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Creado y publicado también en la comunidad tacones_rotos Autora: Mordaz Historia original. ANDRÓGINO Rating: NC-17 o M (creo) Notas: Quería aportar mi granito de arena en este proyecto que habéis armado. Ya sabéis que mi cabeza últimamente escribe a piñón sobre un solo tema, pero como quería participar, he creado a toda velocidad esta especie de “otro punto de vista” del capítulo 5 de S&T. Se puede leer por separado, como una pieza aparte. Espero que aporte diversidad a esta comunidad. ANDRÓGINO Hace rato que la está espiando entre las cabezas y los hombros de la gente del local, que no paran de moverse de un lado al otro al son de la música. La mujer está apoyada en la barra, bebiendo sin parar desde que ha entrado por la puerta hace más de media hora. Acumulando chupitos como si estuviese compitiendo contra su propio hígado. “Flaquita” dice su amiga Flora con un codazo “¿Qué haces?” “Déjame, anda” “Tienes un problema, mi niña” “Ah sí, ¿cuál?” “Que no eres bollera y no quieres reconocerlo” Se vuelve hacia el redondo rostro de su amiga y la mira como si se hubiera vuelto tonta. “ESO es una tía” La otra se ajusta el escote para mostrar más carne de sus pechos grandes y ligeramente sudados en el bochorno del concurrido local. “Es una chica guapa” accede con un encogimiento de hombros carnosos “pero tú no estás mirándola como si fuera una pava. Te lo he dicho muchas veces y no quieres creerme. Sólo has decidido liarte con tías porque estas harta que los hombres se aprovechen de ti y te peguen cuando están borrachos. No se puede lamer coños para evitar comer nabos, niña. Te lo digo yo”. “Cállate, Flora, tú que sabrás” La chica da un trago a su bebida dulzona; espera que le dure un buen rato porque lleva lo justo para volver a casa en taxi. Decide ignorar a su amiga y sigue espiando a la desconocida desde su mesa cerca de la pista, donde la música ensordecedora hace que las parejas y los grupos estén en continuo movimiento. Es el único tugurio que abre hasta la madrugada. Allí se junta la gente que trabaja sirviendo copas en otros locales, los que no saben parar la fiesta o los que no quieren volver a casa con las manos vacías. O no quieren volver a casa y punto. Flora es una amante de los hombres, hasta el punto que entiende perfectamente a los gays pero no a las lesbianas. No le hace ascos a ningún tipo que se le acerque, y por ello le cuesta comprender que su amiga últimamente haya decidido probar suerte con las tías. No le parece mal -a Flora nunca nada le parece mal-, pero cree que se está engañando a sí misma. No puede dejar de reconocer que Flora, a pesar de ser una metomentodo y una basta, tiene un punto de razón en lo que concierne a esta mujer. Su aspecto no es demasiado femenino. Tejanos, camiseta blanca de manga corta, botas y una cazadora de piel que ha dejado a su lado en un taburete, y que no pierde nunca de vista. La luz no arranca ningún brillo a sus orejas ni a sus manos. Sólo lleva un reloj de aspecto masculino en la mano izquierda. Su cómoda sencillez contrasta en un local donde ser sexy se basa en faldas cortas, escotes bajos, bisutería llamativa, melenas largas, zapatos de tacón y laca de uñas del mismo color que el pintalabios. La mujer lleva corto el cabello oscuro, mostrando la larga columna de su cuello, y un largo flequillo que aparta con ademán distraído de los ojos al levantar la copa para beber de un trago. Es de complexión atlética; la tela de su camiseta se aferra a los hombros rectos y deja a la vista sus brazos fibrados. De vez en cuando vuelve la cabeza y mira intensamente la pista de baile, el rostro iluminado por las luces de la barra. Es como un chico guapo. Una cara seria, concentrada. Todo menos sosa. “Se te cae la baba” ríe Flora. “Déjame ya” “Pues anda, éntrale y dile algo y no jodas más” “No” “¿Por qué no, niña? Si es bollo quizá tienes suerte” “No sé si lo es” Aunque parece más interesada en caer desfallecida bajo el taburete que en buscar plan, eso no evita que la mujer haya atraído la atención de varias personal del local. Algunos se la miran de lejos, como ella misma. Otros intentan sin resultado hacerse ver hasta que deciden retirarse a plantar semillas en tierras más fértiles. Al fin se le ha acercado un hombre de cabello negro y camiseta roja, con aspecto de castigador. Intenta entrar una y otra vez en el espacio personal de la desconocida, hablándole al oído y buscando rozar su oreja con los labios al hablar. La mujer se comporta con reservada coquetería, manteniendo los ojos bajos y cruzando las manos sobre la barra. Inclinándose para escucharlo con una sonrisa tímida. Cuando el hombre se separa un momento, la mujer vuelve su atención a la pista de baile y sus ojos entrecerrados rastrean la multitud, saltando de un lugar a otro, la sonrisa olvidada. Cuando el pretendiente le pone la mano en el hombro, la sonrisa fingida vuelve a su cara. “No entiende” opina Flora a su lado. “¿Te quieres callar?” “Lo digo por tu bien. Búscate una chiquilla pequeñita y dulce, como tú. Esa está fuera de tu alcance. Y parece de las que llevan a cuesta problemas” La mujer, que ha pagando religiosamente cada una de las copas que se ha tomado hasta el momento, se está dejando invitar por el hombre que coquetea con ella. Puede que Flora tenga razón. Deja la copa vacía en la mesa y sale a la pista con su amiga, que remueve su gordo trasero con la gracia de una mujer sin complejos. Hay muchos hombres en el local, tipos que huelen a sudor, tabaco y desesperación. Las rondan en corrillos, comiéndoselas con los ojos a pesar de que en su caso hay bien poca carne que devorar, esperando un despiste, una mirada que tomar como una invitación. Un motivo para clavarle el paquete en la ingle o el trasero y que no les puedas dar un bofetón. Cómo si fuera a arreglar nada un sopapo. Están borrachos e impacientes, y simplemente cambiarán de presa. Así son los hombres. O al menos los hombres que conoce ella. Esquivando los ojos de los buitres, mira a las otras chicas que bailan cerca. Hay una rubita de falda corta y cabello largo, moviéndose como ella. Tímida, apenas separa los pies del suelo, los brazos muy pegados al cuerpo. Ambas intentan no destacar aunque llevan tacones de aguja y vestidos ceñidos de mercadillo en colores llamativos. Piensa en acercarse a la muchacha y saludarla. Después de la mujer de la barra, todos los objetivos parecen fáciles. Pero toda su resolución se esfuma cuando ésta pasa por su lado, de camino a los baños. La ve avanzar como un gato grande, esquivando cuerpos, sus hombros apenas rozando a los bailarines. Sus ojos siguen el recorrido de la cabeza morena iluminada por las parpadeantes luces de colores. “Espérame aquí Flora” Su amiga dice que sí con la cabeza y sigue bailando. Apenas se aleja unos pasos entre la multitud, uno de los pretendientes se ha lanzado en picado y tiene su poderoso trasero estrujado entre las manos. En el baño hay pocas personas. No le extraña, con el fuerte olor a meados y vómito. Es normal con tanta gente entrando y saliendo para acomodarse el estómago y el vientre. Los excusados son simples cubículos de madera. Bajo las puertas puede verse una hilera de pies y algunas bragas bajadas hasta los tobillos. Las paredes están llenas de graffitis sin gracia, nombres de chicas con sus teléfonos y corazones y pollas por todas partes. Lo único bueno que tiene este baño es que no hay que pagar para usarlo y el gigantesco espejo sobre los grifos para retocarse el maquillaje. La mujer está en una de las picas más alejadas de la puerta. Tiene la barbilla hundida en el pecho. Parece bebida o drogada. O las dos cosas. Suelta un bufido, abre un grifo con un chirrido desagradable y se moja la cara para despejarse. Cuando acaba, apoya las manos en el mármol, marcando bíceps bajo la piel. El agua resbala por su perfil y gotea sobre su camiseta. Se acerca hasta situarse a su lado, y abre su bolso verde para sacar su maquillaje y tener una excusa para verla más de cerca. Es increíblemente sexual. Toda ella. No sabe por qué. El aspecto andrógino… la tensión que transmite su cuerpo…la desesperación con la que se mira sin verse en el espejo. Aprovecha para retocarse los labios, y no puede dejar de hacer comparaciones odiosas. Ve con tristeza como el cabello negro y rizado que se ha ondulado con tenacillas en casa, se está soltando de su recogido. No le gusta su vestido; le hace bolsas en el pecho y le sobra por las caderas. Sabe que no es nada guapa, pero tiene una femenina fragilidad que atrae a cierta clase de bolleras. A pesar de lo que le diga Flora, no está buscando un hombre. La sigue observando disimuladamente de reojo y advierte con un estremecimiento que la mujer la está mirando. “Hola” dice con timidez. La mujer se seca la cara con el antebrazo. Asiente con la cabeza. Animada porque la desconocida no le ha dado la espalda o le ha puesto mala cara, intenta iniciar una conversación. “Hace calor. Vaya bochorno” “Es un antro de mierda y la música es horrible” A pesar de sus palabras, no parece que la incluya a ella en esta definición. Decide probar de nuevo. “Te he visto en la barra, hablando con un tipo” “Un guarro” No sabe qué decir, así que se limita a sonreír “No sé” La mujer se separa de la pica y se aproxima hasta ella. A la chiquilla le late el corazón dentro del pecho de pajarillo. “Yo antes era como tú” No lo creo, piensa la jovencita. “Bueno, no exactamente cómo tu. Para nada” rectifica con una sonrisa sin humor, las pupilas dilatadas “Yo solía ir de fiesta, pero a locales pijos, llenos de abogados y médicos, y gilipollas con camisas de rallas. También iba a la peluquería para hacerme mechas y que me arreglasen las uñas. Y me gustaba estrenar ropa para ir a bailar. Tenía unas camisetas preciosas. Y unos zapatos con unos taconazos de escándalo. Íbamos siempre cuatro amigas, a hacer el guarro. Llevábamos a los chicos locos.” La jovencita sabe que está hablando consigo misma, pero asiente con la cabeza, deseando que la otra advierta su interés. La mujer se la queda mirando unos instantes hasta hacerla ruborizar y luego estudia su propio rostro en el espejo sucio del baño. “¿Me prestarías…?” pregunta señalando el lápiz de labios que aún tiene entre los dedos. “Oh, claro, por supuesto” se apresura a sacar el neceser de la bolsa, y mientras lo hace recuerda que está deshilachado y que su maquillaje es barato y está manchado de cerrarlo con prisas. Pero quiere agradarla y verla usando sus cosas. La mujer coge la pequeña bolsa y comienza a registrar el contenido, sin hacer ningún comentario. Consigue un lápiz de ojos negro que la joven no usa mucho. Siempre que se maquilla con él parece que se haya golpeado los ojos contra el marco de una puerta. Puede ver el cambio de la actitud de la desconocida. La forma en que se estira el párpado para poder hacer la raya con precisión. La mueca de concentración adorable de su boca. Cómo difumina el color alrededor de sus ojos, oscureciéndolos y haciendo resaltar el color miel claro de sus iris. Le tiende con orgullo la máscara de pestañas, el único maquillaje de calidad que tiene. La mujer lo toma de sus manos sin mirarlo siquiera, y comienza a aplicarse rimel, alargando y espesando las pestañas. Es un momento íntimo, como si fueran dos buenas amigas arreglándose antes de salir. La mujer rebusca un poco más, ignorando las barras de labios fucsias y rojas. Se aplica un brillo labial con cuidadosas pinceladas. Con cuatro toques se arregla el cabello, separándolo de la cara y escondiendo los mechones oscuros tras las orejas. “¿Qué tal?” La mujer la mira intensamente con esos ojos que parecen dorados. Exótica y sexy, sin necesidad de vestidos, zapatos, pendientes o uñas de colores. Más mujer y más bella de lo que ella ha conseguido tras media hora maquillándose delante del espejo de casa. “Estás muy bien” La mujer se mira de nuevo en el espejo picado de humedad, buscándose entre el maquillaje, las pestañas y los labios brillantes. “¿Tienes colonia?” “Sólo de imitación, lo siento” “Yo soy una imitación” Coge el perfume y se lo aplica en el cuello y las muñecas, y le devuelve la botella con un floreo casi coqueto. Le gusta verla con sus cosas sobre su piel, pero le horroriza que se haya preparado para volver allí fuera y enrollarse con alguien. La mujer parece disfrutar contemplándose en el espejo. Sus ojos ribeteados de negro se encuentran con los suyos en el reflejo. La desconocida se apoya en el mármol y cruz los brazos sobre el pecho. La camiseta blanca se levanta un poco y deja un trozo de barriga morena al aire. “¿Te gusto, verdad?” “Sí” confiesa la chiquilla con timidez. Cree que debe ser atrevida por una vez en su vida. “¿Por qué? ¿Qué es lo que te atrae de mí?” “Eres muy guapa.” “Hay muchas fuera que lo son” “No igual. No lo sé.” La mujer vuelve a mirarse en el espejo, y su gemela le devuelve la mirada vacía. “No soy un tío” dice en voz alta. “Me he dado cuenta” La ha visto ser femenina, moviendo las manos hermosas en arcos seductores, sacando trasero, ladeando la cabeza. Ahora en cambio vuelve a ser rígida y masculina; sus gestos son secos y precisos. Bascula entre los dos extremos, adaptándose como un camaleón a su entorno. Pero ella sólo es capaz de ver los cambios, que la fascinan y desconciertan por igual. La mujer se pasa una mano por el rostro, cansada. “Joder, Elena me va a matar” “¿Es tu pareja?” “Mi pareja…” se da cuenta que estaba hablando sola “No, qué dices. Es más bien mi jefa, que se pillará un rebote terrible cuando vea que no he conseguido lo que esperaba” “¿Tienes novia? ¿o novio?” “Yo no tengo nada, pequeña” La jovencita está atesorando casa una de sus palabras, y de sus miradas. Aunque la conversación acabase en este mismo instante, tendría material para soñar con este encuentro durante noches, escurriendo su mano entre las sábanas. “Debería irme” murmura la mujer. No quiere soltarla, no quiere que se acabe. Así que le pone las manos sobre los hombros y la besa, poniendo en ello todo su deseo. La mujer le responde, por inercia quizá. Pero es lo que la otra le da y es lo que va a lograr, así que adentra su lengua y casi suspira de alivio cuando la mujer no la aparta de un golpe. Las manos de la mujer reposan en sus propios hombros, la palma apoyada sin cerrar los dedos. Muchas se lo han dicho. Que no están acostumbradas a estar con alguien más delgado y pequeño que ellas. Quizá es la primera vez que se lía con una mujer, pero no está segura. Como no acaba de decidirse, toma a la desconocida por los antebrazos y la lleva dentro de un excusado. Cierra la puerta a sus espaldas y corre el pestillo. La mujer se deja hacer, sin ayudar pero sin resistirse. La jovencita le cuela las manos por debajo de la camiseta, despacio, para no contrariarla, porque no quiere que la otra se vaya. Toca carne firme y caliente. Llega a su sujetador y allí se para, acariciando la tela y notando la forma de sus pechos redondos. Cuela los dedos pequeños y ágiles por debajo del aro, y con cada centímetro de piel suave que rozan sus yemas, nota como su sexo palpita bajo las faldas. Le tiembla la mano al llegar al pezón que rodea con suavidad. La mujer, bastante más alta que ella, tiene la cabeza inclinada. La mira sin verla; está muy lejos de allí. No le importa. Lo que importa es que tiene su carne bajo los dedos y puede besar esa boca brillante sin que nadie la despierte y le diga que es un sueño. Coge las manos femeninas, y se las pone a la cintura. Los dedos se cierran sobre su estrecho talle. Finalmente parece que la mujer sale de su trance hipnótico y comienza a ser más activa. Y de qué forma. Le hunde la lengua en la garganta, y sube las manos por debajo de su falda, apartando la tela con impaciencia. Su mano cruza la piel de sus piernas y se posa sobre su sexo. La mujer la deja unos instantes allí, y la chica se ruboriza, avergonzada de estar tan dispuesta. La desconocida saca la mano y ve que sus dedos están completamente húmedos. Los mira con el entrecejo fruncido. “Ostia…” parece sorprendida por el efecto que ocasiona sobre la chiquilla. La jovencita respira entrecortadamente, esperando que le parezca bien, que no se sienta ofendida. En su imaginación ve a la mujer lamiéndose los dedos y asegurándole lo bien que sabe. Pero lo que hace en realidad es limpiarse los dedos distraídamente en la tela verde de su vestido, y aunque no es el gesto más delicado del mundo, la verdad es que tampoco le importa. La mujer la besa casi con rabia, clavándole la lengua, las manos a cada lado de su cabeza. “Podemos ir a mi casa” dice la jovencita entre jadeos. “¿A follar?” Se queda unos instantes descolocada. “Si te apetece” “¿No podías haberte pillado algo mejor en la discoteca?” ”Me gustas tú” se defiende ruborizada. “Bueno, no puedo prometerte el mejor polvo de tu vida. Ni que compense lo que vas a hacer… pero lo intentaré.” ¿De qué habla? ¿Compensar qué? Pero la mujer parece estar hablando sola, perdida en su cabeza. Ya es casi de día cuando salen del local. La mujer a veces se queda mirando por la ventanilla del taxi, murmurando entre dientes, estudiando las sombras como si viese cosas en ellas que nadie más ve. A la chiquilla le da vergüenza traerla a casa. Es un piso feo y humilde. Pero no tiene otro lugar dónde llevarla, ni dinero para un motel. Una vez en su cuarto, con la luz entrando por el balcón, se da cuenta de lo hermosa que es, con su piel morena, sus ojos claros, y su cabello lacio. Se ha desnudado a así misma, y la ha ayudado a quitarse la ropa, recreándose en explorar el fuerte cuerpo de la mujer. Tiene un morado en las costillas, y una herida curándose en una pierna. Quiere que se tienda en la cama y hundir la boca en su entrepierna, explorar su interior con los dedos, cubrir con sus fluidos su vientre y sus pechos. Incluso tiene el deseo loco de tener un pene y poder introducirse en ella. Quiere meterle los dedos, uno a uno, incluso la mano completa. Pero no se atreve, porque la asusta la idea de forzarla a hacer algo que no quiera. Se tiende en la cama, esperando sus indicaciones. Nota cómo la mano asciende por su pelvis, y ella cierra los ojos, emocionada, excitada hasta lo indecible. Feliz y asustada. Y es entonces cuando pasa algo raro. La mujer se la queda mirando como si no supiera quién es o qué hace aquí. Se aparta de golpe de la cama y comienza a vestirse sin pararse a mirarla. ¿Eso es un cuchillo? Cae al suelo, y la mujer lo recoge sin decir nada, sin detenerse ni un instante. No puede creerse que haya escapado por la puerta dejándola sola en ese cuarto, sin ropa, desnuda, con las esperanzas y los sueños quemándose en su pecho como ceniza. Oye sus pasos descalzos bajando por al escalera. No sabe qué hacer. Cierra la puerta para esconder su vergüenza. Comienza a llorar. Flora no tiene razón sobre ella. No rehuye a los hombres porque se portan mal con ella. No busca las mujeres porque cree que la tratarán mejor. No se siente atraída por gente problemática. Simplemente es que ella no gusta a nadie. Esta es mi primera aportación al femlash. No es dulce ni lleno de amor, pero creo que entra dentro de los límites de esta comunidad. Puede leerse por separado como un cuento, o bien dentro del contexto de Sangre & Tequila. Concretamente antes del capítulo 5. |
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