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Cuando trabajas en comunicación, relaciones públicas o atención al cliente, tienes que aceptar que gran parte de tu trabajo es mentir. Como cuando te metes en la prostitución sabes de antemano que te va a tocar hacerles felaciones a tipos gordos y feos que necesitan pagar por tener sexo. Va en la descripción del trabajo. Como mi profesión entra en una de esas tres categorías (no la de prostituta aunque hay veces que puedes sentirte así), me nombraron mentirosa oficial. Hubo confeti y cava. Me dieron una corona y una banda fucsia con letras doradas. Y un cetro. Mi misión, además de pedir la paz en el mundo, sería anunciar a los clientes cosas malas dándoles la vuelta para que pareciera algo bueno. “Adornar” “suavizar” “positivar” iban a ser las consignas de mi cargo. “Mentir” no, que queda feo. Cuando me coronaron pataleé como la cría que soy. Hice pucheros, golpeé el suelo con el pie y amenacé con aguantar la respiración. Dije que era una mierda y que no iba a hacerlo. Que yo tenía un código del Bushido y en él no entraba el engañar. Obviamente me tocó hacerlo. Soy un mercenario, no un samurai, debería saberlo ya. Tengo un superpoder. Transformo la porquería en oro. Me sentía muy mal al principio pero luego desarrollé una anestesia natural y hasta libero endorfinas cada vez que lo hago. Me pone cachonda. Estoy enferma, lo sé. El ciclo de la mentira es así: los departamentos me cuenta el error/problema/marrón que hay que comunicar y con una sonrisa de disculpas, se lavan las manos. Yo miro el problema y gimoteo. Les digo que es una cerdada y ellos me responden que soy un genio. Como me gusta que me halaguen y no tengo personalidad, ni respeto por mí misma ni por mis creencias, cedo. Pero a mi manera. Abro el Word y escribo la verdad pelada, tal y como me gustaría contarla. Se la mando a mis compañeros. Nos carcajeamos un rato y luego hago la versión definitiva que mandamos a los clientes. Por razones de ética profesional, voy a variar ciertas cosas de esos mails que habría pagado por poder enviar y quedarán siempre en mi disco duro. No pondré los comunicados finales porque son largos y rezuman diplomacia y otras barbaridades que no quiero que dañen vuestros inocentes ojos. Pondré una muestra y nada más. Supongo que a quién puede interesarle esto es a algún pobre desgraciado que alguna vez le ha tocado esta maravillosa tarea. Trabajar es TAN gratificante, Ains! ***
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TEMPORADA 1 · EPISODIO 4: "Hilo musical" A veces creo que en nuestra oficina debería pasearse un equipo de cámara, como The Office, para que nos grabara durante la jornada laboral. No sé si el resultado sería una comedia, un estudio sociológico o bien un documental sobre trastornos maniaco-depresivos. Yo sería Jim Halpert. Tengo la nariz más pequeña, eso sí. Hay elementos muy importantes en una oficina, aparte del trabajo. Quizá más. El suministro del agua y quién lo tiene que acarrear desde el ascensor a su soporte. Bajar al altillo y reponer los paquetes de folios. La temperatura del aire acondicionado. La limpieza del comedor, cuyos turnos nunca se cumplen. El mantenimiento del baño y las investigaciones pertinentes sobre quién ha acabado el papel y no lo ha substituido. Quién tiene que atender a las visitas en la sala de reuniones y si servir café es un menoscabo para nuestra identidad como mujeres y profesionales. Cosas importantes, esenciales, dignas de conflictos a escala planetaria. Y el hilo musical. ¿El conflicto de Gaza? ¿El Tibet ocupado? ¿La clonación humana? ¿El Euribor?… Es que la gente se ahoga en un vaso de agua. Vayamos a cosas importantes.
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