiscretos. Salimos al jardín, otra vez el arrullo de las aguas y la caricia del sol. Da varias vueltas para desorientarme, en un arrebato infantil. Llevo perfectamente la cuenta de mis pasos, pero finjo que no sé donde estoy reprimiendo el deseo de alargar el brazo y sentarme en el banco de cerámicas que hay al final de la avenida. “Habéis sido injusto” salta al final sin poder ocultar su irritación. “¿Ah, sí?” pregunto inocentemente mientras sacudo los brazos en el vacío. “Sí. Estaba claro que llevaba razón.” “Bueno, yo no lo tenía tan claro.” A pesar de estar irritado conmigo, Andrómaco es un buen chico, y al final me conduce hasta el banco y se sienta a mi lado. “¿No confiáis en el buen juicio de vuestro maestro?” le regaño con cierta acritud ahora. “Claro que sí. Pero esta vez creo que os habéis precipitado. Esta vez vuestra falta de visión os ha impedido ver la verdad. Si la hubierais visto lo hubierais sabido.” Eso ha sido muy grosero, pero entiendo su frustración. “¿Cómo era?” le animo a desatar la lengua “Olía muy bien.” “¡Era como una diosa! Bella, delicada y piadosa.” “Por ser bella no le supongas virtud. Andrómaco, mirabas, no escuchabas. No tenía razón. Hay que afinar el oído para oír la verdad.” “También se os puede engañar hablando.” “El oído no es tan engañoso como el ojo.” “No lo creo, maestro. Venderéis vuestra sabiduría al mejor bardo.” Callo unos instantes, sabiendo que tiene razón. Nos rodean los trinos de los pájaros y las risas de los jóvenes estudiantes de derecho, que disfrutan de un merecido descanso entre clases. “No somos impermeables a la belleza, Andrómaco. Y ese es nuestro gran don como hombres, y lo que nos hace ser esclavos de nuestros sentidos. No hay salida ni escapatoria, porque, mi joven amigo, hasta el cerebro se enamora. Y contra ello ni los sabios pueden luchar.” Andrómaco suspira infeliz. Es demasiado inexperto para entender la desorientación que provoca en los otros. No sabe la de veces que los demás aceptan sus ideas por el simple hecho de que parezca un dios hecho carne. Palmeo su cabeza inclinada y sonrío con afecto. Cuando sea consciente de su poder, seducirá a las masas. Conquistará los corazones. Su padre quiere que sea un gran político; yo lo haré rey.
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On September 22nd, 2007 04:24 pm (UTC), (Anonymous) commented: Que mejor que los griegos para deslumbrarnos con la bellleza, nos paseas por todos los sentidos de Anquises "...Intenta ser convincente, pero la lógica de sus palabras es retorcida. Cuando la escucho un rato sé que finge. Lo hace bien, pero sigue un patrón bien aprendido. Es una manipuladora de hombres...." "...“¡Era como una diosa! Bella, delicada y piadosa.” un abismo tremendo entre ambas opiniones, ¿la experiencia aprehendida?, percepciones diferentes, intuición, exploración inconciente, en fin hay muchos otros sentidos que utilizamos también y muchas veces de forma inconciente, fíjate bien cuando lees, no sólo es la vista, ¿que sentido crees que usas cuando lees entrelíneas? bueno lo de los sentidos es un tema que me sobrecoge, me gusta, es exquisita laforma en la que los desarrollas.... sólo algo mas.."menelao=menéalo?", lapsus o a propósito? en realidad desvió mi atención del texto **con una sonrisota** suena como canción centroamericana "menéalo chico!!". un abrazo Bitter |